Lo que oculta la Historia

Sin comentarios Con ojos de allá - 23/11/2017 - 4:04 PM

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No siempre ocurre, pero es frecuente que a la Historia se la trate tal cual una esponja que podemos presionar para liberarla del exceso de agua, sólo que, tratándose de Historia, en esa agua que escurrimos suele ir la crema del conocimiento.

Hace unos meses, en la reducida tertulia semanal que celebramos unos bien avenidos compañeros, surgió el aporte de uno de ellos al apuntarme que el apellido Estupiñán, bastante abundante en estas latitudes latinoamericanas, correspondía a los herederos de quienes, en España, se conocen por la versión Estopiñán de su apellido, aunque no está claro el porqué de esa conversión de la "O" en "U".

Ocurre que, la ciudad de la que provengo, Melilla, un pequeño territorio enclavado en la costa norte de África, fue ganada para la casa ducal de Medina Sidonia, en 1497, por don Pedro de Estopiñán y Virués, un notable castellano al servicio del duque; y, al indagar un poco más, fue apareciendo la curiosa historia de dos hijos de aquel hidalgo jerezano, y un nieto, que llegaron al Perú pizarrista cuando aún coleteaban los espasmos de la caída del imperio Inca, y los castellanos venidos de allende los mares se enzarzaban en mil disputas generadas por los problemas políticos y la ambiciosa necesidad de labrarse una fortuna en los territorios recién conquistados.

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La historia era tan apasionante que me propuse documentarla y relatarla, entendiendo que a mis paisanos españoles y, en concreto, a los melillenses, les iba a resultar interesante saber de los descendientes del, para ellos, venerado personaje histórico. Pero, como siempre ocurre, la mera acción de reflejar el relato deseado acaba incorporando elementos añadidos que contribuyen a dar forma a la totalidad, y es así que, mientras avanzaba en la redacción, me iban surgiendo aspectos que considero importantes, si no capitales, no ya para los españoles -que también--, sino para mis lectores peruanos.

El primero de estos aspectos es tener asumido que Francisco Pizarro y sus dos centenares escasos de hombres llegaron directamente de España, encuadrados y armados por el ejército de la Corona, y que, después de vencer la resistencia del Inca, se apoderan del territorio al que llaman desde ese momento, el Perú.

Craso error, porque la historia de andar por casa olvida dos cosas fundamentales. La primera es que Pizarro y los suyos no podían proceder de España, puesto que España no existía como tal nación única, sino que era la unión de dos reinos -Castilla y Aragón-- por la circunstancia del matrimonio de sus reyes, y que hacía sólo dieciséis años que el nieto de ambos, el emperador Carlos, se había hecho cargo del gobierno de los mismos, pero sin jamás mezclar leyes, fueros e identidades. Castilla seguía siendo Castilla, y Aragón seguía siendo Aragón, independientes, aunque unidos por un mismo monarca.

Por poner un ejemplo y salvando las distancias, es algo parecido a lo que ocurre con Isabel II, que es la reina del Canadá, aunque nada tenga que ver esta nación con el Reino Unido de Gran Bretaña.

La segunda cosa de interés es que Francisco Pizarro contaba cincuenta y cuatro años a su llegada al Perú, pero residía en América desde los veinticuatro años; es decir, que había pasado más de la mitad de su vida participando en expediciones y haciendo negocios en la zona del istmo de Panamá, enclave del que fue alcalde entre 1519 y 1523, además de formar parte de la expedición de Núñez de Balboa en la que se descubrió el Mar del Sur.

Cierto es que, en general, ha triunfado la idea anterior, la equivocada, porque la real es quizá algo más farragosa de procesar, pero eso no hace que la versión al uso corresponda a la verdad.

Pizarro era lo que, hoy día, llamaríamos un emprendedor, un empresario, un particular deseoso de alcanzar fortuna que, en 1524, se asocia con otros dos hombres de negocios para reunir el capital suficiente para emprender la aventura hacia el Sur. Diego de Almagro y Hernando de Luque aceptan formar una sociedad en la que invierten toda o buena parte de sus respectivas fortunas -existen dos versiones que difieren en si Pizarro aportó capital, o sólo puso su experiencia; pero, personalmente, me inclino por el relato del historiador peruano Mendiburu, en el que afirma que Francisco Pizarro era uno de los moradores de Panamá con "menos fortuna", lo cual no quiere decir que estuviera escaso de recursos, puesto que, por comparación, pudiera ser que los otros fuesen inmensamente ricos--.

Sea como fuere, el hecho de invertir un gran capital condicionaba en grado sumo la necesidad de sacar rendimiento a la expedición -rendimiento económico, se entiende--, de ahí el afán insaciable por encontrar oro con el que cubrir gastos, pagar créditos y cubrir el impuesto que la Corona exigía.

Es precisamente la obligación de pagar la quinta parte de las ganancias obtenidas lo que indica que la expedición de Pizarro no era una empresa de la Corona, ya que, de ser así, los beneficios hubieran ido a parar íntegros a la Hacienda del Imperio. La única intervención de la Cancillería del emperador se reducía a otorgar el permiso para que los ansiosos súbditos de Panamá emprendieran una aventura en busca de fama y fortuna, sin intervenir en otra cosa más que en la obligación añadida de contar con un representante del clero, que debería ejercer de elemento evangelizador.

