Tiempo libre

Sin comentarios Con ojos de allá - 04/08/2017 - 11:27 PM

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Dicen que, cuando Cronos se jubiló -antes de tiempo, según las malas lenguas--, el Tiempo lanzó un grito largo y poderoso, se alzó sobre todas las cosas, incluido el Olimpo -convertido desde hacía mucho en poco más que un divino geriátrico--, y miró hacia abajo para pronunciar una frase triunfal:

--¡¡¡Por fin soy libre!!!

El eco de tamaño berrido duró mucho tiempo, tanto como quiso, que, al fin y al cabo, esa era su facultad principal. Pero, todavía antes de que se apagaran del todo las repetidas -ibre, ibre, ibre...--, su autor se puso a hacer de las suyas, saliéndose por la tangente y despendolándose en el más claro ejercicio de la facultad acabada de alcanzar. Sucedió así que, todo lo que antes funcionaba de un modo regular, perdió el ritmo igualador, y los humanos comenzaron a preguntarse por qué lo bueno duraban tan poco y lo malo se alargaba tanto; por qué el descanso semanal era un destello de asueto y no se veía el fin a la jornada laboral. Los niños vieron cómo se hacía eterna la víspera de la llegada de los Reyes Magos, en tanto que los condenados a muerte sentían que la noche previa a le ejecución se convertía en un suspiro.

El Tiempo, mientras tanto, se reía, e inventaba uno y mil dislates a costa de hacer lo que realmente le venía en gana, alargándose o acortándose según su capricho. En las tierras cálidas, los veranos se alargaron, aumentando el suplicio, y, en los parajes fríos, el invierno se hizo tan extenso que incluso llegó a matizar la luz del sol, lo que causó grandes estragos, porque los humanos, desconcertados, no sabían qué hacer ni a qué atenerse. De pronto, había cosas que duraban una eternidad, como las esperas de los partos o las colas en el mercado, y otras se volvieron fugaces, como los orgasmos o la pasión amorosa. El Tiempo se alió con la Prisa y con el Tedio, y entre los tres lograron atormentar al hombre hasta tal punto que éste comprendió que tenía que hacer algo para remediar tanto desatino, y trató de poner manos a la obra para rebelarse y oponerse a tamaño desatino.

Pero el Tiempo y sus aliados estaban preparados para combatirlo.

La Antigüedad le echó una mano para que la clepsidra -un primer intento de medir loe espacios temporales-- se perdiera en los dobladillos de la cultura griega; la Ignorancia colaboró para que los exactísimos cálculos de los babilonios permanecieran enmascarados en la noche de los tiempos y el Fundamentalismo les apoyó, para que las nuevas culturas religiosas abominaran de los orígenes de tanta precisión.

La Gravedad, esa desconocida tan celosa de su intimidad, se opuso al principio al Tiempo y sus acólitos, ayudando a la clepsidra y propiciando la aparición del reloj de arena; pero la Inconstancia prefirió unir sus destinos al Tiempo y su pandilla, y los olvidos humanos se volvieron frecuentes cuando las personas encargadas de girar el artefacto sufrían los ataques del Tedio y la Pereza, una prima de éste que vino de Oriente al enterarse de que el Tiempo regalaba libertad de acción a troche y moche.

Cuando, mucho más tarde, apareció el cronómetro, cundió la alarma en las alturas olimpíacas. El hombre era capaz de controlar el Tiempo, de observar cómo se movía, y eso les puso muy nerviosos. Cronos convocó una reunión urgente y, después de unas primeras vacilaciones, se llegó a la conclusión de que la salvación estaba en una hija que la Pereza había tenido de sus relaciones con su primo el Tedio: la Pobreza.

De esta forma, sólo los muy ricos podían tener acceso a un codiciado reloj, y como los ricos suelen ser fácil pasto de los aliados del Tiempo, tampoco tenían demasiadas ocasiones de pasarse por el salón de casa para echar una ojeada a la máquina; y los pobres, trabajando en el campo, tampoco podían seguir el ritmo del Tiempo por medio del reloj comunal que solía campar en las fachadas de los Ayuntamientos de los pueblos, o en algunas iglesias.

El hombre propuso, entonces, repetir las divisiones más importantes por medio de toques de campanas, y pareció que, en principio, era buena la idea de los pensantes del clero; pero el Tiempo, socarrón y sonriente, contrató a una nueva empleada, la Distancia, con lo que apareció el desfase entre lo que tardaba en llegar hasta los sitios lejanos el tañido de los carrillones.

Los humanos se encontraron, de nuevo, solos con su único aliado incondicional, el Ingenio, que tampoco era tan eficaz puesto que sólo trabajaba cuando le asignaban un compañero de carne y hueso especialmente capacitado.

Pero, aun así, se pudo mermar el desvarío del Tiempo en su ejercicio exclusivo de la libertad. Porque, poco a poco, apretando los dientes y sufriendo las dentelladas de la inconstancia de su enemigo, la Sociedad, un consorcio formado por todos los que se resistían, fue evolucionando con las enseñanzas del Ingenio, y el matrimonio de aquélla con el Desarrollo --a pesar de que la Sociedad era una anciana, supo aprovecharse de que no se podía contar con el Tiempo y fue capaz de seducir al más joven-- concibió una niña llamada Modernidad.

