La etnia y la ética

2 comentarios Con ojos de allá - 03/10/2017 - 4:46 PM

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¿Recuerdan ustedes aquellos viejos programas de radio en los que se dedicaban canciones a petición de los oyentes? Pues, más o menos, eso es lo que me sucede desde hace una semana con mis próximos, familiares o amigos, que, desde su ubicación americana, insisten en conseguir que les explique algo sobre la situación que se vive en España.

Entiendo que les pique la curiosidad, y que necesiten información para poder hacerse una composición de lugar sobre el fenómeno; aunque, para empezar, es necesario decir que explicar lo inexplicable resulta ardua tarea.

O quizá no tanto, porque, si se desmenuza el pastel, es posible lograr identificar la mayoría de sus ingredientes.

Confieso que, en mi caso, y a pesar de mi origen norteafricano, se han dado circunstancias que me han hecho conocer desde dentro la situación. En primer lugar, porque la mitad de mi vida la he pasado en la España de la dictadura franquista; en segundo porque, debido a varias circunstancias, he residido en Cataluña más de seis años, precisamente a caballo de aquella transición que nos hizo pasar, de menores de edad en el terreno sociopolítico, a tiernos infantes en un ambiente democrático. Por último, mi dedicación a escribir sobre Historia me ha obligado a profundizar intelectualmente mucho más en esa experiencia previa, que podría ser unívoca, a pesar de lo enriquecedora.

Y podría comenzar con: todo empezó cuando...

Pero no, porque eso supondría dar inicio a una especie de tratado con el que pretendiera demostrar cuánto sé sobre la materia, o cuánto he sido capaz de encontrar en Wikipedia -que son muchos, últimamente, los que prefieren ese único recurso para engordar sus parlamentos y escritos--. De manera que me voy a limitar a hablar sobre lo que, en síntesis, he podido aprender para mejor vivir, o vivir para mejor saber.

Llegué a Cataluña en 1975, en plena efervescencia del barrunto que situaba a Franco a las puertas de la muerte, dejando un resquicio a la esperanza de un próximo cambio político que, sin embargo, encontraba un primer obstáculo en el continuismo de los afectos al régimen. Eran años oscuros todavía, sí, pero, a los veinte años, sobra claridad para iluminar la cueva más lóbrega. De manera que, a mí, todo aquel rollo del asunto catalán me la traía al pairo, y más cuando pude comprobar que uno de los motivos que ahora se esgrimen como disparador del sentir catalanista era más falso que un dólar de madera.

Porque, amigos, en Cataluña -concretamente en la provincia de Lérida-- se hablaba el catalán como idioma de comunicación habitual; se escribía en catalán, se cantaba en catalán y se bailaba la sardana a todas horas.

Dos años después, me tocó mudarme a Gerona, provincia de más raigambre catalana si cabe, donde estuve residiendo durante cinco años. Y lo mismo; a mi alrededor todo era catalán sin apuro alguno, tanto que, poco a poco, tuve la inmensa fortuna de convivir y manejarme en aquella lengua con bastante comodidad, así como frecuentar amistades genuinamente catalanas, con algunas de las cuales todavía me une una estrecha relación.

Claro que, a fuer de sincero, yo siempre fui un extraño, un extranjero, pero esa circunstancia no me incomodaba más allá de la rigidez de las normas que, a varios años del deceso del Caudillo, seguían imperando. Todavía el ojo vigilante del sistema escrutaba los encajes de la sociedad, moderando tendencias que pudieran parecer excesivas, ya fuera en el ámbito de la convivencia, de la sexualidad y no digamos de la política, donde reunirse más de cuatro personas todavía se consideraba un conato de sedición.

De manera que, cuando se reivindican prohibiciones de entonces, parece obviarse que, en ese sentido, no se podía encontrar impedimento alguno, salvo el peso del Buen Orden y la censura implantados hacía cuarenta años por el sistema político imperante.

¡Pero es que ese sistema represivo y vigilante de las buenas costumbres -en realidad lo que ocultaba era un miedo atroz a desandar el camino hacia antes de la guerra civil-- existía en toda España!, y no sólo en Cataluña como quieren hacernos creer.

