Frente al espejo

Sin comentarios Con ojos de allá - 03/07/2017 - 11:15 AM

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Si encontrara una falda que me viniera bien..., mira que es difícil; sobre todo si no quiero ir demasiado emperifollada, porque esta Nati... Seguro que no se le escapa una, como siempre, tan espabilada.

Y no será por ropa, ¡Dios mío!, qué despilfarro, tengo el armario lleno y no hay nada que me guste, nada que me quede..., aparente para ir con ese trío de brujas. La burdeos es imposible metérmela, y eso que sólo llevo mes y medio sin ir al gimnasio...

Claro que tampoco estoy tan mal, ya quisieran algunas, con mi edad... Si no fuera por esto de aquí, y esto de aquí; pero, los años son los años, Amalia, te pongas como te pongas; tres hijos para adelante y, cuando el tiempo pasa sin más, todavía, pero cuando una ha vivido lo que ha vivido...

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Estas arrugas de los ojos me delatan.., ¡será posible que me siga dando vergüenza mirarme directamente a los ojos en el espejo...!, como cuando tenía quince años, ésa sí que era una edad bonita... 

No, definitivamente, no puedo disimular las apreturas de la burdeos, ni siquiera poniéndome algo sueltecito por fuera. Trapos voy a hacer con ella, que no sé por qué me empeño en guardarla, sabiendo que nunca volveré a estar como cuando después de tener a Luis, o mejor se la doy a alguien, porque una falda recta siempre es una falda recta, y la moda da igual...

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¡Y una mierda los quince son una edad bonita!, Dios mío, cuánta inseguridad, cuánto miedo ilusionado, cuántas cortapisas, regañinas de mamá, castigos de papá y humillaciones en el instituto, como cuando aquel chico me empezó a mandar cartas a escondidas y, cuando mis amigas le descubrieron, con lo feíllo que era el pobre, menuda liaron. Tres meses duró la broma a costa de aquel pobre y de mí; y todavía alguna se sonríe cuando hablamos de aquellos años y, seguro, se acuerdan del asunto, la Nati la primera, qué caramba, que mucha amiga y, después, me saca el pellejo a tiras, que lo sé.

La de lunares podría ir bien, me da un aire de cuarentona liberada que me gusta, la de los lunares pequeños, porque la otra, la de los grandes, me queda un poco merdellona, que no sé cómo estuve para comprarla... A lo mejor, con la blusa blanca de satén y... ¡Buf!, qué va, me está como casi siempre, un poco apretada de caderas, pero como tiene ese corte y esa caída, ¡mira que es bonita la condenada...! Pero de cintura, no, ni hablar, la chicha que me sobresale por arriba está pidiendo una talla más, y tampoco hace tanto que me la compré, porque hace ahora..., ¡anda que yo estoy buena haciendo cálculos!, fue para la feria de hace cinco temporadas, y yo me creo que fue ayer.

Todavía era una recién cuarentona, y acababa de estrenar este pandero por el que algunos hombres berrean por lo bajo, que lo sé yo, que no se me escapa una, y hasta la Nati no puede disimular la envidia cuando nos dicen borderías, porque ella sabe que es por mí, porque ella ha sido siempre bien estrechita de caderas, y, de culo, nada de nada...

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Ya nos pasaba a los dieciocho, todavía dándole que te pego al Preu; nos comprábamos la misma ropa, o casi, ¡anda que la ocurrencia!, y ella siempre tenía que llevársela a aquella señora que cosía, para que le metiera a base de bien. A mí, en cambio, mi padre me ponía verde porque decía que no eran maneras de señorita llevar tan ajustadas las prendas de cintura para abajo. Por arriba, en cambio, sí que se podía llevar aquellos sujetadores puntiagudos que parecían a punto de atravesar los jerséis finos de hilo; menos mal que ya podíamos comprarnos los más modernos, sin copas y...

¡Digo, la jodida!, si ya lo sabía yo, la de los lunares grandes me está que ni pintada, clavada, como siempre que la otra me quedaba justa. Y es que el embarazo de Marta me dejó unas medidas..., ¡una mesa camilla parecía!.. Bueno, no tanto, porque ahora me mantengo más o menos y ésta es mi talla. Pero no puedo, la otra si encaja bien con esta temporada y esta moda, pero esos pedazos de lunares me quedan como a un Cristo dos pistolas.

Si la llamábamos culo-carpeta, ¡ay, Dios mío!, cómo he podido olvidarlo: Nati la culo-carpeta, ésa era ella. Claro que, si le pregunto ahora, es capaz de poner esa cara de bruja que tanto le sale últimamente, y negarlo todo, menuda es...

