El padre de mi hija

2 comentarios Con ojos de allá - 28/07/2018 - 10:03 PM

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Ya sé que el título puede sonar raro.

Pero Javi y yo nos conocimos hace bastante tiempo y, como suele suceder cuando te encuentras con alguien como él, sientes que la amistad brota, espontánea, en respuesta a todas las cualidades que te ofrecen.

Durante bastante tiempo, cada vez que viajábamos a Madrid, nos encontrábamos con él, y, al menos una noche, salíamos a tomar una copa y charlar de cine, de música o de lo que encartara, disfrutando siempre de su compañía amable, ocurrente, entrañable y con sentido del humor.

Pasado el tiempo, Ana y yo decidimos tomar caminos separados -no demasiado divergentes, es cierto, por cuanto nos seguía uniendo nuestra hija y nuestra incondicional amistad--, y, algún tiempo después, ellos dos, yo diría que inevitablemente, decidieron formar pareja y contrajeron matrimonio.

Todavía me acude la sonrisa cuando recuerdo a mi hija Clara afirmar, ufana, que tenía dos papis, entendiendo, aún a su corta edad, que, si tener uno era estupendo, dos resultaba ya casi un lujo con el que impresionar a sus amigas.

Como quiera que hemos seguido en contacto, durante más de una década he podido ver crecer a mi hija de la mano atenta de Javier que, como ya podrán suponer, se desempeñaba como padre como cualquiera que le conociera puede imaginar. He visto pocos tan abnegados, tan atentos, tan pausadamente educadores; y, lo que son las cosas, aunque lo he comentado a más de uno de mi entorno, nunca he encontrado un hueco apropiado para decirle, mirándole a los ojos, cuánto me he alegrado de que él fuese el padre de mi hija; aunque, no sé por qué, tengo la certeza de que siempre lo supo.

Este mes que aún no ha acabado, andando yo por Madrid, ya sabía que el mal planeaba sobre la familia; la expresión de Ana al hablar de la enfermedad aclaraba lo que las palabras no decían del todo; aunque nadie pensaba que el desenlace iba a ser tan rápido.

Y, el martes 17 de julio, la noticia terrible e inesperada se propagó, buscando a todos cuantos tenían algo que ver con él, a todos los que le querían, que eran muchos.

En el cementerio, junto a mi hija huérfana y mi exmujer viuda, pude oír de labios de los deudos la confirmación de que mi opinión sobre Javi nunca había estado desencaminada, porque allí floreció, exactamente, el compendio de sus virtudes, que ya entonces supe que todos conocían.

Pocas muertes me han dolido tanto, porque nadie debería morir mediada la cincuentena; nadie debería morir cuando tantos le quieren... Pero ocurre, y, aunque parezca imposible, aprendemos a soportarlo, o al menos lo intentamos.

No sé si fui capaz de decirle a Ana lo que sentía, y a mi hija. Aunque espero tener el tiempo suficiente como para expresárselo en toda su amplitud. Ese tiempo que el destino cicatero y ruin le ha robado a él.

Aunque, como debe ocurrir con todas las buenas personas, presiento que Javier Pascual Merino, el padre de mi hija, está descansando en paz.

2 comentarios

Gracias. También él es el padre de mis hijos. Sabía amar de tal manera q hasta el último suspiro peleó a patadas con la muerte para no dejarles. Hoy devastados por su partida mi familia y yo agradecemos de corazón tus palabras y tu reconocimiento.

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