Cierto que es mucho más romántico imaginar una acción de conquista militar -desgraciadamente, Hollywood nos tiene acostumbrados a eso--, cuajada de banderas y protagonizada por un ejército de aguerridos héroes; pero no fue así. Ni siquiera había más militares en la expedición que algunos soldados de fortuna -mercenarios les llamaríamos ahora--, contratados a sueldo o con la promesa de un buen botín que pagara sus esfuerzos.

Más cercano a la realidad es el concepto de que, como empresarios, Pizarro, Almagro y Luque se asemejaban más a los actuales directivos de empresas privadas que tratan de dominar el mercado comercial. Ni Telefónica representa a España, ni Claro a México, y tampoco la influencia masiva de Odebrecht puede relacionarse con ninguna actividad oficial del gobierno de Brasil.

Otra cosa es que, un tiempo después de materializada la conquista, y cuando trascendió la extensión del territorio en manos de los "empresarios" castellanos, el Estado, es decir, la Corona de "las Españas" -fíjense en ese plural que establecía la separación entre los reinos-- decide intervenir ante la deriva que estaban tomando los acontecimientos.

Porque, en los años inmediatos a la conquista, después de vencido el ejército inca, lo que ocurría en el Perú era una guerra civil entre las dos facciones resultantes del desacuerdo entre los socios. Almagro pedía para sí mucho más de lo pactado o de lo que Pizarro estaba dispuesto a conceder; pero, si se hubiese tratado de poner paz, Carlos V no hubiera enviado un virrey con plenos poderes, sino un mediador.

Y no fue así.

La llegada Núñez de Vela, como delegado directo del emperador, no fue impulsada por el deseo de imponer la paz entre las facciones, sino la de poner orden y ejercer el control político en lo que, según todas las sospechas, estaba a punto de declararse territorio independiente de la Corona Imperial.

De hecho, la Real Audiencia de Lima, un organismo formado por todos los encomenderos y terratenientes, despoja de sus poderes al que era primer virrey en cuanto ven amenazada su autonomía en el manejo de la gobernanza peruana. Y es necesario que, a la llegada del siguiente, Pedro de La Gasca, más conciliador, los peruanos se avengan a seguir disfrutando de sus ventajas, pero a cambio de rendir sumisión al Imperio.

Francisco Pizarro, personaje callado y demasiado introvertido, nunca reveló sus verdaderas intenciones; pero, a su muerte, su hermano Gonzalo no duda en alzarse en armas y dar lugar a lo que se conoce como Gran Rebelión, en 1544, proclamando la independencia del Perú y nombrándose gobernador general.

A esas alturas, ya estaba claro que, si la Corona no intervenía de forma drástica, las inmensidades territoriales se acabarían perdiendo una vez que quedara constituido un nuevo Estado.

No fue así, y el último de los Pizarro que quedaba vivo en América fue juzgado y condenado a muerte tras perder la batalla de Jaquijahuana, en 1548, en la que la mayor parte de sus partidarios le abandonaron, seducidos seguramente por las prebendas que podían obtener de su lealtad al emperador, con lo que quedaba conjurada la posibilidad de un Perú independiente de la Corona.

No obstante, quedaba aún una amenaza en la persona de Francisca Pizarro Yupanqui. Hija del conquistador y nieta del inca Huaina Cápac -era sobrina del propio Atahualpa, que concedió a Pizarro su propia hermana Quispe Sisa--, Francisca aunaba la sangre hispana y la de la propia monarquía cuzqueña, con lo que podía convertirse en el elemento que diera cohesión a futuros intentos de establecer un Perú independiente.

Llamada a España, contrae matrimonio con su tío Hernando, recluido en la cárcel dorada del castillo de La Mota por haber dado muerte a Diego de Almagro --ex socio y enemigo mortal de todos los Pizarro--, con lo que suma la fortuna de su marido a la obtenida al ser titular del marquesado y heredera de su padre, Francisco, lo que le fue concedido por una Real Cédula. Tan grande era su fortuna que emprendió todo tipo de obras a su costa; la principal, la propia catedral de Lima y la reconstrucción de la casa solariega de los Pizarro en España, en el centro de la ciudad de Trujillo.

Pero jamás manifestó deseo o intención de regresar al Perú. A la muerte de Hernando, volvió a contraer matrimonio con un hijo de los condes de Puñoenrostro, trasladándose a Madrid y mostrándose muy complacida con la vida en la corte, que podía disfrutar plenamente gracias a su inmensa fortuna.

Cinco hijos tuvo con Hernando, pero ninguno tuvo descendencia, con lo que la estirpe pizarro-incaica acabó allí, en España.

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Podríamos seguir con docenas de curiosidades relacionadas con estos hechos, todas las cuales se pueden encontrar en la abundante literatura histórica que nos han legado tanto autores españoles como peruanos, de la categoría de Del Busto, Porras, Rostworowski o Palma, y que están ahí, al alcance de cualquiera que desee disfrutarlos.

