Las manos a la cabeza

Sin comentarios Con ojos de allá - 01/11/2018 - 2:42 PM

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Buena parte de la sociedad que nos rodea ee lleva las manos a la cabeza ante el triunfo de Bolsonaro en Brasil, que ha seguido a la subida de Trump al trono y a la victoria de Orban en Hungría, y marida perfectamente con la Liga Norte italiana (con un 17,4% de los votos), el Frente Nacional en Francia (21%), el Partido del Pueblo Suizo (29,4%), el Partido Popular Danés (21%), el Partido Liberal de Austria (26%) o el 37,6% alcanzado en Polonia por el partido Ley y Justicia.

¡La Ultraderecha ataca!, alertan algunos, ¡La Izquierda ya no es lo que era!, lloran otros, y todos los que asumen formar parte del bloque de los buenos -por ser progresistas-- se duelen de la tendencia actual del electorado de turno por mudar sus amores hacia las líneas duras de partidos de Derecha -los malos, según quienes piensan que sólo su ideología tiene cabida en este mundo feliz de guitarra y flores en el cabello.

Pero son los analistas -no puedo de dejar de leer la palabra como anal-istas, ya que, a veces, pareciera que dan prioridad a pensar con el culo-- los que se llevan las manos a la cabeza y corretean, como gallinas sin cabeza, intentando explicar el porqué de la tendencia, y qué es lo que se avecina en este ámbito acomodado y equívoco que llamamos Occidente.

A pesar de que me la trae al pairo, me voy a permitir el lujo de asesorarles -lujo para ellos, claro, ya que no veo que se acerquen siquiera a atinar con las explicaciones que vuelcan en los medios--, sugiriendo posibles razones por las que un número cada vez más creciente de votantes elige a la Derecha y, lo que es peor, a la Ultraderecha, a la hora de depositar su voto.

No hay que ser demasiado despierto para entender que nuestro alabado sistema democrático tiene el pequeño defecto de considerar iguales a todos los que ejercen el poder depositando el voto en la urna. Es más, para alcanzar la victoria se necesita que ese número de votantes sea lo más elevado posible.

Pues bien, cuando lo que vence es la masa, la cantidad, y no la calidad, el resultado de su victoria puede ser justo -según los principios de la Democracia--, pero no tiene por qué ser razonable ni conveniente.

A lo largo de la Historia de esta Humanidad --que procede del error evolutivo de una especie de simios, no lo olvidemos-- la plebe ha sido siempre nido de movimientos caprichosos, revoluciones y disparates, de los cuales en sólo algunos casos muy contados han resultado situaciones convenientes.

Revolución francesa aparte, el resto de esos movimientos plebeyos -y por eso mismo masivos-- han conducido a fracasos estrepitosos, cuando no a baños de sangre, a la decadencia y a la miseria -por sugerir, la revolución rusa, la china, la cubana...--. Ya pueden ondear orgullosas las banderas rojas de la hoz y el martillo, ya pueden erigir gigantescos retratos de Mao-Tse-Tung o imprimir millones de camisetas con la jeta torva del Che..., que todo no es más que el remanente de ideologías que se resisten a aceptar que, a pesar de los millones de muertes que provocaron, a pesar de las tiranías que generaron y a pesar de la decadencia y el hambre a las que dieron lugar, de nada bueno sirvieron, como se puede comprobar con sólo poner atención al destino de los flujos migratorios que recorren el mundo actualmente.

Y como, a pesar de sus limitaciones, esa masa que vota tiene el poder de elegir lo que cree que le conviene -no lo que conviene al conjunto de la sociedad en la que sobrevive, sino lo que interesa a su propia individualidad--, se agrupa cual ganado atacado por lobos y, en su huida, cambia de dirección bruscamente para tratar de escapar al acoso o que, al menos, las dentelladas más graves las sufran los que se han quedado en la periferia de la manada, y así decide actuar hacia donde apuntan los que en ese momento están en la cabeza, los que más corren. ¿Qué tuercen a la izquierda?, pues allá vamos; ¿qué dan un quiebro a la derecha?, pues igual.

Ésa es la esencia del poder del pueblo: votar lo que una mayoría decide, sin ninguna otra consideración que atribuirle a la masa una sabiduría y clarividencia de la que suele carecer.

Si no fuese así, se establecerían filtros, controles, que impidieran votar a los más descerebrados al menos, o exigir que se acreditaran unos mínimos conocimientos en legalidad o economía antes de darte el permiso para poder ejercer el derecho al voto. Pero no es así, ya lo dijimos antes, todos son iguales a la hora de votar, da lo mismo que el votante sea un individuo con tendencias psicópatas, que disfrute con el dolor ajeno, que sea un maltratador, un cretino intratable o un estúpido solemne, su voto vale igual que el de alguien cuerdo con buen corazón, culto y con buen sentido de la realidad.

Y con estas premisas, como que no podemos pedirle peras al olmo.

Cuesta entender que no hayamos sabido encontrar otro sistema que aquel que los griegos inventaron para aplicarlo en ciudades-estado de diez mil habitantes, y en las que ni siquiera todos votaban, sino los que alcanzaban un determinado nivel de derechos para ello.

Nosotros no, decimos Democracia, y ¡hala!, que vote todo el mundo, como si eso fuese la panacea a tanto dislate como podemos ver a nuestro alrededor a diario.

Si hasta los romanos, que copiaban todo lo aprovechable, tuvieron que aceptar que, si querían consolidar su existencia como nación preponderante, debían mantener a la plebe contenta y feliz, pero disolviendo la República e instaurando el Imperio como forma más eficaz de controlar un Estado grande y poderoso; y eso ocurrió en el 27 antes de Cristo.

Hemos tenido más de dos mil años para acertar con algo mejor, y no hemos sido capaces, así que, señores anal-istas, no se devanen los sesos tratando de encontrar explicación a lo que no es más que una forma de contentar a la masa para que vote a quien más dinero gaste en publicidad electoral --¿alguien sabe de un partido que gane elecciones sin el dinero suficiente para inundad las calles de carteles?--, sin importarle una higa de qué pie cojea ese electorado, si vota con conocimiento o a capricho. Lo único importante es ganar, lo demás huelga.

Y, ya puestos, me gustaría sugerir a esos sesudos pensadores políticos que prueben a cambiar las premisas de sus razonamientos, y, en lugar de alarmarse porque haya tantos votantes de la Ultraderecha, se preguntaran: ¿qué habrá hecho la Izquierda para que la mayoría, aturdida, prefiera votar en sentido totalmente opuesto?

A lo mejor esa forma de razonar ayuda.

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