Le vino bien en los Setenta, que empezaron a llevarse las campeonas de natación: nada por delante, nada por detrás, decían los chicos en broma, pero, después, al elegir pareja de baile, se iban a por ellas, a por las más melindres, porque se parecían a las actrices de moda, claro. En cambio, para darse el restregón estábamos nosotras, las más tradicionales, las que teníamos formas y empaque de hembras.

Y no sé si fue eso lo que hizo que Víctor se fijara en mí, porque a él siempre le han gustado las hechuras así..., un poco de sobras; aunque él decía que eran mis ojos, y lo sigue diciendo, el muy cabrón.

Mis ojos..., ¡míralos!, pierde la vergüenza y mírate a los ojos, Amalia... Y pensar que todavía no sé de qué color son, porque, según se los mire, parecen castaños o verdes, incluso alguna vez grises, como el abuelo, según decía mamá. A lo mejor son de un color especial nunca visto, y yo sin saberlo. Claro, como no me he dejado mirar a fondo..., porque, desde que apareció Víctor, ni a sostener otra mirada que no fuera la suya me atrevía.

¡Fiel hasta la muerte, decente hasta el cansancio...! ¡Tonta del culo!

Mis ojos..., ¡mi culo era lo que le volvía loco!; bueno, el mío y el de todas, que siempre tuvo predilección por las grupas de cualquiera que pasara a menos de diez metros. Bien que le gustaba manosearme cuando nos apretábamos en la discoteca, sin caer en la cuenta de que los espejos me dejaban ver cómo sus ojos se regodeaban en las demás que estaban a tiro. 

Pero eso me llegaba a gustar, porque Víctor, mi Víctor, era muy hombre y, en una época en la que se llevaban los niños flojos, de pelambrera y gestos casi amariconados, el pelado a navaja y las patillas a lo legionario le daban una imagen de macho que acababa por llamar la atención de cualquiera...

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Si tuviera algo que ponerme por encima, un blusón o una chaqueta de hilo que me tapara la mitad de estos pedazos de lunares..., claro que, si tuviera una prenda así, también podría meterme la otra con calzador, que no se iba a notar. Y el caso es que alguna de las otras tiene algo parecido, no sé si Mercedes o Luisa, pero, claro, no voy a pedirles que me la presten para aparecer luego en la misma reunión, seguro que sale el tema y la dueña deja caer que la prenda es suya; que todas son iguales, y han aprendido a base de bien de la Nati. Lo malo de llevar la de lunares pequeños es que voy a estar incómoda toda la tarde, sentada y con tanta apretura...

Muy macho, sí, muy peleón, tanto que tuve que darle pasaporte antes de que la cosa llegara a mayores, porque dispuesto a todo sí que estaba, que llegaba a cansar aquello de tener que pararle los pies, cada tarde-noche, cuando la despedida en el portal se convertía en un cuerpo a cuerpo en el que, casi siempre, se llevaba alguna tajada.

No, decididamente, no, esta falda es una horterada, y no sé por qué no la tiro ahora mismo, ¡ay!, esta manía de guardar cosas es herencia de mi madre, lo mismo que la media docena de complejos que me amargaban la vida de joven... A ver si me acuerdo y se la doy a Trini, seguro que le hace unas fiestas..., la pobre, que con lo que le pago apenas si puede sacar adelante a los niños, y eso que no paro de decirle que se decida y mande a hacer puñetas al vago de su marido, pero como el muy cabrón se ha regostado a vivir a costa de su sueldo... Eso no es un marido, es un quiste maligno que tiene que operarse cuanto antes, pero ella dice que, como hay crisis, y además está tan enamorada...

Nunca me abrí de piernas, no entonces, en aquel portal y frente a Víctor, y, si me paro a pensarlo, todavía no sé por qué me negué. Era como una especie de rivalidad, de lucha, un yo gano que ninguno de los dos tenía muy claro. Aunque..., bueno, claro sí que lo teníamos, él llegar hasta el final, y yo hacerme la estrecha, para que no dijeran luego...

Por eso, cuando apareció Eduardo, tan correcto, tan educado, tan decente y tan suavemente atractivo, vi el cielo abierto, y Víctor pasó a segundo plano; porque lo que es salir de mi vida, nunca, "ni muerto", decía él, macho iluso, seguro y prepotente.

¿Y por qué no me pongo pantalones?