Las filas de la resistencia fueron nutriéndose, y el Tiempo vio amenazada su libertad; además, el Tedio se cansaba de trabajar, y la Prisa tenía tantas cosas que hacer que, en realidad, sólo la Ignorancia y el Fundamentalismo no descansaban, pero no era suficiente.

Con terror, el Tiempo y sus aliados se dieron cuenta de que todo el mundo tenía relojes; más o menos caros, más o menos precisos; pero igual de eficaces para poner en entredicho el libre albedrío de la alianza.

Se necesitaba un elemento nuevo, una líder nato e imaginativo, capaz de tornar la moneda y devolver la libertad a su dueño, el Tiempo. Éste convocó un concurso-oposición al que podrían optar todo el que quisiera conseguir un puesto en la alianza; siglos y milenios serían el sueldo, y la consideración de salvador de la Libertad.

Se presentaron muchos candidatos; el examen fue duro; la Indolencia, una hermana pequeña de la Pereza, se inscribió la primera, seguida de algunos veteranos como la Ignorancia e incluso la Antigüedad; la Adversidad concursó también, y la Enfermedad -acompañada de su equipo asesor de epidemias, sepsias y poluciones--, la Guerra, el Desastre y la Inconsciencia sacaron muy buena nota, y contribuyeron a darle publicidad al concurso. La Naturaleza, a pesar de haber sido siempre neutral, se vio obligada a concurrir también, porque necesitaba con urgencia los milenios y las eras para poder seguir existiendo... Pero, al final, el único puesto fue para un recién llegado del que apenas nadie sabía nada, salvo por referencias muy antiguas: el Ocio.

El Tiempo pudo respirar tranquilo; por fin había alguien con capacidad suficiente para darle la vuelta a la tortilla y seguir desconcertando al personal. El Ocio era un joven ejecutivo, de buen ver, capaz de cumplir sus objetivos implacablemente y, a la vez, dar una imagen beneficiosa que no despertaba recelos en ningún ser humano.

Le dejaron las puertas abiertas, y el entró una a una en todas las casas; las empresas y los comercios tuvieron que dejarle el paso franco, para no indisponerse con los empleados, con la clientela y con los sindicatos. El Ocio se multiplicó, se disfrazaba de persona culta cuando convenía, o adoptaba una forma plana con un lado de cristal en el que podía reflejar las imágenes que más atontaran a los espectadores. Usaba las mejores marcas de equipaciones deportivas, regalaba cámaras de vídeo para fomentar la alienación y organizó un consorcio de líneas aéreas, agencias y hoteles que tiraron con fuerza de los ciudadanos necesitados de cosas nuevas que grabar con sus aparatos reproductores.

Incluso llegó a desarticular un complot interno, urdido por la Pereza, que se creía en el deber legítimo de poder matar el tiempo cuando no tenía otra cosa absurda que hacer.

Y el Tiempo, asombrado, seguía las idas y venidas de su nuevo protegido que, cuando ya empezaba a considerar que todo estaba atado y bien atado, fue a ver a su jefe para comunicarle que habían vencido.

--A los humanos ya no les sirven sus relojes, padre Tiempo: se les hace eterna la espera de sus días festivos y sus vacaciones, y éstas, por más largas que sean, pasan como un rayo sin que apenas se den cuenta o tengan tiempo de mirar el reloj. Has ganado al fin; el trabajo se hace insoportablemente largo, como las agonías antes de morir, y las horas de asueto, aunque no cesan de aumentarlas, siguen pareciéndoles efímeras.

--Gracias, Ocio, nunca podré agradecerte... --empezó a decir el Tiempo, pero su empleado le interrumpió, porque, como buen asesor de imagen que también era, no había dejado de observar que a su patrono le estaba haciendo falta un cambio de imagen.

--Queda una última cosa.

--Di, habla -le dijo el Tiempo, impaciente.

--Deberías cambiarte el nombre, sólo así tendríamos posibilidades de asegurarnos eternamente el éxito.

--¿Mi nombre? No, ni hablar, ni soñarlo.

--Bueno, entonces -rectificó el Ocio, hábil subordinado capaz de conseguir cualquier cosa de su jefe--, sólo una modificación, un añadido.

--¿Un añadido? -frunció el ceño el Tiempo, considerando que, como los reyes y emperadores, no sería malo llevar uno o más nombres--. Eso no estaría mal, ¿qué propones?

--A partir de ahora, tanto tus amigos como tus enemigos te conocerán por una nueva identidad, incluso te confundirán conmigo a veces; pero no te preocupes, eso no es malo.

--¿Cuál, dime cuál es? -dijo el Tiempo, sin caer en la cuenta que lo que deseaba el Ocio era poder suplantarle, firmar como él y hacerse con todo el poder.

A partir de aquel golpe de estado, el Ocio decidiría qué haría o qué no podría hacer el Tiempo.

--Desde ahora mismo, te llamarás Tiempo Libre, y todos te querrán.

Y llegó a aplaudir el viejo Tiempo, sin caer en la cuenta de que, a partir de entonces, ya nunca sería el único dueño de su amada libertad.

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