La canción triste de Europa

Sin comentarios Con ojos de allá - 18/08/2017 - 5:45 PM

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Puede que muchos piensen que no es el momento, que la rabia es mala consejera y ciega al que la experimenta; pero no, no es la rabia, ni mucho menos, lo que motiva que crea estar oyendo una canción triste, muy triste, dedicada a Europa, sino el razonamiento que es producto de una larga experiencia en manejar situaciones similares.

Bueno, eso y, también, que jamás he pretendido que mis escritos puedan ser catalogados en ningún sentido como correctos, ni política, ni ideológica, ni religiosa ni socialmente.

Y aunque ello puede ser calificado negativamente de muchas maneras, al menos tiene una única virtud, y es la sinceridad, cosa que no puede arrogarse el usuario de lo correcto, quien, en la mayoría de los casos, pretende obtener un resultado -beneficioso para él--de todo cuanto manifiesta, sin importarle un rábano que, para contentar a la audiencia, esté diciendo más mentiras que un adolescente pillado en falta.

Pero así es la cosa, así vivimos, y así nos gusta que se comporten quienes nos rodean y, sobre todo, quienes nos gobiernan. Si nos fijamos en el alud de declaraciones con que los dirigentes políticos tratan de manifestar su repulsa a los recientes atentados de Barcelona, entenderemos mejor la naturaleza de lo políticamente correcto.

Porque, ¿qué se quiere dar a entender con eso? Solo faltaría que no fuese así, que al líder no le repeliera la fechoría; pero, ¿qué significa, qué valor tiene mostrar repulsa hacia un atentado? ¿En qué va a evitar que se produzca el siguiente?

En nada.

Es más, yo imagino a los autores, o a los afines, regodeándose ante la imagen de tanta persona afectada expresando una firmeza balbuceante, de tanta expresión desconsolada tipo Ada Colau, para poder reafirmarse en el éxito de haber puesto en brete a toda una sociedad con el único costo de que sus líderes manifiesten su repulsa y atinen a armar alguna que otra frase más o menos original o que resulte ingeniosa, como la que oigo repetidamente aludiendo a que "la Democracia vencerá al terror".

La pregunta que surge es, ¿y cómo lo va a hacer?

De momento, el terror tiene como único objetivo asomar su rostro fanático sobre los demócratas que se sienten seguros por el solo hecho de serlo; y, como saben ellos -los lunáticos atentadores--, proclamando teorías y grandilocuencias democráticas no se consigue parar ni uno solo de los ataques previstos.

Porque, para hacerlo eficazmente, la Democracia debe empezar por negarse a sí misma, dejar de reconocer derechos a la masa, puesto que el futuro terrorista anda moviéndose dentro de ella, y es así como siempre consigue el éxito, camuflándose de ciudadano blindado por los derechos democráticos, hasta que decide quitarse la careta, subirse a un furgón y aprovechar la feria del barrio para llevarse por delante a quienes, hasta hacía horas, le protegían, le camuflaban como uno de ellos.

No hay dispositivos ni armas disponibles capaces de impedir ninguno de estos actos violentos; es imposible protegerse a priori, por mucho nivel 4 y mucha tabarra en los aeropuertos; y fíjense si es así que, hoy día, medimos la eficacia de las Fuerzas de Seguridad atendiendo a la rapidez con que identifican o detienen a los autores, es decir, que demuestran una eficacia intachable, pero a posteriori.

Y es que, como ya he apuntado, no hay herramientas; mejor dicho, sí que las hay, pero son herramientas que un demócrata jamás consentiría en tolerar su uso. Solo hay que imaginarse si acaso el ejecutivo decide elevar el rango de la alerta hasta el nivel 5, las campañas que se desatarían cuando las calles de nuestras ciudades -Barcelona incluida--se llenaran de uniformes militares, y los soldados, armados y con mirada desconfiada, prestasen atención a los viandantes por si acaso alguno de ellos...

Eso puede ser en Francia o Gran Bretaña, pero aquí, ¿en España...?

Si en aquella Feria de la Enseñanza, la actual alcaldesa de Barcelona manifestó su desagrado al ver uniformes militares en el pabellón en el que Defensa mostraba sus ofertas académicas, imagínense la cara que se le pondría a la buena señora cuando, cual Guardia de Corps, dos legionarios le franquearan el paso cada día al entrar por la puerta de la alcaldía. Los taconazos del saludo, reglamentario a una autoridad como ella, le resonarían como el tambor de un cadalso.

Y así no se puede.

Bien cierto es que ellos tampoco van a ganar, porque el terrorismo ni se plantea una victoria, puesto que carece de una doctrina que no sea otra que reventar la buena convivencia de la que se goza en toda Europa. Eso es lo que no toleran; bueno, eso y que es el sitio más fácil sobre el que atentar -no veo a un yihadista planeando poner una bomba en Corea del Norte, y mucho menos en Cuba, donde pocas posibilidades tendría--.