Es la única forma de escapar de la trampa de una Historia tan sintetizada, tan simple y convencional, que hace que perdure cómodamente una única y esquelética versión de todo cuanto aconteció.

Y, para saciar la curiosidad de los muy interesados, reproduzco a continuación el texto íntegro y las imágenes del artículo que, este mes, ha sido publicado en la revista de Historia AKROS, una publicación de la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, integrada en el grupo "C" de Revistas Científicas, y en la Red de Bibliotecas Universitarias.

La saga Estopiñán en América

De Castilla al Perú

Resumen

En siglo XVI varias casas nobles castellanas comienzan a mudar sus intereses de los territorios habituales hacia el otro lado del Océano Atlántico. Este artículo sigue los pasos de los descendientes de Don Pedro de Estopiñán y Virués, Contador Mayor de la casa ducal de Medina Sidonia y participante señalado en las operaciones militares de la corona de Castilla, que culminaron con la toma de Granada a los musulmanes en enero de 1492. Cinco años más tarde, encabeza la expedición que desembarca y ocupa Melilla, uno de los puntos fuertes con los que los Reyes Católicos dan forma a sus intereses defensivos en la costa del norte de África. Sin embargo, poco después, las casas nobles castellanas comienzan a dirigir sus ojos hacia más allá del Atlántico, sobre los vastos territorios recién descubiertos en América. Dentro de esa dinámica, son dos hijos y dos nietos del patricio jerezano los que perpetúan su linaje en tierras del Perú, dando paso a numerosos descendientes que aún conservan el apellido en la actualidad.

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Historia

Es más que probable que, de no haber concurrido la ocupación y conquista de las islas Canarias, el artífice de la operación sobre Melilla hubiera ido acompañado de su hermano menor, Bartolomé, puesto que era corriente que ambos participaran juntos en las acciones importantes donde estaba involucrada la casa ducal. Así ocurrió en la toma de Granada, a pesar de que tres años antes, en 1489, los dos hermanos protagonizaron una suerte de rebelión al bombardear Cádiz siguiendo las órdenes de Enrique de Guzmán, enemistado con Rodrigo Ponce de León, a la sazón marqués de Cádiz. Esta participación les costó a los Estopiñán la pena de destierro impuesta por los Reyes Católicos; aunque, sin que se sepa realmente el motivo, la pena nunca se cumplió. Pero, en 1495, Bartolomé es comisionado como jefe de un cuerpo expedicionario de mil infantes y cincuenta jinetes veteranos de las guerras de Granada, que el duque envía a las Canarias para ayudar a Alonso Fernández de Lugo a acabar con la fiera resistencia con que guanches y menceyes tratan de resistirse al ejército castellano. Bartolomé recibió, en pago por su desempeño, unas enormes extensiones de terreno, que no llegó a poblar, pues, al ser desmovilizada su tropa, regresó a Jerez en 1497, posiblemente demasiado cansado como para formar parte de la expedición con que su hermano Pedro incorporó a la casa ducal la vieja fortaleza merínide de Melilla.

Frecuentemente, es aquí donde se acaban las menciones al apellido Estopiñán en las crónicas al uso, quizá un poco a causa de que los inicios del siglo XVI están tan plagados de hechos señalados que no resulta extraño que se pierdan nombres otrora impor-tantes, sepultados por el marasmo de aconteci-mientos y las convulsiones de un mundo nuevo que veía la luz entre estertores de parto. Por eso resulta inte-resante indagar sobre la realidad familiar y cotidiana del que fue ilustre patricio jerezano -si es que puede tildarse de cotidiana una vida repleta de vínculos y efemérides como las que veremos--.

Los ancestros

Pedro de Estopiñán y Virués era hijo de Ramón de Estopiñán y Vargas, originario de Cádiz, y de doña Mayor de Virués; se había casado, en 1490, con doña Beatriz Cabeza de Vaca y Suárez de Figueroa-Moscoso, presumiblemente de la misma localidad e hija legítima de don Pedro Fernández Cabeza de Vaca y de doña Catalina de Zurita y Suárez de Figueroa-Moscoso. Así pues, sus ancestros situaban al matrimonio en la parentela directa de familias castellanas de gran renombre y protagonismo indiscutible en los sucesos cruciales que acaban por dar forma definitiva a la corona castellana, cuando se acaba precisamente la Edad Media, al irrumpir el Renacimiento en todos los ámbitos de la Europa occidental. También sabemos que doña Beatriz contaba treinta y cinco años de edad cuando enviudó, en 1505, quedándose a cargo de los tres hijos habidos en el matrimonio, Pedro, que contaba diez años de edad, Diego, nacido cerca de 1500, y Lorenzo, nacido a finales de 1504 o principios de 1505, por lo que, al óbito de su padre, contaba sólo unos meses de edad.

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Sin embargo, siguiendo los usos de la época, apreciamos una disparidad en los apellidos de estos que obedece a que no regía el sistema actual a la hora de asignarlos a la progenie, sino que se elegían de entre los disponibles de las distintas ramas familiares, buscando incluso una diferenciación parecida a los actuales nombres de pila, con los que poder identificar al individuo de un modo inequívoco--. En el caso concreto de los hijos de don Pedro, estos quedaron registrados como: Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca --es el único que hereda los primeros apellidos de sus padres--, Diego de Figueroa y Estopiñán, y, por último, Lorenzo de Estopiñán y Figueroa.

