Kate y Matthew

Sin comentarios Con ojos de allá - 02/09/2017 - 6:32 PM

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¡Qué maravilla la manifestación de Barcelona!, ¿verdad?

Medio millón de personas hermanadas y gritando al unísono que... Bueno, en realidad no es que el hermanamiento fuese unánime, pero todos expresaban la misma idea de... Tampoco, tampoco, porque allí se oyó de todo; aunque, si le vemos el lado bueno, es de celebrar que, al menos, el jefe del Estado fuese reconocido como el elemento que más pasiones desató, a favor y en contra, todo hay que decirlo; y eso, en una ciudad que pretende capitalizar el despego absoluto hacia un Estado al que califica de opresor, tiene un incuestionable valor.

Otra cosa es lo que acabó reflejando la sociedad catalana, como tal, y de cara a la inmensa galería que atendía, expectante, a sus televisores. Pero, por otro lado, es necesario poner en valor la oportunidad brindada al respetable de poder atisbar las miserias que, durante el día a día, se pueden ocultar tras velos de discursos políticos o en programas de televisión que no sean originados por TV3.

Pero lo que en verdad me ha movido a escribir esto es que, ayer -por el miércoles--, me reuní con dos amigos de Boston que andan gastando sus vacaciones y que acaban de llegar de Europa, más concretamente de España y, para colmo, de Barcelona, donde han sido testigos, durante diez días, de las protestas de la CUP contra turistas y, como remate, de la manifestación del sábado.

Después del lógico intercambio de saludos y parabienes, abordaron inevitablemente el asunto. Ella, que se llama Kate, fue la que primero agarró el toro por los cuernos, para comentar que: "nunca pensamos que, verdaderamente, los españoles podrían ser tan intolerantes" -Kate empleó la palabra really, que yo omito por parecerme demasiado monárquica su traducción--. Y aquí se me planteó un primer dilema: porque, de responder que "sí, que lo somos" -intolerantes-- no iba a ofrecer una imagen demasiado acorde con la realidad; pero, si respondía negativamente, me vería obligado a matizar que, en el caso al que ellos se referían, "los intolerantes son los catalanes independentistas", y que en eso se diferencian mucho del resto de los españoles, lo cual vendría a casi justificar la brecha del hecho diferencial, haciéndole un favor a las tesis separatistas.

Así que me tragué el sapo y asentí: "sí, es cierto que somos unos intolerantes", tuve que responder, aportando mi granito de arena a la unidad de España, incluso aceptando como nuestra la parte de irracionalidad que nos toca.

"Además, mienten, eso está claro", apostilló Matthew -así se llama él--, razonando sobre que, de ser el español un estado opresor, como insistían los vociferantes en la manifestación, ninguno de ellos hubiera tenido la menor ocasión de lanzar sus gritos contra el Rey, el Estado y el gobierno de España.

Tan comprometidos les vi con su papel de testigos de primera mano, me dije que, por supuesto, había que aprovechar la ocasión de poder seguir obteniendo información de testigos tan privilegiados, que, a la vez, eran mentes en nada involucradas en la maraña en que se ha convertido el Procés.

Su óptica me ha resultado tan refrescante, aséptica y, por supuesto, objetiva --por lo que tiene de desinteresada--, que decidimos continuar la velada en mi casa y, así, aprovechar su Jetlag en beneficio de todos.

Y fue mirando las imágenes, en pantalla de la computadora, que Matthew señaló: "mira, mira, ahí estábamos, ahí, en esa esquina de la plaza de Cataluña..., esperando, como todos, oír lemas en contra del DAESH, o ver pancartas en las que se condenara de forma explícita el terrorismo islamista."

"No había ninguna -dijo Kate--, o, al menos, yo no la vi, cuando debería haber sido el  motivo principal, y no el que verdaderamente -otra vez empleó "really"--se pudo ver a lo largo del recorrido".

¿Sabéis qué me recuerda esa actitud?, les dije, sin poder evitar sonreír, a esas fotos antiguas de bodas de pueblo, donde la chiquillería aprovecha y se pone delante de los novios para hacer gestos a la cámara.

No sé si me entendieron, porque ninguno aclaró si esas cosas ocurrían, u ocurrieron, allá en los Estados Unidos; pero fue Kate la que tomó la palabra, y en el tono de sus palabras creí ver a la doctora en sociología por la universidad de Yale que es:

"Para ser sinceros, deberíamos entenderles..., a los catalanes me refiero -comenzó--. Son una minoría, exactamente de algo más de siete millones...

"Más o menos la población del estado de Washington, que es algo diminuto allá, en el Noroeste de USA -puntualizó su marido, y Kate siguió.

"Pues eso, una minoría dentro de un Estado de casi cincuenta millones de habitantes, con una lengua que solo es hablada por ellos, y que nadie más en el Mundo entiende, y con una Historia que se han inventado y que sólo ellos se creen... Querámoslo o no, eso debe pesar, y marcar mucho, especialmente si cultivan la arrogancia del que se sabe marginal y no quiere parecerlo".

Yo seguía pensando en la foto de pueblo, con los zagales chupando cámara y haciendo muecas, mientras los novios e invitados, sonrientes, toleran la travesura.

"Era todo muy surrealista, como corresponde a la patria de Dalí, ¿no?", opinó Matthew, que, a la sazón, estudió Economía en Harvard y la remató con un máster en Quebec y otro posgrado, o lo que fuera, en la de Alcalá de Henares, que fue el motivo de que nos conociéramos. "Nosotros, los espectadores, entre los que habíamos muchos extranjeros, esperábamos ver alusiones u homenajes a los turistas fallecidos, señas de solidaridad con las demás nacionalidades agredidas, no sé..., pero, en cambio, sólo oímos gritos por la paz, muchos, insultos al gobierno y al rey, también, y una exhibición fuera de contexto de todas esas banderas naciona... ¿listas? -iba a acabar--, como si una bandera desconocida y la propia paz fuesen armas contundentes para oponerse al terror que nos ataca a los occidentales".

Sí, eso es cierto, les tuve que dar la razón, porque no hay nada más inerme que la paz. Porque llamar arma al periodo de tiempo que transcurre entre dos guerras, me parece, como poco, temerario. Pero es ahí donde se refleja mejor el talante grotescamente extravagante de los empecinados: negar hasta la realidad con tal de pasar por inventores de algo que, verdaderamente, carece de consistencia. Y así llevan años, ¿eh?, no os vayáis a creer que esto es de ahora, no...

"Claro que se lo pusieron fácil -dijo Matthew--, el hecho de que compareciera el propio gobierno junto al jefe del Estado creó unas expectativas idóneas para patalear a placer."

"Con la diferencia de que ellos, el Rey y el gobierno, estaban allá cumpliendo con su obligación -razonó Kate--, y los otros aprovecharon para, a nuestros ojos, y los de otros cientos de espectadores foráneos, hacer el ridículo más absoluto".

Bueno, pude decir, cuando apagamos la pantalla y nos servimos un trago que suavizara nuestras gargantas parlanchinas, pues eso, incluyendo a los patanes de las banderitas, los cánticos por la paz y la armonía de los astros, eso es España, el conjunto más heterogéneo de grandezas y miserias que puede darse sobre la faz de la tierra.

Kate es pelirroja, y tiene unos ojos achinados que parapeta tras el brillo de los vidrios sin montura de sus gafas, de manera que uno nunca sabe cuándo bromea y cuándo no. Los fijó en mí y negó una vez con la cabeza.

"Pathetic. It was all very, very pathetic" acabó diciendo, antes de que cambiáramos de tema.

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