Nadie, salvo ellos mismos

2 comentarios Con ojos de allá - 05/11/2017 - 8:23 PM

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¿Cómo conseguir explicar la ridícula imagen que están dando los independentistas catalanes? ¿Cómo separarla de la idea general de una España plural y pletórica, pero que sufre una enfermedad social?

Es complicado, porque arrastra una larga cola de desaciertos, despropósitos y complejos nacionales que han acabado por permitir que exista esa masa sectaria, xenófoba y cutre que se llama a sí misma Independentisme, palabra abastardada por quienes, en realidad, han ido dando forma -una forma informe y renga-- a la suma de lo peor que ha sido capaz de generar una sociedad, ociosa y relajada.

Burgueses de toda la vida, campesinos adinerados y aristócratas progres han sabido ponerle un nombre a lo que cabe en el saco del catalanismo añejo y cateto. Poco a poco, han sido capaces de recluirse en una visión cerrada de un mundo de inercias centrípetas, que gira sobre sí mismo para reinventar la ocurrencia más panoli, apostando siempre por lo próximo a lo marginal, por el culto a lo incongruente y por el aplauso a lo que pueda parecer modern y en la onda.

Y cuando ya Cataluña se había llenado a rebosar de ejemplos discrepantes, de experimentos sociales de fin de semana y de una automirada capaz de matizar los enormes complejos, había que buscarle un nombre a toda esa amalgama de idealismos de chiste.

Surgió Independentismo como podía haber sido Maciaismo, o Tarradellismo, o Compañismo -ellos lo habrían escrito con "ny", para obviar la "Ñ" que les recuerda sus orígenes hispanos--. Daba igual el nombre, pero el caso es que "Independentisme" venía a añadir una medalla más a esa asumida voluntad de ser originales, epatantes, diferentes... Claro que había que afrontarlo, construirlo y difundirlo entre todas aquellas mentes permeables a ideas que parecen nuevas.

El idioma ayudó, por más que sea una lengua arcaica, anclada en el Medievo, que sólo usan siete millones de personas -parte de ellos a regañadientes--; que se empeñan en implantarla artificialmente en ámbitos tan reacios como los medios intelectuales, los universitarios o los artísticos, por más que, inmediatamente, sea necesario traducirlo todo a cualquier lengua potente y conocida.

Con un idioma y una canción, algún tonto creó una nación.

Ya solo quedaba renegar de lo anterior, inventarse una historia común -y lo más antigua posible-- y hacer que se hinchara el orgullo vano de ser diferents -como si hubiera en el planeta dos personas iguales--, aunque eso suponga idear fronteras, fronteras ideológicas y administrativas que aíslen del resto del Mundo, precisamente ahora que todo tiende a derribarlas.

Y es tan grande y elevado el concepto de sí mismos que hasta pensaban que el orbe esperaba ansioso la aparición de la identidad catalana, dispuesto el mundo entero a elevarla a las más altas cotas del reconocimiento, sin dejar de lado agradecer reiteradamente la ocurrencia de crear un país de la nada, capaz de aportar a la civilización el logro indiscutible de haber diseñado una verdadera Arcadia feliz.

Ríanse, extráñense y hagan palmas con las orejas; pero lo peor de todo es que los mismos independentistas catalanes se creen el cúmulo de despropósitos, y han asumido la tarea de afrontar el invento, a costa incluso de tomarse la Ley por la tangente y delinquir a troche y moche, convencidos de que, como hasta ahora, se les iba a consentir todo.

Pero no nos engañemos, porque en toda sociedad compleja y plural hay locos y descerebrados -aunque ahora no se les pueda llamar así, sino deficientes mentales o cualquier otro término no ofensivo--, y corresponde a esa misma sociedad activar los mecanismos que la defiendan de lo que se les pueda ocurrir a unos cuantos de esos desquiciados, cosa que España no ha sabido hacer, o no ha querido, precisamente, por ese mismo complejo de inferioridad -llamémosle también inseguridad--que la hace huir de dar una imagen poco amable, en lugar de tolerante y universaloide.

Todo arranca desde el mismo diseño de la nueva España, cuando, bañados de la euforia de haber acabado una dictadura, los españoles nos pusimos a la tarea de borrar de nuestro presente cualquier vestigio del pasado que nos lo recordara.

Y así se hizo tabla rasa, se renunció a lo malo y a lo bueno del régimen anterior, repitiendo machaconamente que una dictadura nunca puede tener normas o caracteres deseables, aún inmersos en la injusticia de un régimen impuesto. De esta forma, se pasó, de una sociedad ordenada a la fuerza, a una masa social en la que todo valía, porque la democracia es eso, el respeto a los millones de formas de pensar posibles -excepto en Cataluña, donde tienes que pensar en clave de Indepententisme para ser aceptado--.

Creció de todo en aquella España que despegaba, hasta que se hizo norma tolerarlo todo, incluido las enfermedades ideológicas que ya habían demostrado ser inútiles, o execrables, o absurdas en otras partes del planeta. ¿Y donde apareció la fiebre más alta? ¡En Cataluña, por supuesto! Ese seny -se pronuncia "señ"-- genuino de amor por la juglaría grotesca comenzó a trabajar, primero calladamente, no fuera a ser que quedase alguien con el palo en la mano, dispuesto a dirigir la bandada de pavos; pero, luego, cuando los resortes del Estado demostraron que se podían flexionar lo suficiente, dirigirse por la suave pendiente de alcanzar el colmo de la chufletería, la chirigota burlesca que la nueva sociedad democrática estaba más que dispuesta a permitir.