El pariente añadido

Sin embargo, hay un cuarto miembro de la familia que forma parte indisoluble de las crónicas de la niñez de los hijos de Estopiñán. Nos referimos nada menos que a Álvar Núñez Cabeza de Vaca, sobrino carnal de doña Beatriz, que lo crio cuando quedó huérfano de padre y madre con muy pocos años de edad. Vemos, pues, que los hijos de Pedro de Estopiñán y Virués eran sus primos hermanos y crecen junto a quien, más tarde, pasaría a la Historia como el conquistador de la Florida en 1527, primer explorador del sur de lo que hoy son los Estados Unidos, entre 1528 y 1536, y descubridor, por fin, en 1541, de las cataratas de Iguazú, justo en los límites de lo que hoy es Brasil, Paraguay y Argentina. Y es poco después cuando la Corona lo distingue nombrándole Adelantado del Río de la Plata, al asentarse en lo que poco más tarde ya se llamaría Buenos Aires.

Esta colección de gestas, situadas en el Teatro de Operaciones americano, viene un poco a ilustrar cómo y por qué la Casa Ducal de Medina Sidonia, en 1556, acaba por ceder la propiedad de la fortaleza de Melilla a la Corona española; sencillamente, desde hacía casi medio siglo, los intereses de la familia Guzmán, titulares del ducado, habían mudado hacia los más prometedores parajes del Nuevo Mundo.

Estopiñán / Estupiñán

Volviendo a los Estopiñán, y tras un periodo en que, niños aún, habría que seguir sus andanzas a través de las crónicas de su madre viuda, les vemos, ya adultos y siempre cerca de su primo Álvar, formar parte de expediciones americanas, aunque es en estas fechas en las que, sin que pueda encontrarse una razón documentada, el apellido Estopiñán aparece en las crónicas trocado en su forma Estupiñán, que es como se ha conservado hasta ahora entre los descendientes en América. Y es que el nombre de la localidad que da origen al apellido -Estopiñán del Castillo, situada al noroeste de la ciudad leridana de Balaguer-- se lo encuentra escrito de las dos formas hasta en documentos relativamente recientes del siglo XIX y del pasado XX. Lorenzo de Estupiñán, en concreto, está en Cartagena de Indias en 1537, con treinta y dos años de edad, a las órdenes de Juan de Vadillo, como capitán de uno de los contingentes con que la Corona ampliaba paulatinamente las tierras bajo control castellano, y participando especialmente en la expedición que, saliendo de San Sebastián de Buenavista, en el norte de la costa colombiana, alcanzó la localidad de Cali, donde les recibe Lorenzo de Aldana, una de las figuras clave de la conquista del Perú y las primeras expediciones a Chile. Pero en algo debió de influir que su primo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, estuviese en ese momento en el Sur, porque Aldana lo envía hasta La Plata (actual Bolivia), posiblemente como refuerzo de su pariente cuando, en esos momentos, en Lima, los partidarios de Diego de Almagro daban muerte al Marqués de la Conquista, Francisco Pizarro, la mañana del 26 de junio de 1541.

La larga y dolorosa crisis

Como resultado de la guerra civil desatada en los territorios bajo dominio español, los almagristas exigen a todos los personajes importantes que declaren sus afinidades; pero Lorenzo de Estupiñán se finge enfermo cuando lo citan para pedirle su declaración de fidelidad, ya que, tal como se vio más tarde, el hijo del conquistador de Melilla fue durante las primeras fechas del conflicto decididamente pro-pizarrista. De hecho, al año siguiente (1542), en septiembre, aparece de nuevo en las crónicas participando en la batalla de Chupas, que acabó en victoria del partido pizarrista, y en donde parece que nace una gran amistad entre Lorenzo y Cristóbal Vaca de Castro, que lo nombra su enlace y portavoz en los ditirambos que surgieron entre éste y el tesorero Alonso de Riquelme, y que se enmarcaban en la terrible lucha de poder desatada tras la muerte del Marqués de la Conquista y primer gobernador del Perú.

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Convocadas las facciones en busca de apoyo, en cambio, Lorenzo de Estupiñán se niega a reconocer a Almagro el Mozo como máxima autoridad, y se finge enfermo de nuevo para no tener que acudir a la convocatoria. Al menos por parte de los hermanos Pizarro que quedaban vivos -Gonzalo y Juan, ya que Hernando hacía tiempo que había retornado a las Españas con el impuesto para la Corona sobre el botín conseguido en Cajamarca-- se mantuvo viva la llama de declarar un Perú independiente. Y si el propio Francisco Pizarro no hubiera tenido un carácter tan introvertido, quizá habría sido más explícito en el valor que otorgaba a su unión con la coya (princesa) Quispe Sisa Yupanqui, bautizada como Inés de Huaylas, y con quien había tenido a Francisca (1534) y a Gonzalo (1535). El varón murió con corta edad, en 1544; pero Francisca, hija primogénita del Marqués y de la Ñusta (noble incaica), encarnaba la doble identidad de las dos grandes fuerzas que interactuaron sobre el Tahuantinsuyo (Imperio inca) para alumbrar una nueva identidad nacional, mezclando el derecho otorgado por el Imperio español y las sólidas raíces incaicas.