Marta dice que es la prenda que mejor me queda, que me hace las piernas largas y que, con ellos puestos, le recuerdo a Diane Keaton, ¡ja!, menuda se pondría ésa si tuviera que lidiar con mis pistoleras, o con estos pelos que..., no sé cómo no he caído en pasarme por la peluquería, Dios mío, qué cruz, el día menos pensado me lo corto como un chaval...

Como cuando conocí a Eduardo.

La verdad es que yo tenía que haber sospechado algo, no era normal tanta corrección, claro que, entonces, lo achacaba a la edad, porque, a los veintipocos, diez años se notan mucho, y sí, tal vez fue eso lo que más me atraía de él, su seguridad, su escasa estridencia; todo le parecía bien, era condescendiente con aquella alocada novia suya que era yo, con veintidós años recién cumpliditos, y, de meterme mano, lo justo: el tonteo en el cine, los besos a la luz de la luna, la despedida correcta en el rellano de casa, que para eso había hablado ya con mi padre, y hasta en sus llamadas telefónicas se notaba la digna comprensión del chico maduro que consiente las bobadas de una veinteañera. Es cierto que yo, a veces, echaba de menos los manoseos en lo oscuro del portal, dos pisos más abajo; pero una, aunque inmadura, ya tenía claras las conveniencias que mamá, la abuela y todo el que encartara se habían propuesto inculcarme desde que intuyeron los pezones debajo de las camisetas de mis doce años. 

Éste está un poco echado a perder, le han salido bolillas en el fondillo, y el color no me gusta para un día como hoy; a lo mejor el gris...

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Las muy brujas de mis amigas me contaron que Víctor se emborrachó a base de bien el día de mi boda con Eduardo, y eso me encantó, aunque me dejara después un ligero regustillo a remordimiento. Y todo comenzó a pasar como Eduardo y yo queríamos; el viaje de novios fue perfecto, no como ahora, con tanto overbooking y esas masificaciones a cualquier sitio que vas. Lisboa nos vino de perillas para acabar de comprobar que el otro era el que había parecido ser..., si hasta los fados le quedaban a Edu como la música de fondo de una película que él protagonizara. Lisboa y Estoril, y después Santiago y San Sebastián, y una que se quedaba prendada de cuántos sitios preciosos conocía mi marido, ¡mi marido! Era para gritar de alegría, aunque no supiese exactamente el porqué.

¡Joder...!, si no fuese por las pistoleras, éste me quedaba que ni pintado, pero..., a ver el azul marino..., puede quedarme de escándalo con la blusa, y como me voy a poner la cazadora de cuero, porque es posible que de noche refresque un poco, mientras estemos dentro, me quedo en mangas de camisa y no paso calor...

Calor a la vuelta de la luna de miel, que no sé cómo se nos ocurrió casarnos en julio, pero sólo con ver la cara de mamá, y no menos la de papá, se notaba que había acertado eligiendo marido. Todos estaban prendados de él, y era lógico, un buen hombre; un muchacho que promete, con un sueldo fijo y buenas perspectivas de ascenso...

La verdad es que el trabajo en el banco le venía que ni a la medida, no como a mí la dichosa falda de lunares. ¡Uf!, caray, como pica el condenado pantalón..., ¡claro!, como que es de paño, y todavía no estamos tan metidos en el invierno...

Mírate, Amalia, ahí te tienes, en bragas y sujetador, abierta de piernas y con las manos en las caderas, sin saber qué puñetas ponerte desde hace un cuarto de hora, un fiel reflejo de tu trayectoria como persona responsable, con iniciativa y sin complejos... Parece mentira que todavía me queden esos flecos de inseguridad, cuando todo el mundo me tiene por lo contrario. Amalia, la emancipada, la liberal y liberada, el prototipo de mujer perfecta, el modelo a imitar...

Quizá en parte fue Víctor el hacedor de mi fama posterior, no por su propia voluntad, sino por esas cosas de la vida que le ponen a uno donde el otro necesita que esté. Porque, cuando apareció de repente, a los dos años de matrimonio y con Martita ya en el mundo, eso que los médicos llaman corazón, y que se supone que está en el medio de una, se puso a hacer ruidos y a llamar la atención. Seguía con su corte de pelo a navaja, aunque con algunas canitas, y las patillas largas habían desaparecido, pero seguía teniendo la misma pinta de tío sano y la misma mirada de sinvergüenza que nos ponía a todas las piernas flojas unos años atrás...

