La novela, la autora...

Sin comentarios Con ojos de allá - 09/08/2018 - 3:05 PM

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Comienzo a escribir con la intención de hablar de una novela; su título es Fragancia sutil. La autora, Merche Carles Candeira, y, según voy desmenuzando las ideas justo antes de teclearlas, pareciera que el último terremoto de Indonesia sigue moviendo las cosas a mi alrededor, porque, inevitablemente, las frases van y vienen, se entremezclan, se solapan, se cruzan, y es otro texto el que acaba por emerger sobre la vidriosa pantalla del ordenador.

Seguramente ocurre que, como conozco bien a la escritora, sufro de un extraño síndrome que me obliga a confundir las cosas. Tanto que, mientras leía la historia, me parecía oír la propia voz de Merche leyéndome en voz alta algunos párrafos, y eso, quieras que no, perturba. Aunque, hacia el capítulo cinco, ya has desarrollado una táctica de defensa que te hace huir de la cercanía humana, para centrarte en el contenido de la novela...

Pero dura poco.

Al día siguiente, al retomar la lectura, no solo oigo su voz, sino que entreveo su cara cuando dice tal o cual cosa

Y me paro a pensar en el porqué de esa realidad siamesa que me hace asociar a la persona, a la dueña del cerebro que ha urdido el texto, con el producto meramente físico de un libro de doscientas setenta y tres páginas que me cuenta un argumento.

Muy sencillo: son indivisibles.

No es posible -en este Universo que conocemos--, desligar una obra de la persona responsable de su existencia. Fragancia sutil no existiría sin Merche Carles. Pero, además, hay otra conclusión asociada al asunto, y es que, desde el mismo día en que puso la palabra fin al acabar el texto, Merche ya no puede desligarse de su libro; se podría decir que, sin Fragancia sutil, Merche Carles no existiría, al menos no completamente.

Pero yo, insisto, quiero hablarles del libro, de la novela; aunque, ahora que lo pienso, lo mejor sería que ustedes la leyeran y, además, me asalta la responsabilidad de no cometer deslices que dibujen el temido y odiado espóiler -los doctos sugieren el uso spoiler, pero a mí, particularmente, no me gusta--. Así que me veo en la necesidad de ser extremadamente cauto.

Para empezar, la elección de los personajes no se me antoja especialmente complicada; pero la existencia de un chicuelo, Gaby, el protagonista, y la relación con su abuelo me parece magistral; porque, a poco que vamos avanzando en la lectura, nos vamos identificando, especialmente, con el primero. Porque, si acaso tuvimos un abuelo así, vamos a verlo revivir, vamos a oír sus expresiones y sus consejos; pero, si la vida nos privó de esa cercanía veterana, leyendo Fragancia sutil vamos a echar de menos haber convivido con ese pariente laureado que tanto puede ayudar.

También aparece una abuela -casi es inevitable--, pero existe como pieza base en el hogar donde abuelo y nieto desgranan sus conversas y sus inquietudes; y hay unos padres, por supuesto, y unos tíos, y hermanas, y una tía Jacinta sin el menor nexo de ADN, pero destinataria del más sincero amor familiar; y también hay una escuela de pueblo que, por necesidades de la historia, Gaby tiene que alternar con sus clases en la ciudad en donde vive con sus padres.

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Todo este conjunto de vivencias de la niñez y adolescencia, se alterna con la vida actual de Gaby, ya convertido en Gabriel, estudiado en el extranjero y enamorado de la que será su esposa, y un secreto sutil que va a acabar soldándolo todo para alcanzar un final redondo.

Hay decenas más de personajes, y situaciones secundarias que revolotean alrededor de lo importante, y la suma de todos ellos, calculando bien los porcentajes, podrían ayudarnos a fabricar el retrato psicológico de Merche que cada libro contiene de su autor.

Aunque, de escritor a escritora, le diría que la entendería si ella no otorga demasiado de sí misma a la esencia del libro, y eso es porque, para poder hacer realidad esas doscientas setenta y tres páginas, el espacio que la historia ha ocupado en la mente de la autora habría que calcularlo usando cifras millonarias. No sé si acierto al calcular que, por cada página escrita, el escritor maneja al menos un centenar en ese espacio reservado de la mente donde vive la historia antes de ser plasmada en letras, palabras, frases, ideas...

Con el tiempo, conforme se avanza en la redacción, ese espacio reservado se va hinchando, crece, adueñándose cada vez más del volumen disponible; desbordándose a veces, derramándose en la vida cotidiana y entorpeciendo los hábitos, hasta alcanzar el volumen de un globo aerostático, quizá de todo un planeta... Mientras se escribe, las páginas se suman, pero la parte de tu vida dedicada a seguir escribiendo aumenta en proporción geométrica.

Por eso les decía que, después de esa experiencia, Merche no será la misma ya jamás, porque Fragancia sutil es una parte importante de ella misma; la acompaña allá donde va, da forma a algunos de sus sueños, y se sentirá perseguida, siempre, por la sensación agridulce de satisfacción desamparada que apareció cuando le dio fin a la historia, cuando ya no tenía que buscar, cada día, el tiempo necesario para obedecer el mandato divino de seguir haciendo crecer su escrito.

Tan masiva y descomunal es la presencia de ese recuerdo, de ese compendio de ideas que su mente trabajó y que nunca acabó por verse reflejado en el libro, que deberá encontrar una válvula de escape que rebaje la presión de esa presencia. Es por eso que, a menudo, los escritores llevan a cabo varias presentaciones, o imparten conferencias, o participan en tertulias, porque es una de las maneras de dar vía libre a todo cuanto pensaron y vivieron, y quedó para siempre dentro de ellos, empujando por salir.

Y esta Fragancia sutil es el segundo libro de su autora; el primero, Atrapada en los sueños, ya habrá hecho de las suyas, apoderándose de una parte de la existencia que Merche Carles Candeira habrá entregado, cual holocausto, en el altar de la producción literaria.

Ojo, Merchita; el tercero, envidioso, ya estará buscando el resquicio por el que aflorar, para obligarte a repetir la experiencia indescriptible de vivir esas vidas que tu mente pergeña, pensando, inocente, que podrá negarse a dejarla salir.

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