La ilusión de la Independencia

Son varios los detalles que vendrían a acomodarse a este más que probable proyecto de Francisco Pizarro; el primero de ellos, su determinación de quedarse en el Perú, fundar la ciudad de Lima e invertir toda su fortuna en engrandecer la futura capital. Jamás se le oyó expresar la menor intención de retornar a su Extremadura natal, donde, si bien habría sido un rico hacendado gracias a lo conseguido en América, nunca hubiera podido disfrutar del patrimonio familiar, que le correspondía a su hermano Hernando por ser primer hijo legítimo; al contrario, Francisco alentó a permanecer a quienes dudaban si marcharse o quedarse en aquella tierra que, en principio, eran un hervidero de problemas y peligros, y en los diez años que transcurrieron hasta su asesinato supo dar forma al sólido proyecto que más tarde se convirtió en la relumbrante capital del virreinato, sin dejar por otro lado de gestionar y participar ante los conatos de rebeldía indígena y la inestable situación creada por sus rivales almagristas. Es esta inestabilidad reinante en los nuevos territorios -y, por supuesto, el deseo de aplicación de las Leyes Nuevas ideadas por fray Bartolomé de Las Casas-- lo que determina el envío de un virrey que represente 

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a la Corona de las Españas y ponga orden en los territorios recién incorporados. Blasco Núñez de Vela llega a Lima el 15 de mayo de 1544; pero, en lugar de encontrar el recibimiento debido a un delegado directo del Emperador Carlos, se da de frente con la oposición de los pizarristas, encabezados por Gonzalo Pizarro, que, esta vez sí, no duda en proclamarse legítimo gobernador del Perú, negando cualquier atribución al recién nombrado primer virrey.

En 1544, Gonzalo es el único Pizarro vivo en América -Juan había muerto en la batalla por la toma de Sascaysuamán-- y da inicio a la llamada Gran Rebelión al proclamar el gobierno independiente del Perú, es decir, que se desvincula de la autoridad dimanante del representante de la Corona española, reiterando la inercia primera que creemos encontrar en el comportamiento del hermano mayor. Sin embargo, y a pesar de los reiterados esfuerzos de sus inmediatos, Gonzalo renuncia a proclamarse rey, quizá en un intento de no comenzar la andadura de un Estado con la gran circunstancia agravante de haber desafiado nada menos que al Emperador Carlos V. Avezado a las intrincadas políticas a las que se había visto abocado desde hacía diez años al menos, prefirió explorar la posibilidad de llegar a un acuerdo y obtener del monarca el nombramiento de gobernador o virrey de los nuevos territorios.

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El respeto a la Corona

Es en el núcleo de estos enfrentamientos donde vemos de nuevo aparecer la figura de Lorenzo de Estupiñán, formando parte de la delegación encabezada por el factor Ylián Suárez de Carvajal y el capitán Diego de Agüero, representación más que capacitada para tratar con sutileza el espinoso asunto de los intereses propios frente a la desbocada actitud del nuevo virrey, deseoso de poner a todo el Perú y a los españoles residentes bajo el terrible poder que lo respaldaba. A través de las crónicas, podemos seguir a Estupiñánen casi todas las vicisitudes que rodean el rocambolesco desarrollo de los acontecimientos, sin mudar su actitud conciliadora y dialogante con el virrey, a pesar de su condición de pizarrista convencido -habría que determinar cuánto influyó en él su amistad con Vaca de Castro, que, en un momento dado, se declara rival del propio Gonzalo Pizarro--; hasta el punto en que, una noche de septiembre de ese año, participa en la persecución ordenada por el virrey a consecuencia de la llamada fuga de los Carvajales -parientes del factor Ylián, al que el propio Núñez de Vela dio muerte al siguiente día con sus propias manos--. Cristóbal Vaca de Castro, el cercano amigo de nuestro protagonista, trata de forzar la situación y mantener la entente furiosa dentro de los límites de lo aconsejable, y no debemos situar al hijo del conquistador de Melilla lejos sus inmediaciones; pero Núñez de Vela, haciendo gala de un carácter intransigente y altanero, impropio de un cargo que tenía que hacer frente a tan delicada situación, ordena el confinamiento del representante de los peruanos en un barco surto en el puerto de El Callao, lo que deja a las claras el talante poco conciliador del virrey. La situación de guerra civil entre la Corona y los españoles peruanos adquiere un giro favorable a éstos cuando, vencido Núñez de Vela, el cabildo de Lima y, en realidad, todos los encomenderos y hacendados, reconocen a Gonzalo Pizarro como su líder, y ordenan el destierro del virrey. Conociendo a Núñez de Vela, es fácil deducir que no se va a plegar a lo decidido por la Audiencia y, en un arrebato de soberbia, retorna desde el Norte y se enfrenta, a la cabeza de una escasa fuerza, con las curtidas y numerosas tropas pizarristas, en Añaquitos, el 18 de enero de 1546, donde es capturado e, inmediatamente, decapitado, firmándose así, con el ajusticiamiento del virrey, los deseos emancipadores de Gonzalo Pizarro y la inmensa mayoría de los españoles que, ahora sí, decididamente, se sienten parte de un nuevo proyecto independiente de las Españas.

