Doblete navideño

Sin comentarios Con ojos de allá - 22/12/2017 - 5:17 PM
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Me ha costado guardar silencio y recato durante todos estos días; pero, por fin, hay resultados para los conflictos que alteraron la vida y la conciencia en dos de los países que más me importan: España y Perú.

El jueves 21 de diciembre ha sido, en ambos, la fecha en la que se han aclarado las cosas..., bueno, lo de aclararse es un término que podría aplicarse según las tragaderas del observador, porque, verdaderamente, la situación sigue siendo lo suficientemente enmarañada como para seguir especulando sin término.

Eso sí, hay cosas incuestionables. Por empezar con España, ha quedado meridianamente claro que la mayoría de los catalanes ponen sus preferencias en los representantes independentistas, de lo que se podría deducir que lo son -aunque habría matices, como que los republicanos van a votar siempre a su partido, fuese proclive a permanecer en España o no, igual que los votantes del PSC, sucursal local del PSOE nacional, al que seguirían votando independientemente del rumbo que su líder adopte--. Así pues, el cuadro que se presenta es inquietante para unos y felizmente esclarecedor para otros, esos que nunca podrán soslayarle a la Historia que votaron por un político cobarde que optó por escapar y esconderse en Bruselas, en lugar de afrontar la realidad de la "inviabilidad" -son sus propias palabras--que él mismo propició.

"Hoy por hoy, en Cataluña es inviable una declaración de independencia" es su frase más brillante; y, aun así, la mayoría de los catalanes han votado su opción, o la de otros de corte similar. Es más, me atrevería a pensar que la tremenda remontada del partido Ciudadanos -de corte soberanista y principal demandante de la aplicación del artículo 155 de la Constitución-- se debe a que ha sido fundado por figuras catalanas, con lo que, aunque me molesta, me lleva a considerar que, como apuntan varios analistas, Cataluña es un verdadero nido de xenofobia provinciana disfrazada de expresión cultural.

Ciudadanos, ese partido que encarna a los españoles de buen ver, de sangre fresca, cerebro bien amueblado y decisiones firmes, representa a una parte -una buena parte que alcanzaría la mitad o así--de la ciudadanía catalana que aborrece los comportamientos malcriados de una izquierda que todo lo traga -para después vomitarlo sin solución de continuidad--; una parte de la sociedad que está harta del continuismo de las tesis de la Derecha, pero que no se fía un pelo -y con razón--de la que dice ser Izquierda, constituyendo además un reducto de defensa ante el salvajismo doctrinario de la CUP, los demás anti-sistema y esa raza de Okupas y afines que ha parido la permisividad catalana hacia los monstruos deformes y ocurrentes.

Habrá un parlamento con mayoría independentista, pero esta vez ya avisados por la amenaza del 155 pendiendo sobre sus cabezas y la maquinaria legal española, imparable, triturando cada vez a más personajes significados con lo que llaman el Procés -al contrario que en el Perú, la presidencia no corresponde al partido más votado, sino a quien consiga más votos, con lo cual se asegura que no se dé la circunstancia que ha permitido que Pedro Pablo Kuczynski presida un gobierno en minoría frente a un congreso de mayoría, cuando menos, hostil--.

Y eso nos lleva de viaje hasta el Perú y la reciente puesta en escena de una recusatoria que pretendía echar al presidente, acusándolo de incapacidad moral basada -nunca lo entendí--en supuestos pagos efectuados por Odebrecht -pagos legales, no sobornos--a empresas de su propiedad, mientras él era titular de un ministerio público. De haber sido así, la incapacidad no hubiese sido moral, sino manifiestamente censurable como manejo económico ilegal, al estar fuera de lo que prescriben las normas para los funcionarios públicos. Pero ya en ese desvío al llamar incapacidad a la ejecución de una ilegalidad se advierte la ruta errática de quienes sólo deseaban echar al premier, no aclarar los hechos.

Buen momento para echar una mirada y percibir con mayor nitidez las características de quienes, ofuscados por lograr su objetivo, se olvidan de la compostura que, de ordinario, enmascara su verdadera esencia.

Y no sale bien parado un estado capaz de conceder escaños a personas con tan mediocre formación política y social, puesto que, entendiendo que el Congreso es la reunión de representantes de toda una nación, son raras las excepciones en las que se puede apreciar un suficiente nivel de educación y saber estar para hacer frente a la demanda del pueblo que les ha votado. En estos días, la televisión ha mostrado un Congreso convertido en una mera plataforma de acoso y derribo de una persona, con portavoces vociferantes que, desoyendo los llamados del presidente de la mesa, interrumpían a quienes tenían el uso de la palabra -algo en lo que radica la propia esencia de un Congreso--y, al hacer uso de la suya, no podían siquiera esconder o moderar sus expresiones faciales cargadas de una ira más propia de un juicio por divorcio que de un debate de Estado en el que se pretende conseguir algo positivo para la nación entera.

Además, la inquina dirigida hacia el presidente al que se quería vacar ha dejado en entredicho el buen hacer de una inmensa mayoría, más preocupada en conseguir sus fines que en hacer prevalecer la verdad. Cierto que, en ocasiones, la propia torpeza dialéctica o conductual del cuestionado les ayudó a clavar más profundamente el puñal; pero, aun así, el cabeza del partido PPK ha logrado permanecer en su puesto, aunque no haya salido del todo indemne del feo y desagradable proceso al que le han sometido sus desmañados opositores.

Si algo bueno se puede sacar de esto es que el actual presidente del Perú puede haber aprendido a que, para seguir siendo líder, debe encarar resueltamente a sus enemigos políticos; y la enseñanza para esa mayoritaria oposición es que, a pesar de haber cedido con anterioridad a sus pretensiones y entregar a varios miembros del PPK a los leones, no siempre un presidente conciliador va ceder a chantajes, y que siempre habrá una parte de esa mayoría que sepa discurrir por separado y le pare los pies a iniciativas hechas con poca cabeza.

Al menos, las especulaciones de cara al futuro son mucho menos farragosas que las referidas a Cataluña, donde es imposible saber qué deparará una lucha de poder entre quienes forman la mayoría independentista, la Ley que mantiene encarcelados a quienes han delinquido -y que se creían inmunes por obra y gracia de los manejos políticos y del apoyo de unos votantes convencidos con sus medias verdades, cuando no mentiras-- y un gobierno español dispuesto a no perdonar el menor devaneo anti-constitucional de los felices ganadores del proceso.

Limpia, brillante y victoriosa, la imagen de Inés Arrimadas permanece incólume, elevándose sobre las miasmas y prometiendo que, con un tiempo más del cultivo de la razón, Ciudadanos acabará por ofrecer al cucarachero catalán una posibilidad de escoger un camino nuevo y distinto.

Algo es algo.

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