El gran Spoiler

Sin comentarios Con ojos de allá - 25/08/2017 - 2:08 PM

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Así le dicen a lo que siempre se ha llamado reventar un final, aunque reconozcamos que queda mucho más cool y, también, tremendamente estúpido.

El origen de la palabrita es inglés, y significa igualmente descomponer, arruinar, desbaratar, y de hecho aparece en la tecnología de la mano de la aeronáutica para definir unas superficies de control en las alas de un aeroplano que, al activarse, deshacen el flujo del aire, lo entorpecen, y ayudan a frenar durante el aterrizaje, de donde ha pasado incluso a los automóviles, generalmente deportivos o de altas prestaciones, donde funcionan de la misma manera.

Lo curioso del caso es que el término español correspondiente es destripe -en el diccionario de la RAE desde hace dos siglos--, y se refiere exactamente a lo que ahora emplea el vulgo como Spoiler, pero referido al hecho de adelantar la trama de una historia y arruinar el final para quien no la conoce.

Sin embargo, quiero aprovechar para confesarles a ustedes que soy un devoto del destripe, y no como agente activo, sino como supuesto sufridor del spoileador. Jamás, ni siquiera cuando era niño, o especialmente entonces, me ha importado que alguien me contara la peli que yo iba a ver el sábado siguiente; es más, lo agradecía, y lo sigo haciendo, porque ello me permite dos cosas: la primera es saber si me va a gustar; un final absurdo o una trama boba que me ahorro al no ir. La segunda es que, si el spoiler me agrada, la ilusión por ver el producto me va a durar durante los días que faltan para que pueda acceder a la proyección, o leer el contenido del texto.

Por eso quizá me gusta tanto releer, o ver incontables veces una película que me gusta, por más que conozca de antemano todos los detalles.

Y creo que es mucho más natural que el concepto de sorpresa que a todos parece encantar, y que yo acepto en cuanto a que no deseo mostrarme arisco con quienes las regalan.

¿Qué diría un niño si, al inicio de la Navidad, sus padres le dicen que no saben qué les van a traer los Reyes Magos? ¿Y qué diría un adulto si, al ir a pagar el paquete turístico, en la agencia le dijeran que no saben cuál va a ser el destino, y añadieran un sonriente ¡sorpresa!, al entregarles el sobrecito con los pasajes?

La sorpresa no es natural, ni lógica; y, por mi parte, es una de las cosas que más detesto -salvo a los ideólogos apasionados que solo aceptan su visión de las cosas--. Y ahí creo que es donde radica mi amor al spoiler: lo que sea, antes que rendirme a la sorpresa inesperada.

Recuerdo una historia que ocurrió hace algo más de una década a una pareja de enamorados canadienses que vivían  cada uno a un lado del Mundo. Ella seguía en Canadá, y él,  por circunstancias laborales, residía en Australia -nada menos--. Y, al llegar la Navidad, cada cual decide darle una sorpresa al otro, viajando sin avisar. El resultado fue que el día de Navidad, ella llegaba a Sidney, y él tomaba tierra en Ottawa, felices al pensar en la sorpresita, e ignorantes del intercambio. Lo peor del asunto es que ambos aviones hicieron escala en Alemania, y los dos coincidieron en el aeropuerto de Frankfurt, sin verse siquiera, como era de esperar.

Supongo que ninguno de los dos ha olvidado esas Navidades, y la amarga experiencia de andar preparando encuentros secretos, por más que nuestra cultura eleve la Sorpresa a un rango tan elevado.

Pero hay un Spoiler que, lamentablemente, nunca se puede llevar a cabo, y es prever el cuándo y el cómo va a ser el final de muestra propia existencia -sí pueden conocerla terceras personas: el médico que no te cuenta que vas a palmar de cáncer, o el asesino que espera poder acertarte en plena cabeza con su fusil de largo alcance--, y ninguno, o al menos el último, va a tener la deferencia de avisarte.

¿Se imaginan cómo cambiaría todo, nuestra percepción de la vida, y la forma de vivirla, si conociésemos la fecha de nuestro final?