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Una de cal, una de arena...

La respuesta de la Corona española, lejos de avivar las ansias de rebelión o asestar un duro golpe a los deseos emancipadores, es nombrar como Enviado Especial -así le llamaríamos hoy día-- a Pedro de La Gasca, un personaje radical-mente opuesto al decapitado Núñez de Vela; hábil en las letras, ciencias y jurisprudencia, dueño de una apariencia física que, según algunos, movía a la risa, pero insuperable negociador que, a poco de desembarcar, en abril de 1547, en la desembocadura del río Santa, no lejos de Lima, avanza hacia el interior y se asienta en Jauja, haciendo gala de sus dotes negociadoras y consiguiendo, en pocas semanas, formar un nutrido ejército en base a los desertores de las tropas del casi-rey del Perú, Gonzalo Pizarro. No cesan las defecciones en el bando pizarrista, y, poco después, con los refuerzos recibidos desde Popayán (sur de la actual Colombia), logra sumar una enorme fuerza de quinientos piqueros, setecientos arcabuceros y cuatrocientos jinetes. No llegó a haber batalla en el sentido real; el encuentro, en Jaquijahuana, el 9 de abril de 1458, fue un enfrentamiento a la vista, tras el que comenzó el goteo de jefes y destacados capitanes, que salían de las filas pizarristas para unirse a las tropas de La Gasca antes de iniciar cualquier movimiento táctico.

La rendición de Gonzalo Pizarro fue tan inevitable como su enjuiciamiento por desacato y rebeldía, que determinó la muerte del último Pizarro y sus más señalados seguidores -entre los que se encontraban los hermanos Carvajal, antes aludidos--. El sueño de un Perú independiente de la monarquía española se esfumó con la desaparición de los Pizarro del escenario de la Historia; aunque 

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quedaba uno demasiado importante como para pasar desapercibido, la marquesa Francisca Pizarro Yupanqui, única heredera del título de su padre que, con apresurada celeridad, es invitada a viajar a España, donde, convertida en rica heredera al casarse con su tío Hernando --y aunar toda la fortuna familiar--, se acomoda a la vida de la alta sociedad madrileña y, en consecuencia, deja de ser un obstáculo político. Por fin, y como refrendo del fin de las hostilidades, tuvo lugar una ceremonia de confirmación de lealtades, el 17 de agosto de 1548, conocida como Reparto de Huaynarima -localidad cercana al Cuzco--, en el que La Gasca efectúa el reparto de un millón trescientos mil pesos en concepto de pago o retribución por los servicios prestados.

Reconocimiento y recompensa

Y aquí vemos de nuevo a Lorenzo de Estupiñán reseñado en los documentos, pues, al parecer del nuevo virrey, el desempeño de su padre como Contador Mayor del III Duque de Medina Sidonia, implicaría un hábito familiar determinante en su educación que le capacitaba para las labores administrativas --aunque, cierta-mente, poca relación hubo entre padre e hijo, ya que Lorenzo contaba, como mucho, un año de edad cuando Pedro de Estopiñán falleció, en septiembre de 1505--, y seguramente pesó mucho más su gestión anterior cerca del tesorero Riquelme, para que fuese comisionado como administrador de los haberes disponibles en la propia ciudad de Lima. Y fue tan buena su gestión que, a ojos de La Gasca, se hizo merecedor de una fortuna de mil ochocientos pesos por su lealtad y acciones a favor de la Corona, que fue complementada con el regalo de una encomienda (hacienda en propiedad) en Tarma, lo que sin duda hizo del hijo de don Pedro de Estopiñán y Virués un hombre rico a sus cuarenta y tres años. Pero no debía de ser persona de talante acomodaticio o reposado, puesto que, a poco, en el mes de diciembre, se desplaza a Lima para formar parte del Ejército Audiencial que combate el alzamiento de Francisco Hernández Girón, y trata de defender la capital frente a quien fue uno de los más decididos pizarristas. No nos consta que Lorenzo de Estupiñán participara en la batalla final de Pucará, con la que acaba la rebelión al ser capturado, juzgado y decapitado Hernández Girón, en diciembre de 1554, pero sí que, en ese tiempo, se desplaza a la zona de Charcas, junto con Pedro de Hinojosa, para reclutar gente que aumentara el Ejército Audiciencial con el que se trataba de imponer una paz precaria entre los alterados intereses de personajes señalados, siempre descontentos y en un tris de provocar alzamientos y rebeliones contra el deseo imperial de aplicar las nuevas leyes dictadas para América. Al hijo de don Pedro de Estopiñán le vemos aparecer de nuevo en Lima, con motivo de los fastos habidos cuando, al abdicar el emperador Carlos V, recae en su hijo Felipe II la Corona de las Españas. Lorenzo de Estupiñán jura al nuevo rey, con cientos de caballeros, encomenderos e hidalgos, el domingo 25 de agosto de 1557, día de Santiago Apóstol, en la plaza mayor de Lima, a lo largo de una imponente ceremonia que se desarrolló frente a la puerta de la Real Audiencia, que más tarde fue el palacio virreinal.