Es Europa el objetivo; porque allí acogen a todo lo que les viene y hasta lo festejan; porque las Fuerzas de Seguridad son respetuosas y porque, golpeando a Europa, se consigue borrar durante unos días esa sonrisa de suficiencia y de buen vivir del que hacen gala los europeos.

Es el objetivo ideal.

No importa que nunca venzan; en realidad, cada vez que unas horas de pánico y preocupación enturbian el plácido y opulento discurrir de la vida europea, es una victoria para ese enemigo sin otro fin que demostrar su agresiva ideología, porque las zarandajas esas de "Unir a los musulmanes del Mundo y establecer un Nuevo Orden Mundial, por medio de la Yihad" (Al Qaeda dixit) o "Unir todos los países mayoritariamente islámicos en un solo país mediante un Califato, por medio de la Yihad" (DAESH dixit) no se las creen ni ellos mismos, que hay que darse cuenta de la manía perniciosa y enfermiza de querer dominar el orbe a base de bombazo y libro sagrado.

Saben que no pueden ganar; pero, mientras tanto, y como diría una buena amiga mía, ahogan su frustración y disfrutan jodiendo al personal.

Aunque también es cierto que la Democracia podrá resistir, pero no vencer, como repiten incansablemente quienes no pueden o no quieren hablar claro. La Democracia aguantará los golpes, porque son dispersos, porque nunca producen más que, como mucho, centenares de víctimas que habrán sido olvidadas apenas en medio año, y, si acaso sufre más, es en el dolor de ver cómo, durante unas horas o un día, los salvajes logran reproducir las infernales condiciones en las que viven las otras tres cuartas partes del planeta.

Acabarán agotándose, a los terroristas me refiero; pero vendrán otros que ocuparán su lugar. Puede que sean más ineficaces, o terriblemente certeros, pero habrá que dejarles llegar y asentarse en cualquier barrio de París, Bruselas, Londres o Madrid, donde comenzarán su labor de conjurar la maldad para atacar a aquellos que les acogen.

Esa es Europa, y lo saben.

No hay más que mirar la larga lista de organizaciones terroristas que se han ido sucediendo en el ranking del más certero en causar daño. Cualquiera de nosotros podría nombrar no menos de media docena. Pero, comenzando por el IRA, con ETA, las FARC, los Montoneros o Sendero Luminoso, todas estas organizaciones tenían unos objetivos claros a alcanzar; unos objetivos manejables, reales y palpables. Pero ahora no, ahora el terrorista de Hermanos Musulmanes, Hamás, Al-Qaeda o DAESH ha abjurado de la razón política y la ha sustituido por la menos tangible de la creencia religiosa, y con un objetivo tan inalcanzable que, si no fuese por los muertos, produciría risa.

Este siglo será el testigo de una revolución, pues, cuando Europa tenga que acostumbrase a sufrir atentados aleatorios y esperadamente inesperados, cuando, como en otros lugares se ha aprendido a convivir con tornados, ciclones, inundaciones o terremotos, los europeos aprendan que, a pesar de niveles de alerta, bolardos y rayos X aeroportuarios, la amenaza planeará sobre las cabezas de los señalados. El atentado terrorista se convertirá en una causa más de muerte, como el infarto, el cáncer o la carretera asesina, y hasta es posible que, con el tiempo, nos vayamos insensibilizando lo bastante como para que la primera preocupación siga siendo el paro o la corrupción política.

Se acabará prohibiendo del todo las corridas de toros, los circos y los zoos, pero nadie organizará marchas para reclamar por medidas acertadas en política antiterrorista, porque eso obligaría a dejar en la cuneta parte de la propia identidad europea. Ni siquiera sabiendo que endurecer las leyes ahorraría mucha sangre de inocentes, Europa soportaría que la tacharan de intransigente o intolerante; porque, si se diera a las Fuerzas de Seguridad la libertad adecuada para actuar a priori, y a los políticos la venia de legislar eficazmente para defenderse de la amenaza, el europeo se sentiría incómodo, se sentiría mal consigo mismo y pensaría que está renegando de su vocación progresista, multicultural y pacífica.

Solo hay que calcular si el costo en víctimas merece el regodeo de ser unos tipos cojonudos.

De momento, parece que sí, y por eso lo que queda, el arma más eficaz con que cuenta Europa para hacer frente a la barbarie es la habitual: rostros serios, minutos de silencio, velas y lazos de este o de aquel color, sin olvidar el "somos todos" precedido por la localidad atacada.

Es por eso que la canción de Europa suena triste, porque no se avizora la más mínima posibilidad de que se pueda actuar con eficacia. Porque, en su concepto de Mundo Feliz, aún no ha asumido que las personas normales no pueden convivir con bestias dotadas de la inteligencia justa para hacer el mal.

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