Unos años atrás no tenía yo estos problemas con la ropa, entre otras cosas porque todavía no me había hecho el firme propósito de renunciar a la compra sistemática de prendas cada temporada. Eso sí, ropa interior nunca me ha faltado, ni me falta, y de la buena, de la cara, sobre todo desde que empezó a apuntarse la posibilidad de que Víctor y yo...

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¡La falda azul!, ¿cómo no he caído antes?

¿Y estas arrugas? ¡Vaya por Dios!, con las pocas ganas que tengo ahora de plancha...

Hay que reconocer que el Víctor de después no tenía nada que ver con el que yo había conocido, hasta su trabajo de bombero me resultaba atractivo y le ayudaba a seducirme cada vez, porque fue un continuo ir y venir del deseo y el rechazo, de enamorarme y detestarlo, pura pasión sin freno y sin las cargas y dobleces del matrimonio.

Fue Nati, en cierto modo, la que me empujó un poco cuando me contó aquello de que Eduardo, en una fiesta, le había hecho algún tipo de proposición subida de tono. Como el pobre nunca ha bebido quise deducir que lo había hecho con pleno dominio de sus facultades, y eso fue lo que acabó por arrojarme de lleno en brazos del bestia de Víctor.

Te va a planchar tu puñetera madre, ¡hala!, al armario de nuevo; yo tenía un conjunto de falda y rebeca que podría venir bien, pero, a saber si..., seguro que Marta se lo ha puesto hace poco y está en su armario, estas chicas modernas no desdeñan nada, con tal de ir originales son capaces de ponerse un pijama de su padre..., por aquí no está, no, ¡hay que ver, cuánta ropa he podido acumular!, y eso que, desde que abrí el taller...

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Y pensar que todos, ¡todos!, me aseguraron que aquello no tenía futuro, que dónde iba yo al hacerme cargo de semejante negocio, que una novedad así no podía rendir lo suficiente, que los talleres de reparación de coches eran sólo cosa de hombres, ¡ja!, menuda cara se les puso a todos cuando, al mes de inaugurado, Mecánica Venus se llevó a toda la clientela femenina de media ciudad. Salimos en la prensa, claro, y hasta la televisión emitió un reportaje en el que ponía de manifiesto las diferencias entre un taller normal y el mío, dedicado exclusivamente a clientes femeninos.

Traje de chaqueta, eso nunca falla, ¿pero cuál, el de falda o alguno de pantalón?

Mira que les he sacado rendimiento, eso sí es una buena inversión, porque caros sí que eran, pero me los habré puesto mil veces cada uno, sobre todo cuando empezaron las reuniones con los de la Asociación de Talleres Mecánicos, los muy listillos, anda que tardaron poco en darse cuenta de que les estaba haciendo pupa en la clientela. Todas las mujeres acababan por llevar sus coches a Mecánica Venus, y, aunque costó en un principio, luego era casi un juego seguir con nuestra línea de pulcritud, celeridad y garantía, seguida de la entrega de un manual donde figuran esas cosas que todos los hombres parecen saber y que, de ordinario, ignoramos las mujeres: cambiar una rueda, sólo es un truco; revisar los niveles, un pasatiempo; cambiar un fusible, un pequeño reto y, al final, resulta que somos capaces de hacerlo todo mucho mejor que ellos, que son todos unos manazas...

¡La leche con las faldas!, está claro que hoy no es mi día; de cintura me queda bien, pero estas arrugas que me hace debajo de la tripa no me favorecen, además de que la ponen respingona y parece más corta de lo que es, ¡fuera! A ver la otra.

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Lo que más le gustaba a las clientes era la decoración, nada de diagramas de bastidores o despiece de motores. El taller era, y es, un local agradable, bien iluminado y ventilado, con sus detalles de estética, sus cortinas y sus plantas bien colocadas; las chicas -mira que costó encontrar mujeres entendidas en mecánica-- van de punta en blanco, como debe ser, nada de monos de trabajo roñosos y, por supuesto, ni un póster de tías desnudas, sino fotos de bebés ampliadas y algún que otro papá de buen ver atendiendo a un rorro más vistoso que el de la Maicena.

¡Y querían los muy jetas asociarse! Claro, en cuanto echaron cuentas y vieron que más de la mitad de los conductores eran mujeres, y que, además, al ser más cuidadosas, no solían venir con averías graves, sino que el trabajo era siempre de cosas menudas, reposición de piezas simples, revisiones periódicas..., lo que más rinde, se dieron cuenta de que la mitad del mercado pasaba por mis manos.