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Con la crema de la sociedad

Y se ve que aquellas celebraciones propiciaron un repunte de vida social a la que no se mostró ajeno el caballero jerezano, ya que quedaron fijados en ese año sus esponsales con doña Ana de Ribera y Dávalos, una joven de diecisiete años -él tenía cincuenta y dos--, hija mayor y legítima del mismísimo Nicolás de Ribera el Viejo, íntimo de Francisco Pizarro desde el episodio de los Trece de la isla del Gallo, uno de los fundadores de Lima y primer alcalde de la capital. Es de suponer que, el recién casado Lorenzo de Estupiñán, tras el apaciguamiento de las veleidades políticas de los españoles, retorna al centro de Perú, a hacerse cargo de su hacienda de Tarma, ubicada en la región andino-amazónica. Pero es posible que aquel alejamiento de los centros de poder no fuese de su entera satisfacción, porque regresa a Lima pocos años después, probablemente a disfrutar allí con más posibilidades de una vida cómoda de personaje acaudalado, sin dejar de participar en los acontecimientos políticos, puesto que, en 1561 es nombrado Alcalde ordinario de la capital del virreinato, y se sabe que dirigió una larga batida contra los negros cimarrones rebelados. Fija su residencia en Huánuco, en 1563, tal como consta en los registros, dueño de una casa de la plaza mayor, colindante con la del capitán Miguel de La Serna, la de Juan de Espinosa Campoo y Juan de Valladolid. Y, en 1571, el virrey don Francisco de Toledo y Figueroa, lo nombra Visitador de la provincia de Huánuco.

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El ocaso del guerrero

En 1570, el hijo del patricio jerezano retorna definitivamente por fin a su casona de Lima, situada entre los actuales jirones Huallaga y Ayacucho, cercana a las respectivas propiedades de su familia política. Es posible que los bruscos e inquietos avatares de su vida determinaran que, ya por esas fechas, Lorenzo de Estupiñán y Figueroafuese un hombre cansado, con sesenta y cinco años y una vida azarosa a sus espaldas, ya que, a partir de entonces, desaparece de las crónicas y se puede intuir sus últimos años de vida a través sólo de los sucesos que le rodean. Seguramente convertido en un rico y satisfecho propietario que descansaba, por fin, de sus incontables peripecias por media América, Lorenzo 

de Estupiñán y Figueroa fallece sin descendencia en la propia casona familiar de Lima, tres días antes de la Navidad de 1573, dejando a su joven esposa a cargo de las ricas propiedades, especialmente las dimanantes de la encomienda de Tarma.

La estirpe

La línea de descendencia documentada de Pedro de Estopiñán y Virués podría haberse detenido aquí, de no ser porque aparece en escena otro miembro de la familia, Lorenzo de Figueroa y Estupiñán, hijo de Diego, el segundo vástago del conquistador de Melilla, y que, al haber obtenido licencia para pasar al Perú en octubre de 1577, es de deducir que vive en la casa familiar de Lima desde esa fecha o muy poco después. De lo que sí se tiene constancia es de que este nieto de don Pedro de Estopiñán y Virués se había labrado una importante posición siguiendo de cerca los avatares del primo común, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en sus correrías norteamericanas, hasta acabar recalando en las inmensas propiedades peruanas en las que se daban cita todos los miembros de la familia residentes en la zona. Sea como fuere, sabemos que Lorenzo de Figueroa y Estupiñán acaba viviendo en la casa de su tío fallecido, en la capital del inmenso virreinato del Perú, la conocida como Ciudad de los Reyes -se decide su fundación en enero de 1535, cercana a la festividad de la Epifanía--, la ciudad de Lima. Había nacido en Jerez de la Frontera en 1535, por lo que contaba cuarenta y dos años cuando se instala en la vivienda de su tía política viuda, que tenía en aquel momento treinta y siete años. Es fácil suponer, pues, que se entabla una estrecha relación entre ambos, hasta el punto en que, un año después, el día 8 de mayo de 1578, Lorenzo y Ana celebran sus esponsales en la iglesia-catedral de Lima. Este doble matrimonio de Ana de Ribera, y la coincidencia alterna de los apellidos Estupiñán y Figueroa / Figueroa y Estupiñán de sus dos esposos, ha desconcertado a más de un historiador que, con frecuencia, han otorgado a la misma persona los referidos patronímicos. Únase a esto que su segundo marido ostenta el mismo nombre de bautismo -Lorenzo-- que el primero, para enrevesar lo suficiente los datos. Lorenzo de Figueroa y Estupiñán, igual que su tío, desempeñó varios cargos por designación virreinal, entre ellos el de corregidor de la provincia de Huánuco (1586-1587), y consigue una encomienda en Tarma (1590), en la misma comarca que radican las posesiones de su esposa y tía; aunque, cinco años después, figura como uno de los primeros pobladores de la villa de San Antonio de Oro de Zaruma (actual región de El Oro, en Ecuador), atendiendo al nombramiento del virrey don García Hurtado de Mendoza en 1595.

