Calles de Lima

Sin comentarios Con ojos de allá - 16/08/2018 - 6:16 PM

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Miro las calles de Lima, y compadezco a los limeños.

Ríos de metal, ruidosos, humeantes, descontrolados; donde el viandante es un estorbo, un obstáculo, un inconveniente. Tampoco escapan las bicicletas o las motos, cuyos usuarios deben desarrollar una nueva habilidad que les mantenga con vida, tal es el desprecio del limeño que maneja con el único objetivo de pasar el primero.

Sorprende la cantidad enorme de dinero gastado en líneas y señales horizontales de tráfico que nadie obedece, y el no menor presupuesto en señalización vertical: señales de Pare que se vuelven invisibles y que nadie respeta; prohibiciones de giro que más parecen una invitación a que el siempre estresado conductor, o la no menos estresada conductora, gire precisamente hacia donde la señal debería impedirlo.

Cruel destino que avasalla a las personas de edad, incapaces de cruzar una calle en menos de diez segundos, o a los tullidos que se mueven en silla de ruedas, o a quienes se ayudan de un bastón para mantener su humanidad más o menos vertical. Hay que verlos, detenidos en el borde de la acera, frente al paso cebra que ningún conductor limeño está dispuesto a respetar, arropado por la cobarde sensación de que ninguno de los que esperan puede hacerle daño a él, tan protegido, tan blindado dentro de la cáscara de lata de su auto.

Tal vez, la municipalidad respectiva, lo mismo que obliga a que existan colas preferentes, tendría que repartir, bajo licencia, claro, cachiporras de madera o de metal a los mayores de sesenta y cinco, a los discapacitados y a las embarazadas para que, al paso del arrogante conductor, puedan propinar un justiciero golpe que marque al vehículo, con una abolladura, por cada gesto de incivilidad de su propietario.

Sería más fácil, así, organizar una patrulla del serenazgo que, a la vista de la señal del impacto, pudiera formalizar la denuncia correspondiente para multar al endiosado pedante.

Aunque, realmente, nada de esto contribuiría a solucionar el caos vehicular; volvería más cuidadosos a los conductores, qué duda cabe, pero las calles de Lima seguirían atestadas de chapa, de ruido y de humo, ya que, como se expresa en infinidad de artículos de prensa, estudios que no sirven para nada e informes que repiten siempre lo mismo, el mayor problema es el que crea el transporte público, esos cientos de miles de autobuses, microbuses y taxis colectivos que, cada mañana, se suman al río metálico, la mayoría de ellos sin licencia, sin seguro y sin otro objetivo que ganar dinero.

Es espeluznante llegar a la conclusión de que, todo el problema, el caos que rige el tránsito de la ciudad, tiene como origen el enriquecimiento de aquéllos que, conociendo la inoperancia de la Ley y la Justicia, salen al palenque de asfalto a perpetrar un sinfín de infracciones, y a cobrar por ello.

Y vemos a las autoridades desconcertadas, implementando planes sin fecha y sin futuro; a los responsables apabullados, tratando de sacudirse la culpa con explicaciones varias, y a los propietarios que justifican su derecho al libre comercio inundando las pistas con sus combis cochambrosas, pilotadas por gente con menos responsabilidad que un simio amaestrado.

No debería ser tan difícil alcanzar esa conclusión, y es extraño que, además de la campaña #notepases de El Comercio, no haya más voces que denuncien que el Transporte Público, así, con mayúsculas, no debería ser un negocio, sino un Servicio Público que la autoridad pone a disposición del ciudadano.

Ése es el error.

El Transporte público, como sucede en cualquier ciudad del mundo desarrollado, es una estructura que facilita a las personas el hecho de moverse a lo largo de las grandes distancias que una ciudad moderna exige; para ello, se organiza a partir de una sola autoridad, que diseña, aplica y gestiona una flota de medios -sean autobuses, microbuses o trenes--, de manera que ofrezcan un servicio coherente, dinámico, barato y eficaz. Si hay beneficios -que los habría--, mejor para las arcas públicas; si no, no pasa nada, porque el propio servicio ya es un beneficio incuestionable.

Y nadie se enriquece con lo que es un derecho del ciudadano que paga sus impuestos, de los cuales va a salir el capital para, entre otras cosas, ofrecerle el mejor transporte posible.

Nada de esto se ve en las calles de Lima, sino la desorganización, el desconcierto, el paso yo primero y, el que venga detrás, que se...

Debería estar prohibido ganar dinero con el derecho de las personas; debería hacerse que triunfara la justicia y la equidad, las buenas maneras, lo decente, en suma. Y nada de eso puede estar relacionado con una competición diaria por cobrarle al usuario a cambio de un servicio deleznable.

Veo las calles de Lima, y compadezco a los limeños.

Y así será hasta que, cuando el asunto alcance niveles insoportables, los peatones, armados con sus cachiporras con licencia, corten las calles y obliguen a los responsables a tomar las medidas que, hace años, debieron ser tomadas.

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