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Eduardo estaba asombrado, y feliz; justo es reconocer que su banco ayudó, y mucho; pero en cuanto liquidamos la deuda y Mecánica Venus funcionó por sí sola, pudo comprobar que nos estábamos..., que me estaba forrando. Porque, eso sí, lo de las economías separadas lo tuvimos claro desde el principio, y no porque yo quisiera acapararlo todo, sino porque él no quiso arriesgarse con los gastos de mi hipotético fracaso.

A Víctor no le iba tan bien, y ese desdén por mi éxito comercial debió haberme alertado entonces; pero la euforia profesional me tenía cegada y encandilada en mi faceta amorosa. Nati dice que Eduardo ya se lo había olido, pero yo creo que el pobre asociaba mi despego conyugal con la dedicación a Venus, y como los años jugaron su papel desamortizador de pasiones, la cosa hasta llegaba a parecerle normal.

Esta falda sí me cae bien, qué suerte, y el marrón es de los que a mí me gusta combinar con el blanco... ¿Por qué tendré esta fijación de la blusa blanca? Mira que me está dando que hacer la jodida para encontrar algo que le vaya bien... La verdad es que lo tiene todo, clase, diseño y calidad, sí, creo que es la mejor elección, así que... ¡traje que te crió!

La primera vez que me pegó llegué hasta a creerme que tenía motivos, yo misma lo justificaba antes de decidirme a ver la realidad, y no me fue difícil justificarme con el taller. Pobre Eduardo, tan preocupado por el moretón en la cara e instándome a ser más cuidadosa con las herramientas con las que, se suponía, me había golpeado en el pómulo. Luego vino el embarazo de Luis, y aquello fue el no va más en imagen y marketing; hasta la tele vino de nuevo a hacer un reportaje, y me mostraron en todos los hogares dirigiendo mi empresa con un bombo de seis meses, pero manejándome con toda naturalidad entre coches averiados, herramientas pesadas o por entre las estanterías infinitas de los repuestos. Fue lo que le faltaba a Mecánica Venus, ni Hacienda pudo encontrar un fallo en la administración, y eso que me consta que algunos machos cabrones se empeñaron en desmontarme el negocio por detrás, sin dar la cara, hurgando en mis cuentas a la búsqueda de la ilegalidad que me estaba haciendo rica..., ¡si sólo con contar la lista de espera de clientes se hubieran dado cuenta de que no había trampa ni cartón!, sobre todo cuando, a partir del segundo año, comenzaron algunos hombres a traer sus coches también.

El moretón en el ojo fue más difícil de disimular, pero Eduardo calló; yo sigo pensando que la inquina del desgraciado de Víctor se hacía mayor cuanto más alto llegaba mi éxito profesional, y la Nati, que siempre anda husmeando por vaya usted a saber qué rincones, me aseguró que algunos compañeros y amigos habían empezado a referirse a él como el mantenido de la Venus.

No sé qué fue lo que me hizo volverme tan hacia adentro, revisar mi vida y replantearme mi condición de ser humano. Tendría gracia que fueran los golpes de ese animal los que me ayudaron a tomar el rumbo del que ahora estoy tan orgullosa..., y eso que costó, vaya si costó; porque no podía denunciarlo so pena descubrir lo nuestro, y no sólo era el deseo de ocultarle a Eduardo el lío con Víctor, sino que quería ahorrarle todo el sufrimiento posible..., y a costa de eso llegué a aguantar hasta tres palizas más.

Era una situación desquiciada; mi marido me respetaba, y mi amante me maltrataba...

Tiene narices cómo puede funcionar la mente de un hombre, llegó a decirme una vez que me pegaba cuando recordaba el día de mi boda y la cogorza que se pilló al verme salir de la iglesia del brazo de Eduardo, el muy hijo de puta casi llegaba a convencerme; menos mal que la Nati estaba al quite, y con la mala leche que tiene fue capaz de encontrar la solución...

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Fue una encerrona, pero bien sabe Dios que era la única solución. Cuando le planteé a Eduardo la separación se quedó de una pieza; pero yo entonces apenas si guardaba para él un respeto y una amistad que rayaba en la obsesión. Era un compañero de verdad, y eso quizá se lo ponía a él más difícil, porque dijo que sí a la primera, y, aunque la Nati insiste en que algo había, yo creo que el pobre siempre me fue fiel.

Pero el plan era el plan, y a mí también me costó lo mío cuando, ya libre y embarazada de Alicia, le mentí a Víctor diciéndole que era hija suya.

