Entre Meryl y Catherine

2 comentarios Con ojos de allá - 18/01/2018 - 5:18 PM

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Es una epidemia.

La cascada de denuncias por abuso, lejos de perder fuelle después de las primeras sonadas, amenaza con ir aumentando hasta límites que no podemos calcular. Y está muy bien que eso sea así, aunque acabe por volver este mundo absolutamente insoportable.

Estos días, hemos podido presenciar, oír y ver las distintas manifestaciones, especialmente dentro del mundo del Arte, que desvelaban lo que, de hecho, casi todos sabíamos que era una costumbre más, una de las pruebas por las que era necesario pasar si deseabas dar a tu carrera el empujoncito que necesitaba.

Y no solo en el mundo del Arte, sino en casi cualquier actividad empresarial, congraciarse con el empleador o ceder a todas sus condiciones ha formado parte, desde que el Mundo es Mundo, de esos peldaños que obligatoriamente había que ascender para alcanzar la meta.

Pero hay un aspecto más temible del asunto, que amenaza con modificar nuestros conceptos sobre el Arte, especialmente si hablamos del mundo cinematográfico.

Porque, yo no sé ustedes, pero a mí, a partir de ahora, cada vez que vea a una actriz de renombre subir al escenario a recoger un premio o encabezar el casting de una superproducción, inevitablemente me haré la pregunta de a quién tuvo que ofrecer sus favores para triunfar cuando empezaba, ¿al productor, al director, al cámara...? Y me imagino el trance de la chiquilla -o el chiquillo, que también los hay--cuando, para asegurarse el papel o la continuidad que la llevaría al éxito, tuviera que decir "Sí" a las pretensiones rijosas de los abusadores babeantes.

Aunque, de hecho, me intriga más saber el número de aquéllas que, ante tal "impuesto artístico", soltaron un rotundo "No" o se despacharon dándole al abusador una buena patada en la entrepierna, perdiendo de este modo la posibilidad de convertirse en famosas.

¿Cuántas amas de casa, peluqueras, camareras o empleadas en general tomaron la decisión de renunciar al éxito y al glamur al preferir salvaguardar su dignidad y no "pasar por el aro", aun a sabiendas de que eso cercenaba cualquier aspiración al estrellato?

Es fácil para muchas, ahora, aprovechar la cúspide de su carrera para contarnos que, en sus inicios, se doblegaron y se "tragaron el sapo", abriéndose de piernas o dejando que el lujurioso de turno le manoseara el trasero en el ascensor, y, ya digo, aun cuando no sea el caso, obligándonos a sospechar que todas han tenido que ver, de un modo u otro, con uno -o varios-- de estos episodios execrables y sórdidos.

Y luego está la Deneuve y su alegato a la cordura, que ha despertado las iras de quienes encabezan y alientan la honrosa cruzada contra los abusadores. La actriz francesa, que encabeza la larga lista de un centenar de mujeres, se queja y advierte sobre los excesos que siempre pueden acompañar a este tipo de manifestaciones, y, especialmente una frase ha disparado las furias de las luchadoras por la dignidad perdida de algunas.

"Ligar de forma insistente o torpe NO es delito", decía el manifiesto, con toda la razón, pues para que algo sea delito debe estar expresamente prohibido por la Ley, tal como ocurre con la violación u otro tipo de abuso. Tal vez, convendría incluir ese tipo de conducta entre las penadas en el Código de Justicia común.

No obstante, creo entender que el alegato de las cien artistas capitaneadas por Catherine Deneuve es una reacción ante lo que puede convertirse -como ellas mismas afirman-- en una nueva ola de puritanismo que acabe inhibiendo las ya de por sí lastradas relaciones entre personas de distinto sexo, puesto que, si el movimiento "#MeToo" prospera --y todo parece indicar que así será porque le asiste una razón sólida--, habrá que empezar por redactar un nuevo código de comportamiento al que poderse atener.

