Iguales y semejantes

Sin comentarios Con ojos de allá - 19/03/2018 - 3:36 PM

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Les cuento:

Estábamos a finales de los noventa, y me encargaron el rodaje de unos ejercicios militares de preparación para misiones de Paz de la ONU, que se desarrollaban en el desierto de Almería. El primer día de filmación, me situé con mi equipo en una pequeña colina desde la que se podía abarcar una de las posiciones de control de caminos, donde un pelotón de Infantería Ligera, al mando del cual estaba un sargento, había establecido el dispositivo.

Calor, polvo y el paisaje desértico de Viator a nuestro alrededor...

Después de más de una hora rodando cada vez que uno o más vehículos eran inspeccionados conforme a las reglas que, una vez en Afganistán, tendrían que aplicar, bajé de la colina para echar un rato con los soldados de Regulares 5, que llevaban ya la friolera de doce días repitiendo aquellos simulacros de misiones donde, como especial signo distintivo, lucirían el archiconocido casco azul de Naciones Unidas.

En cuanto vio que me acercaba, el sargento caminó hacia mí para recibirme y, cuadrándose reglamentariamente, me dio la novedad.

Fue entonces, al oír su voz, cuando me percaté de que aquel suboficial era una mujer, una de las primeras mujeres suboficial de la Infantería española, y, mientras echaba un cigarrillo y charlaba con los miembros del pelotón, en busca de materia que luego poder volcar en el guion del reportaje que preparábamos, me dio por pensar, mientras miraba de reojo a la sargento, en el tiempo que había estado observando el coordinado y perfecto desempeño de aquella unidad, sin darme cuenta en absoluto del carácter femenino de quien la mandaba.

Tras doce días en el campo, viviendo rodeados de polvo, sin ocasión para una ducha y respirando calor a espuertas, a la sargento Rico nada la podía diferenciar de cualquiera de los soldados a quienes mandaba, todos hombres, ya que, en aquellas fechas, el servicio militar no contaba con mujeres.

Ni que decir tiene que mi equipo aprovechó para hacer algunas fotografías, encaminadas precisamente a ilustrar la publicidad que ya se preparaba para incentivar el alistamiento de las chicas en el ejército.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, hasta el punto en que, en palabras de la teniente coronel de Estado Mayor María Gracia Cañadas García-Vaquero, jefa del Grupo de Artillería de Campaña Autopropulsada XII, pocos hombres actualmente en activo conocen una Fuerzas Armadas en las que no haya mujeres. Y así es.

Claro que, diez años antes de lo que relato, cuando cundió la noticia de que las féminas podrían acceder a las sacrosantas estructuras de un ejército hasta entonces reservado a los varones -de pelo en pecho, añadiría--, hubo opiniones para todos los gustos, y recuerdo una encuesta que se hizo, a nivel interno, en la que aparecieron las razones más peregrinas que justificarían mantener el veto a que las mujeres vistieran uniforme u ocuparan puestos de combate.

En mi caso, y siendo yo entonces jefe de pieza en el Regimiento de Artillería de Campaña nº 32, me tocó reflejar ante mis mandos naturales la opinión mayoritaria de mis compañeros, y creo que fui claro y parco al expresarme: si mi misión consistía en mover y disparar una pieza de artillería que pesaba ocho toneladas con los diez hombres de mi dotación, nada cambiaría si esa misión podía cumplirse con diez mujeres.

Por concretar: si, a la hora de seleccionar el personal disponible en cada reemplazo, se descartaba a los hombres menos vigorosos para destinarlos a tareas menos pesadas, no veíamos el impedimento para que, si una mujer podía manejar un elemento necesario, o cargar un proyectil de cincuenta kilos de peso, no resultara elegida como miembro de una dotación.

Hace ahora, exactamente, veinte años desde que las mujeres ingresaron de forma masiva, y la presencia femenina en las Fuerzas Armadas ha dejado de ser noticia, salvo por lo que supone de normalización, de aplicación estricta de la igualdad de todos y de la semejanza entre los miembros de la institución, independientemente de su sexo. Y, personalmente, en todo este tiempo he podido constatar al respecto que, los individuos, son buenos o malos profesionales, eficaces o ineficaces, selectos o menos válidos, sin que tenga que ver el hecho de ser hombre o mujer.

Y, si hay una enseñanza que extraer del asunto, es que un colectivo de los considerados más rígidos e inamovibles -la práctica ha demostrado que esa no era una apreciación real--, ha sido uno de los primeros en rendirse a la lógica de evaluar a sus integrantes únicamente por sus aptitudes, sin otra condición excluyente, lo que viene a reforzar la idea de que las Fuerzas Armadas no son más que el reflejo de la sociedad que las nutre.

Cuando esto escribo, a seis días exactos del 8-M, salta la noticia de que Gina Haspel acaba de ser nombrada nada menos que directora de la CIA, la agencia de inteligencia más potente del mundo. Y se me plantea un dilema interesante.

¿Qué valorarán más las activistas del feminismo -buena parte de ellas identificadas con doctrinas anticapitalistas y antisistema--, el hecho de que una mujer haya alcanzado tal nivel de empoderamiento, o bien se posicionarán en contra de una funcionaria que, al parecer, está involucrada en interrogatorios inconfesables mientras dirigía una prisión clandestina de los Estados Unidos en Tailandia?

Será interesante observar cómo se debaten dos argumentos tan opuestos.

Y yo, lo que deduzco es que, siempre, habrá que evaluar a las personas por sus aptitudes y sus méritos, otorgándole a cada una de ellas el prestigio o el descrédito que merezcan, pero nunca hacer primar en el juicio la condición de género.

Una persona apta lo será, independientemente de que sea hombre o mujer; del mismo modo de que una persona deleznable deberá ser repudiada, sea cual sea su género y procedencia.

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