Vieja escuela: Trapper Keeper, láminas, Baldor y más

Sin comentarios Vade Retro - 08/02/2017 - 10:00 AM

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(Foto: Archivo histórico de El Comercio)

La primera notebook de mi vida no fue una computadora. En 1993, la computación era una palabra casi desconocida en el Perú. Recuerdo que en mi colegio, aquel año llegaron los primeros aparatos "inteligentes" con esas características. Enormes armatostes que no tenían un uso práctico en nuestra inocente vida diaria, excepto para jugar 'Príncipe de Persia' (que cargábamos caleta en nuestros diskettes de 5 ¼) o para imprimir calendarios en Print Master. 

En medio de ese arcaísmo, los niños a inicios de los noventas ya conocíamos lo que eran las notebooks. A diferencia de las portátiles de ahora, las notebooks de la época no tenían pantallas o teclados o conectores USB. Nuestras notebooks eran literalmente eso: libros de notas. Y la marca más famosa: Trapper Keeper.

Así se veían por fuera...

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Y así por dentro...

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Todos los niños nos moríamos por tener una. No queríamos un cuaderno Minerva, Justus o Loro. Ser cool o "bacán" en esa época, significaba cargar estas carpetas coloridas, de plástico duro, donde guardábamos folders, "portafolios", notas diversas y una que otro plagio para el "paso escrito" (así se le llamaba a los exámenes).  

Como toda moda de la época, la culpa de esta euforia se la debíamos a series juveniles como 'Salvado por la Campana' o 'Parker Lewis', en el que los muchachones no usaban mochilas al hombro, sino sendas carpetas que guardaban en sus casilleros. 

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Pero bueno, aquí no importaba eso. Todos queríamos una, y de preferencia aquella que tuviera diseño de carros deportivos, de skateboarding o surfing o fotos con los artistas del momento. Y si bien los Trapper Keeper nunca formaron parte de la lista escolar, la moda obligaba cargar una en el colegio, por puro "mono", es cierto, ya que en realidad no tenían una utilidad práctica.

Ahora que muchos padres de familia batallan en la compra de los útiles escolares, vienen a mi memoria esas épocas en las que el pizarrín, el uniforme gris, los perforadores, los colores Patita y las mochilas de jean eran carta corriente. Épocas en las que todo era más sencillo e inocente. 

Una lista de útiles de la época tenía cosas como estas... ¿Las recuerdas?

- Lápices, lapiceros, borradores y tajadores:

Los lápices Mongol son un clásico hasta ahora. No había cartuchera que no tuviera una. Servían no solo para dibujar, sino también para escribir los dictados rápidos en el block, ya que el lapicero plástico te sacaba ampollas. Si querías hacerte el pituco, te comprabas los Stabilo o Faber Castell, de cuerpo gris o verde, muchos más finos y bonitos. 

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Pero los lápices no tenían sentido sin los tajadores. En los noventas, abundaban los modelos y diseños. Mis favoritos eran los de forma de televisor y los de lata de gaseosa como estos: 

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Había también unos en forma de casco de motociclista, de globo terráqueo, hamburguesas y hasta de animalitos. 

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En el caso de los lapiceros, la marca obligada era Faber Castell. Recuerdo los clásicos de cuerpo en verde limón y tapa azul. La novedad de la época eran los de cuerpo transparente, donde se podía ver el tubo de la tinta (esto era muy útil para saber cuándo se debía cambiar el lapicero). Sin embargo, los lapiceros más alucinantes de todos eran los megalapiceros de 10 colores. Estos tenían un mecanismo de resortes para elegir el color que más te gustara y "desactivar" el que estaba en la punta en ese momento.   

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Lo único malo de estos lapiceros es que solían malograrse muy rápido y la tinta no duraba mucho. La marca Lucas sacó una versión de solo tres colores (foto abajo), más durable y más cómoda que la versión gorda, pero no logró pegar. No tenía el mismo vacilón que el multilapicero.  

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Borradores había de todo tipo. Faber Castelll y Carbolán fabricaban los clásicos de color azul y rojo. Se decía entonces que el rojo servía para borrar lápiz y el azul para borrar lapicero. Sin embargo, hoy se sabe que el azul solo servía para borrar la tinta de estilógrafo, pero solo si se usaba en papeles gruesos. Eso explicaría porque este borrador rompía las frágiles hojas del cuaderno con unas cuantas pasadas.

También se tenían borradores blancos (especializados para borrar trazos de lápiz) y los de papa (sí, así se les llamaba), que se usaban para el carboncillo. Los más bravos, usábamos los viejos Liquid Paper para borrar de todo, aunque su olor no era muy atractivo.

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- Cuadernos

La enseñanza básica en los noventas dependió en gran medida de estos útiles. Los apuntes eran carta corriente en la época escolar y solo así uno podía registrar todo lo que enseñaba el profesor. El cuaderno debía estar siempre limpio, ordenado y bien forrado con Vinifan. Además, formaba parte de la nota, ya que en el cuaderno se presentaban las tareas y de su higiene y pulcritud, dependía en gran parte el éxito de un curso.

Había cuadriculados (para las Matemáticas), rayados, de doble raya (para la escritura Palmer) y de triple raya (para la caligrafía) y los clásicos blocks, que eran los borradores para todo (en especial para practicar los ejercicios aritméticos).

Lo bueno es que los cuadernos nunca eran aburridos. Marcas como Loro, Justus, Minerva o Atlas siempre estuvieron a corriente de la moda entre niños y jóvenes, por ello sus productos eran los más pedidos pues tenían a los personajes de moda en el cine, la tele y los cómics.