Sin duda, sería una ventaja incuestionable, por más que la mayoría insista en que prefiere no saberlo. Pero, ¿cómo descartar el beneficio de qué hacer con tu vida según el tiempo asignado a la misma? ¿Cómo cambiaríamos nuestros objetivos si supiéramos que nos quedan tres meses, tres años o tres décadas?

Ya digo que, cuantas veces he sacado el asunto en conversaciones o tertulias, la inmensa mayoría prefiere no saber si esa noche va a ser la última, o si aún le quedan decenas de años en los que seguir lidiando con su existencia.

Para empezar, de poderse saber cuándo nos llegará el fin, para quienes les quedara poco se acabarían todas esas zarandajas de "el día de mañana", "labrarte un futuro" y cosas parecidas. No habría que hipotecar la adolescencia y la juventud en aras de una adultez a la que no se habrá de llegar. Ni contratar un plan de pensiones que te asegure una jubilación que no vas a tener.

La liberación sería enorme, para todos.

Al que tenga asignada una larga vida no le quedará más remedio que mirar por su futuro, y prepararse; pero, al que se la señalaran corta, podría dedicarse a vivirla sin otro objetivo que disfrutar al máximo.

Habría casos terribles, es cierto, como el del chiquillo muerto en las Ramblas, o el del pequeño sirio ahogado en una playa de Turquía. Y no menos terrible sería para los hijos saber que van a quedarse sin padres por este o aquel motivo. Pero, ¿no es mucho peor sufrir la incertidumbre de que algo horrible puede ocurrirte en cualquier momento? ¿Cómo sabemos que alguien cercano y querido no va a sucumbir en el próximo atentado yihadista, en el próximo accidente de carretera, en el estrepitoso accidente de aviación por venir...?

Siempre tuve claro que no me gustaron las sorpresas. Cuando niño, al descubrir a los ocho años que los Reyes Magos eran mis padres al verles colocar los regalos mientras creían que dormía, una sensación de alivio me inundó por completo, al poder tener la certeza de que esos Reyes desconocidos nunca iban a equivocarse de dirección, y siempre traerían lo que yo deseaba y no estaba seguro de haberlo reflejado bien en aquellas cartas ilusionadas que nunca sabías si llegaban a los destinatarios o no.

Y no solo es por tener que enfrentar lo imprevisto, sino por el hecho de poder disfrutar a priori durante el tiempo previo a la llegada de lo deseado. Siempre preferí el sábado al domingo, porque vivía la ilusión de un mañana festivo y sin obligaciones; siempre disfruté la semana anterior al evento esperado, día a día, hora a hora, cosa que no ocurre con la dichosa fiesta sorpresa y, sobre todo, me gusta disfrutar del proceso de escribir, de los apuntes previos, del tumulto interior mientras toma forma el escrito, ya que, cuando pones la palabra "Fin", todo acabó, y es necesario comenzar de nuevo.

No llego a entender, pues, la negación de ser dueños de nuestro destino, y poder conocer -ya que no remediar seguramente--cuál va a ser la vida que nos regalaron, o nos impusieron, el día que nuestros progenitores decidieron que teníamos que existir. Sería un gran Spoiler, es cierto, el destripe de nuestra existencia, pero, al menos, se acabaría la incertidumbre, por ejemplo, de aquellos a los que una deficiente salud provoca una muerte temprana, o el capricho de un bestia descerebrado señala como próxima víctima. Y no menos saludable sería saber que, a pesar de los riesgos, te queda tanta vida como para tenerte que preocupar por cómo vas a poderla vivir.

Cierto es que sería el fin del sistema -se acabarían muchos proyectos futuros, muchos planes de ahorro para pensiones y mucho esfuerzo de los herederos, que sabrían  punto por punto cuándo iban a poder recibir los bienes del deudo fallecido.

Así que empiezo a pensar que, en realidad, más que miedo a conocer el futuro de cada cual, lo que preocupa al personal -y al sistema-- es que, algunos afortunados, se salieran de madre y vivieran derrochando a manos llenas los últimos cinco años que les quedan por vivir.

Esos serían, sin duda, los grandes beneficiados del gran Spoiler de la vida.

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