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Sin embargo, los continuos desplazamientos a los que le obliga los sucesivos nombramientos no perturban la calma del solar familiar en Lima, donde regresa siempre que le es posible, y donde reside de continuo su esposa, atendiendo a la buena marcha de la hacienda heredada de su primer marido y de su propio padre.

Tercera generación en América

De este segundo matrimonio de doña Ana nació una hija, que se registra como María Magdalena de Estupiñán de Figueroa y Ribera, manteniéndose con los apellidos paternos la línea descendente directa de doña Catalina de Zurita y Suárez de Figueroa-Moscoso, suegra de don Pedro de Estopiñán y Virués, con lo que son cinco las generaciones de ambas familias andaluzas -Estopiñán y Figueroa-- que se han ido transmitiendo el legado entre Europa y las Américas. La biznieta, pues, de Pedro de Estopiñán y Virués, nace en Lima en 1583, y crece en un entorno mucho más amable y estable que el que les tocó vivir a sus progenitores, pues la prosperidad se va asentando en esos años en la capital del virreinato, cuando Lima acaba por convertirse en paradigma del lujo y la grandeza Imperial que, desde España, rige los destinos del orbe. María Magdalena se casa muy joven, con poco más de doce años, con don Juan de la Cueva y Villavicencio, que contaba treinta años de edad -hijo de don Pedro Camacho Spínola de Villavicencio y de la Cueva, otro ilustre hidalgo jerezano, caballero de la Orden de Santiago y regente de la Vicaría de Nápoles--. La boda se celebra en la catedral de Lima el 27 de octubre de 1595, concentrando alrededor del enlace a buena parte de las más destacadas estirpes castellano-andaluzas, por cuanto la novia arrastra líneas destacadísimas, que entronca con las no menos encumbradas de su esposo que, aparte los vínculos familiares citados, habría que reseñar que es biznieto paterno del I duque de Alburquerque y de doña Catalina Cabeza de Vaca y Bernalte, con lo cual es fácil de apreciar que los propios contrayentes están emparentados entre sí. Don Juan de la Cueva, el flamante yerno del extinto don Lorenzo de Figueroa y Estupiñán -había fallecido en Trujillo (Perú), un mes antes de los esponsales de su hija-, fue un personaje destacado en las crónicas del Perú del siglo XVII, ostentando diversos cargos administrativos -fue alcalde de Lima en 1608 y 1616, por designación, y, de nuevo, en 1626, esta vez por elección--. Y la abundante descendencia del matrimonio De la Cueva-Estupiñán, dio origen al entroncamiento posterior, por matrimonio, con familias locales tan preeminentes como De la Presa, Carrillo de Albornoz, condes de Montemar y Monteblanco, así como las madrileñas de San Carlos, de Sessa o Soma.

Pero no sólo es esta rama de la familia Estupiñán la que se hace presente en América, pues hay constancia de que Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca, hijo primogénito de Pedro de Estopiñán y Virués, pasa al Perú en 1565, acompañado de su hijo, también de nombre Pedro y nacido en 1535, al parecer fuera del matrimonio, si bien siempre ostentó el apellido paterno. Es a éste, nieto homónimo del Contador Mayor, al que se le localiza en 1591 como administrador de las propiedades que su primo-hermano, Lorenzo de Figueroa y Estupiñán, poseía en Tarma, como ya vimos anteriormente, aunque su rastro se difumina, no sin dar lugar a una copiosa descendencia que lleva actualmente en América Latina el apellido Estupiñán.

Por su parte, doña María Magdalena de Estupiñán y Ribera, la biznieta del conquistador de Melilla, falleció en Lima el 7 de marzo de 1653, a la avanzada edad de setenta años, y está sepultada en la capilla de San Juan el Bautista (antes de Santa Ana) de la catedral de Lima, la misma capilla en la que está enterrado su abuelo Nicolás de Ribera el Viejo, primer alcalde de la ciudad --no lejos de donde reposan los restos del conquistador Francisco Pizarro--, aunque en su féretro figura como María Magdalena de la Cueva y Villavicencio, probablemente al acabar convirtiéndose en cabeza de la 

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familia de su esposo a la muerte de éste. Sea como fuere, es la descendencia de don Pedro de Estopiñán y Virués la que, a través de una biznieta y de un nieto, hace que se perpetúe la estirpe en el Perú y el resto de América Latina; una estirpe que ha llegado hasta nuestros días al seguir transmitiendo el apellido de aquel patricio jerezano que, en la noche del 17 de septiembre de 1497, con apenas treinta y dos años, comandó la impecable operación nocturna que culminó con la toma de la vieja fortaleza de Melilla para la casa ducal de Medina Sidonia y la corona castellana.

 

Mi más profundo agradecimiento a mi amigo y pariente Jaime Velando Prieto, historiador y genealogista peruano, quien me ha proporcionado la base bibliográfica principal que da forma a este artículo

 

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