Justus por ejemplo, sacó su serie Campeones Galácticos, con personajes muy parecidos a los Caballeros del Zodiaco. Aquí, dos cuadernos de esa época que logré conseguir:

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La fiebre mundialista de España 82 también merecía sus cuadernos. Total, fue el último mundial de fútbol en el que participó nuestro país... :(

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Lamentablemente, en épocas de crisis como las que vivíamos, el dinero no siempre abundaba, por lo que muchos padres compraban los cuadernos más baratos y feos, o aquellos que el gobierno subvencionaba. Total, al final servían para lo mismo: apuntar y hacer las tareas.

Aquí, un ejemplo del clásico cuaderno escolar, muy popular en el primer gobierno de Alan García. A muchos niños no nos gustaba el diseño que tenía, por lo que lo solapeábamos forrándolo con páginas de revistas 'Bravo' o papeles de colores. 

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Algunos criticaban que el personaje que salía en la parte de atrás del cuaderno, y que representaba a un maestro enseñando la Constitución del Perú, se pareciera mucho a quien era presidente en esa época... ¿Coincidencia?  

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- Reglas

Las de madera eran las preferidas de los profesores para imponer orden en clases. Un reglazo en la mano bastaba para que uno se callara o dejara de hacer chacota en el salón. Los de plástico transparente eran otros clásicos, siempre de la marca Artesco.

Aquí, reglas de madera para todos los gustos...

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Al reverso, llevaban dibujado una suerte de "transportador", para ayudar con los dibujos de los ángulos... 

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Añoro mucho los modelos en forma de mapa del Perú, que servían para dibujar nuestro país en 2D a la perfección. Algunas empresas sacaron un modelo más detallado, con el mapa del Perú y los departamentos, pero su uso era demasiado complejo y no logró el éxito que esperaba. 

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Tampoco podemos olvidar a las alucinantes reglas holográficas o tridimensionales, esas cuyos dibujitos impresos se "movían" con un leve cambio de posición. Aquí algunos ejemplos: 

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En este video podrás ver cómo funcionaban estas reglas:  

- Láminas

A falta de impresoras, a los niños de los ochentas y noventas solo nos quedaba recurrir a las láminas escolares para graficar nuestras tareas. Empresas como Navarrete la rompían en el mercado con estos productos, ya que producían láminas de todo y para todo, desde temas de educación cívica, señales de tránsito, monedas y billetes del Perú, presidentes, incas, sistemas de medición, santos y mucho más.

Recuerdo que por el Día de la Madre, era un clásico regalar unos adornos hechos con platos de cartón y unas láminas clásicas, la de ángeles y querubines (ver abajo). La manualidad era muy sencilla: se cortaba delicadamente a los angelitos, se los pegaba en la superficie del plato, se adornaba con escarcha y goma blanca y se escribía alguna frase bonita con plumón. No había refrigerador o mueble que no tuviera un adorno como ese. Al final, mamá siempre terminaba contenta.

Hace poco, encontré las benditas figuras de ángeles en una tienda en el Centro de Lima, junto a algunas láminas de los años sesenta...

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Mira estas viejas láminas con los presidentes del Perú, la moneda peruana y la historia de José de San Martín...

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- Libros

El conocimiento en la escuela no estaba completo sin los libros. Recuerdo que en la primaria, era obligatorio tener libros para cada curso. Incluso, en algunos casos, se exigían dos, cuando la materia incluía partes teóricas y prácticas (como en el caso del inglés). A diferencia de ahora, donde las tablets y computadoras hacen más fácil la lectura, en aquella época cargar con los libros era una tarea quijotesca. No había maleta que no pesara sus cinco kilos por lo menos, siempre ataviada con cuadernos, cartucheras, reglas, cajas de colores, trompos (para el recreo) y por supuesto, los pesados libros. 

Hacer una lista de las publicaciones más clásicas en los ochentas y noventas resultaría imposible a estas alturas. Sin embargo, no tengo duda de que hay dos que nadie olvida: 'Escuela Nueva' y 'Baldor'.

La primera era una enciclopedia grande y gorda que englobaba la mayoría de cursos, desde Lengua, Matemática, Ciencias Naturales y Ciencias Sociales. Estaba acompañada de ilustraciones, ejemplos prácticos y su contenido variaba según el grado de instrucción. El autor de esta magna obra fue el geólogo e historiador Augusto Benavides Estrada. Se dice que elaboró el libro en los ochentas con ayuda de 150 personas, entre dibujantes y profesores. 

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El segundo libro no necesita presentación. 'Álgebra' de A. Baldor, o simplemente 'Baldor', tenía ese nombre por su autor, el escritor y abogado cubano Aurelio Baldor. A pesar de que el libro fue publicado en 1941, aún tiene vigencia. De hecho ha sido reeditado cientos de veces y  es, según los entendidos, el texto más consultado en escuelas latinoamericanas, incluso más que El Quijote de Miguel de Cervantes (incluso ya está en PDF). Más allá de explicarnos los secretos del álgebra, el libro se hizo muy popular porque fue el primero en enfocarse en la realización y solución de ejercicios, algo pionero y novedoso para esos tiempos. Quizás por ello quedó como un referente para muchas generaciones. 

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Un dato curioso del libro: el personaje de la portada es Al-Juarismi, astrónomo y geógrafo persa, que vivió entre los años 780 y 850.  

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