Y este detalle viene a ilustrar uno de los muchos que forman parte del desbarajuste español actual. Porque, si algo resulta notorio es la capacidad de los catalanes para encontrar motivos por los que sentirse agredidos, atacados y perseguidos; y se da el caso de que, en una Democracia, el victimismo es un valor en alza que no se debe desaprovechar, y así asistimos a sorprendentes manifestaciones de tristeza étnica cuando oímos al vicepresidente de la Generalidad, Oriol Junqueras, dolerse con la voz quebrada, o al futbolista Piqué enjugarse las lágrimas al hacer votos por el dret a decidir -por m{as que uno no prescinda de su pasaporte español, y el otro siga figurando en la alineación de la Selección española de fútbol.

Esas lágrimas y esa pose de agredidos son el mismo maquillaje con el que se ha logrado disfrazar la acción contundente de los Cuerpos de Seguridad del Estado, enfrentados a la desagradable misión de impedir el voto por orden judicial, frente a la hostilidad de una masa adoctrinada y jaleada por quienes más deberían haber hecho por mantenerla en calma, es decir, los políticos catalanes, directores de lo que no es más que un golpe de estado encubierto, del que quieren culpar a la actitud fascista -permítanme que me ría-- del gobierno de España.

Pero, al fin y al cabo, todo esto no es más que la cáscara de un fruto que se pudrió hace mucho tiempo, como suele ocurrir cuando algo viscoso se conserva cerrado, aislado y sin que le dé el sol. Algo repugnante, pero muy necesario cuando la pulpa del fruto es la masa pegajosa y maloliente donde anida la xenofobia más trepidante.

Alguno, al llegar aquí, preferirá no seguir leyendo -y no hablo de furibundos nacionalistas catalanes, sino de esos españoles en general que prefieren no llamar a las cosas por su nombre, o les gusta fingir que viven en un mundo perfecto donde reina la concordia y la ilusión en el porvenir--. Pero da igual, yo voy a continuar con lo mío, y allá penas de quien no desee alterarse.

Porque los nacionalistas catalanes podrán hablar de persecuciones, de censuras, de desigualdad económica o de lo que sea; toda esa panoplia armada por el independentismo para justificar sus anhelos y para ganarse al resto de los españoles biempensantes y conciliadores cuando, en realidad, lo que subyace en ese corazón podrido de la fruta es el ejercicio de una inconfesable intolerancia racista, acomodada en el lecho mullido del nacionalismo radical.

Todavía en los años ochenta, en Cataluña -y he sido testigo directo de ello--, cuando alguien comentaba que la nena se había echado novio, la pregunta inmediata, de ceja enarcada, era si el noi és castellà o català, en un claro ejemplo de cerrazón pueblerina que, alentada por la dinámica de una neurosis, acaba trascendiendo a casi todos los ámbitos de la vida.

Váyanse ustedes a cualquier lugar de España -excepto las Vascongadas, claro--, y pregunten a la gente de dónde se siente. La inmensa mayoría de los casi cincuenta millones dirá que de donde está. En Murcia, murcianos; en Madrid, madrileños; en Burgos, burgaleses; en Salamanca, salmantinos, todos castellanos; en Sevilla, andaluces; en Galicia, gallegos y, en Asturias, asturianos. En cambio, si a las mismas personas les preguntas por su origen, verás que las posibilidades se tornan infinitas, puesto que, a poco que se remonten a los abuelos, ya aparecen lugares de lo más variado, lo cual no impide que un extremeño de origen considere como un igual al leonés cuyos padres se mudaron cincuenta años antes, y, por supuesto, no le va a exigir que se exprese con acento genuino ni que exteriorice su adhesión a la causa extremeña.

En cambio, para ser considerado catalán, catalán, de verdad, por un nacionalista, deberías tener al menos un apellido de origen, colgar la estelada en el balcón, rotular tu tienda en lengua catalana y ser devoto del señor Puigdemont; porque, si no es así, serás considerado un catalán tibio, a medias, de estirpe bastarda y dudosa afección al régimen.

Es decir, que basan la pertenencia en el origen étnico, reforzado por la mayor impregnación cultural que se ha podido organizar; si no, la desconfianza será uno de los rasgos con que el independentista va a tratarte, ante el temor a que tu simiente extranjera y tu modo de pensar abierto pueda anidar y multiplicarse en el ADN catalán.