Reaccionó como se suponía que lo iba a hacer; un hombre cabal, de los que se visten por los pies, como a él le gustaba denominarse, no puede dejar desvalida a una mujer a la que le ha hecho una tripa..., el muy cabronazo. Anda que tardó la Nati en descubrir que había estado informándose de la liquidez del negocio antes de ofrecerme la posibilidad de pasar a gananciales nuestro régimen económico, como si yo me chupara el dedo.

Al mes del divorcio nos casamos, y a los quince días se agarró el cabreo del siglo cuando, de buenas maneras, lo puse en su sitio y le prohibí meter sus narices en el taller, donde ya entraba a sus anchas y con aires de jefe. La suerte es que esta vez no tenía que inventarme nada, y, con toda la Ley a mi favor, firmé la denuncia por maltrato cuando todavía me latía el dolor en la espalda de la patada que me arreó el muy animal.

¿Y por qué no me pongo lo de todos los días? Los vaqueros siempre dan bien con una cazadora..., y la blusa blanca, que ya me estoy empezando a hartar de ella. Además, si lo que quiero es ser yo misma, si he sido capaz de hacer caer en la trampa a un individuo como Víctor y meterlo en la cárcel, si me he convertido, contra todo pronóstico, en una de las empresarias más fuertes de esta ciudad y he sabido educar a mis hijos, y, sobre todo, a mis hijas, como creo que es lo correcto en el más interno de mis fueros, ¿por qué me voy a disfrazar ahora? ¿De verdad temo tanto a la opinión de esas brujas que tengo por amigas?

Si de todas formas van a tener la misma opinión de mí, me ponga lo que me ponga...

La suerte es que Eduardo lo entendió, no lo de mi artimaña para cargarme a Víctor legalmente, sino que fue capaz de aceptar que lo nuestro no era una relación de pareja normal, y así lo llevamos, como un par de viejos amigos que, de vez en cuando, se encuentran y quedan para cenar. Lo que más le costó fue entender que le mintiera en lo de la paternidad de Alicia, pero ya está convencido de que es cierto que él es, también, su padre. No hemos llegado a más nunca, y ya hace doce años que nos divorciamos, pero a mí que me da en la nariz que, todavía, él se sigue sintiendo un poco intimidado por mi fama de mujer independiente, sobre todo desde que es vox populi que suelo escoger con mucho tino a mis parejas de cama; y, en eso, él lo sabe, no puede sorprenderme nunca..., aunque no me importaría, de veras, probar de nuevo desde esta otra perspectiva de independencia.

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Mira que cuesta subirse la jodida cremallera..., ¡ya está!

¡Anda que no! Ante la duda, un buen tejano y adiós a las preocupaciones...

¡Si hasta me hace el culo respingón!

¡Dios mío, ¿las siete ya?!

No, si, al final, llego tarde, como si lo viera, y las otras pensando que me hago la interesante y la inaccesible, como me zampó en la cara la Nati el otro día... La blusa, clavada, y la cazadora..., no, mejor la americana de chevió.

Me meto los mocasines marrones, un par de cepillados al pelo y...

¡Mírate, Amalia!, a comerte el mundo si quieres.

¿La puerta? ¿Quién vendrá a esta hora...? ¡Ah, Marta, claro..., ¿o es Alicia?!

Las llaves, el móvil y el regalo sorpresa para Nati, sí, lo llevo todo.

Ni la una ni la otra, es Luis, que parece que le ha dado por estudiar en serio ahora.

--¡Sí cariño, estoy en el dormitorio, pero salgo en seguida!

Lo malo es que no encuentre aparcamiento a la primera, aunque con la moto sería más fácil, pero con tal de no tener que arrastrar el casco, prefiero gastarme la pasta en el parking de al lado.

--¡Hola, mi vida...! --cómo son los chicos, me saluda de lejos, desde el otro lado del pasillo. Menos mal que me ha tirado un beso; hace cinco años, no lo hubiera hecho, así que algo hemos ganado--. ¡Sí, voy a tomar café con mis amigas!

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Porque lo son, y poco que me ayudaron todas cuando las necesité, sobre todo el lince de la Nati que, como abogada y con la mala leche que tiene, es una joya.

--¿Qué? ¿Qué estoy muy guapa? --qué encanto de hijo--. Gracias, cielo. Seguramente no volveré tarde... ¿Sí...?, ¡ah, vale mi amor, yo también!

¡Claro que te quiero!, como jamás podrás hacerte una idea de lo que  te puede querer tu madre...

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