Un código en el que se diga con claridad cuántos segundos se puede mantener la mirada sobre un escote glorioso, antes de que sea considerado ofensivo o abusivo; si girarse ante el espectáculo de un trasero rotundo puede ser penado, o si admirar, durante más de dos segundos y medio, las piernas bien torneadas de la señora que se sienta enfrente comporta una actitud cavernícola y retrógrada de despreciable macho heteropatriarcal.

Hay que ser muy claros en eso. Ya que, si no se establecen medidas fijas --un código en toda regla, vamos--, va a ocurrir que, en menos de dos décadas, el varón se convertirá en un ser de mirada huidiza que evite, aterrorizado, posar sus ojos en algo que puede ser considerado "ofensivo de mirar". No siempre el ambiente donde se celebre un encuentro entre hombres y mujeres tendrá tantos recursos como para pasarse la noche mirando lámparas, cuadros al óleo, diseño original de las servilletas o cómo de largas llevamos las uñas... Claro que también se podrá recurrir al uso de lentes oscuras que oculten -como en el caso de los espías-- en qué dirección estamos mirando; aunque creo que ese recurso ya ha sido muy usado por productores de cine y ligones de terraza que sabían a lo que se exponían.

Habría que especificar, también, que ese "Manifiesto de las Cien" se hace dentro de un ambiente sociocultural muy específico, como es el europeo de cierto nivel de educación. Para una mujer, no es lo mismo presentarse en un cóctel parisino ataviada con un vestido de aberturas generosas, que usar la misma prenda al subir a un autobús en la capital del Perú. Y eso deberían haberlo tenido en cuenta las autoras, porque, por obra y gracia de la globalización actual, su atinado escrito ha llegado igual a las desinhibidas mujeres europeas de clase media, a las sojuzgadas hembras de toda edad de Oriente Medio y a las indígenas que lean revistas en el altiplano andino. No en todas partes puede asimilarse el contenido del manifiesto, aunque, en todas ellas, sí está presente el fantasma del acoso machista, en muchísimos casos desmedido y sin coto alguno.

Y, aunque subliminalmente, las seguidoras de la Deneuve han querido romper una lanza por el aspecto biológico que, tras un millón de años, ha vuelto al varón un aspirante a depredador, haciendo que su primitiva reacción a los estímulos pueda confundirse con cualquier tipo de actitud deleznable.

Recuerdo una anécdota que viví a mediados de los años Ochenta, mientras pasaba unos días de actividad campestre en un bonito pueblo de las Alpujarras granadinas. Ugíjar se llama el lugar, y, cada tarde, cerca de la caída del sol, un compañero y yo nos habituamos a dar un paseo por la carretera, donde solíamos cruzarnos con los inquilinos de una residencia de jubilados que se hallaba cerca de la primera curva.

Venían éstos equipados con una garrafita vacía, que llenaban, al final de su paseo, en una fuente de aguas cantarinas y puras no demasiado lejana. Y, para nuestra sorpresa, conocimos a uno de esos ancianos -Vicente creo recordar que se llamaba-- que había perdido la vista hacía años; pero que, aunque nos pareciera increíble, repetía cada tarde, y a solas, el paseo hasta la fuente con su garrafa en la mano.

Una tarde en que nos detuvimos los tres para hablar de lo divino y de lo humano, de lo bueno que estaba el clima en aquella primavera y de lo limpio que era el aire de las montañas granadinas, nos rebasó un grupo de chicas que iban de camino al pueblo.

Para nuestra sorpresa, el anciano invidente se giró a su paso y, después, volviéndose hacia nosotros nos dijo una frase que nunca podré olvidar: "¿Qué tendrán las mujeres que hasta un ciego como yo se vuelve para mirarlas...?"

Urge redactar ese manual de comportamiento apropiado para varones, en el que figure, por supuesto, si está penado girarse al paso de una mujer, incluso siendo ciego.

2 comentarios

Excelente. A este paso todos seremos considerados acosadores, hasta que demostremos lo contrario.
Vale más que ya conocí, cortejé y me casé.
Dura tarea para el soltero de hoy. Saludos.

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