Ha durado mucho, demasiado, aquella sensación festiva inundada de permisividad, en virtud de la cual podía valer todo, siempre que no recordara, ni de lejos, costumbres y modos anteriores, aunque fueran necesarios o convenientes. Todo lo que sonara a orden, disciplina y esfuerzo era fácil tacharlo de conducta franquista -o fascista, que suena más motivador--, con lo cual el español bien pensado se esforzaba en rechazarlo. Hablar de unidad nacional, patria o Estado chirriaba en los oídos del españolito comprometido con la libertad y la democracia, y sus preferencias se orientaban hacia otro lado, apoyado por gobiernos que alentaban el desapego, mientras, en Cataluña -no voy a referirme a Vascongadas, por ahora--, en el fondo de la olla comenzaba a borbotear el caldo de cualquier tendencia bastarda, el cultivo de la enfermedad por venir, sin que nadie se encargara de apagar el fuego o tirar el caldero por el desagüe. ¡No, no se podía! Conculcar derechos legítimos sonaba demasiado a periodo franquista.

Y se dejó que, al hervir, la sopa envenenada rebosara el caldero y se derramara, empapando a buena parte de una sociedad que caminaba resuelta hacia la total permisividad, creyéndose mejor que el resto de la nación por el hecho de que alguna militante fuese capaz de mear en medio de la calle -y fotografiarse haciéndolo--, por despreciar e insultar a las fuerzas de orden público -elementos represores a su juicio-- o por apoyar y aplaudir cuando una horda de okupas asaltaba un edificio.

Esa es la carta de naturaleza de la Cataluña más sórdida, donde, por desgracia para ellos, deben convivir millones de catalanes normales -y ojo, no protestes que te llaman franquista, fascista y, últimamente, monárquico, que parece que para ellos es un insulto también--. Millones de catalanes obligados a relacionarse con los protagonistas anormales de un invento bufo y ridículo, y, además, soportarlo y aceptarlo, porque hacer lo contrario te situaba a un paso de aquel funesto pasado de ondas raíces autoritarias.

Pero, he aquí que la sopa infame que se dejó hervir, contaminando a buena parte de los expuestos, ha acabado por producir una pandemia, infectándolo todo a su alrededor, hasta el punto en que nadie es capaz de calcular el daño que puede infligir un cargo público que se define a sí mismo como anti-sistema -es el colmo, el sistema en manos de quien lo quiere destruir--, y es entonces cuando el resto de los ciudadanos se alarma, se muestra incrédulo de que eso esté pasando, y conmina a los dirigentes a que pongan coto al desmán.

Ha hecho falta, también, que los pretendidos líderes y directores espirituales del catalanismo hayan escrito el último párrafo de su propio guion, desbarrando del todo, mostrando su determinación fracturada y escenificando un cómic de Tintín en el que, por desgracia para ellos, ya no figuraba un palacio de Moulinsart donde poderse esconder.

Tiene cosas buenas el asunto, qué duda cabe; ahora, legitimados por la masa de más de cuarenta millones de personas normales, el gobierno se pone a la labor de meter en cintura a los marranos -no se confundan, la palabra viene del verbo "marrar", es decir, equivocarse--; y, de buenas a primera, no se ve mal que aparezcan enseñas españolas ondeando por doquier, incluso en el solar del pérfido independentismo; y hay civiles que aprovechan actos militares para jurar la bandera, y aplaudimos a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y nos alegramos de que todo eso esté cambiando, gracias a unos ideólogos aficionados a quienes se dejó cocinar una receta penosa.

Pero que no se olvide que el fervor patriótico nos alegra y vivifica tanto por el hecho de que, hasta hace poco, muy poco, los mismos que ahora aplauden eran incapaces de hacer ostentación de los colores nacionales -salvo que se tratara de un partido de la Selección española de fútbol--.

Todos somos culpables de la faena catalanista, por callar, por no verla venir -las señales eran tan evidentes que abruman--, por alentar a quienes rompían con el pasado sin medir sus gestos, por formar parte de quienes, cómodamente arrellanados en el sofá, se divorciaban de la obligación de defender conceptos básicos, como la patria, o la observancia de la legalidad y el compromiso de cada uno con el resto; todo lo que es la base de una sociedad estable y sana.

Hoy día, vemos a unos cuantos personajillos ridículos abollando sartenes y cacerolas, inasequibles al desaliento, pero cada vez más ignorados. No ha habido ola de apoyos internacionales -ni siquiera olitas--, nadie ha podido impedir que la Justicia actúe, y el resto, los sanos de mente, han empezado a darse cuenta de que es posible darle bofetadas a quienes lo merecen, sin que salten los fusibles de la democracia.

Existe la esperanza de que se extingan, con el tiempo y de inanición; pero yo soy pesimista al respecto, porque el mal está arraigado en lo más profundo de las células. Aunque sí es posible que el chocarrerismo de los indepetontos deje de acaparar noticias y ganar protagonismo para que los demás podamos descansar de ellos.

Al fin y al cabo, nadie los necesita, excepto ellos mismos, para seguir alimentando la ilusión infantil de protagonizar algo por una vez.

2 comentarios

La mejor síntesis histórica y presente sobre el independentismo catalán.

Felicitaciones.

Miguel Pons Couto

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