Y esto, amigos, sólo tiene un nombre: xenofobia.

Mas no hay que dejarse engañar con la imagen que pretenden y consiguen dar de comunidad abierta, solidaria -solidaria, ja, ja-- y cosmopolita. Igual que la vocación de plañideras lloriqueantes, es sólo una puesta en escena que suelen culminar con gestos de mimo y bienvenida al negro o al musulmán norteafricano, a quienes utilizan como muñecos con que adornar, de cara a la galería, su pretendida vocación de acogida.

Cuando, tras la Constitución de 1978, la vacilante clase política pergeñó el Estado de las Autonomías, se podía haber ahorrado quince de las diecisiete, ya que estaba claro que el ropaje autonómico acabó repartiéndose a todos los actores por aquello de no hacer demasiado evidente el hecho diferencial que marcaba a vascos y a catalanes.

¿Fue cobardía? ¿Embarullar el panorama pretendía camuflar las prebendas que se iban a conceder a los nacionalistas más recalcitrantes?

Quién sabe; pero entonces, hace ahora cuarenta años, se sentaron las bases de una permisividad hacia los nacionalismos que, en lugar de moderar a la bestia, la ha ayudado a crecer, facilitando el adoctrinamiento ideológico en escuelas y universidades; bombardeando a la ciudadanía desde cadenas de televisión autonómicas con un claro guion excluyente.

Tal vez, de haber concedido el régimen autonómico a las llamadas -mal--Comunidades Históricas, hubiera acabado por poner en evidencia su cutre aislamiento, la coraza absurda con que, en el siglo XXI, protegen los nacionalistas vascos y catalanes su enorme, desmesurado complejo de inferioridad.

No hace tanto ya, el inefable José Luis Rodríguez Zapatero quiso congraciarse aún más con el catalanismo, y acordó con Artur Mas una serie de acuerdos de enorme ventaja económica. Años después, ya con Mariano Rajoy en la presidencia, el mismo Mas pidió más de lo mismo, y la negativa del presidente del gobierno español desató el furor de quien no tuvo reparos en azuzar la galopada que acabó el domingo, 1 de octubre. Es decir, abrió la espita de los sentimientos racistas para obtener una ventaja económica que no le dieron.

Hay quien dice que toda esta estrategia apresurada hacia la independencia está más que acelerada por la futura revelación oficial de las cuentas que radican en Andorra, cuentas milmillonarias depositadas durante décadas de expolio de los políticos catalanes.

Pudiera ser.

Pero a mí no me queda otro remedio que esperar y ver en qué deviene una situación que debería haberse cortado de raíz hace mucho, en lugar de esperar a que se desinflara el globo por sí solo -ahí está el error del gobierno español--. Porque al atraso oscurantista de un nacionalismo étnico no le queda otra que crecer para justificarse, como hemos podido comprobar.

Y no pararán hasta conseguir aparecer ante los ojos del mundo como una pobre cultura sojuzgada, vilipendiada y vapuleada por las fuerzas del orden. Ése es su objetivo, y harán todo lo posible por alcanzarlo.

Como en el caso de las Vascongadas, Cultura, lengua, Historia, identidad, han cumplido a la perfección para construir el escudo que oculta un etnicismo cerrado, descarnado y totalmente desprovisto de la mínima ética que se exige a quienes quieren llamarse demócratas.

2 comentarios

Bun dia Sevreriano; tu artículo muy bien escrito e hilvanado como siempre. Hace 11 meses que vivo en Barcelona; me vine aquí en vez de a Madrid o León, porque mis hijas vivían y viven aquí. Ellas aman Cataluña y yo también. Me gusta su arquitectura, su solidaridad con otros pueblos (siempre lejanos) y su responsabilidad. Yo vine huyendo de un país a punto de estallar y tuve 11 meses de luna de miel. Desde el domingo la situación ha cambiado. Cada poro de mi piel exuda miedo cuando estoy en la calle y aunqu siempre he sido comunicativa, hasta en exceso, con la gente a mi alredor en el metro, autobús o en cualquier situación, hoy no me atrevo a hacerlo porque no sé que sucederá si oyen mi acento.

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