Se acabó la utopía

Sin comentarios Con ojos de allá - 12/06/2017 - 3:23 PM

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Sábado, 3 de junio de 2017, Londres.

Poco después de las diez de la noche, una furgoneta arroya a varias personas en el puente de Londres, hasta que queda detenida contra un poste. Los ocupantes la abandonan y, armados con cuchillos, se desplazan hacia un centro comercial cercano donde comienzan a apuñalar a los transeúntes.

Al margen de la tipología del atentado terrorista, que parece haberse vuelto el modus operandi preferido, hay otras características interesantes dignas de hacer notar.

Todavía en el puente, un taxista londinense que ve los primeros apuñalamientos, desvía su auto para tratar de embestir a uno de los agresores -con tan mala suerte que éste logra esquivar el atropello--. Más tarde, un viandante -español, por cierto--se abalanza sobre otro de los terroristas y le golpea con su monopatín para impedir que siga hiriendo a una mujer; en el interior de un restaurante, su propietario -también español, caray-- hace frente a uno de los agresores bloqueándole la puerta hasta que desiste de entrar; una mujer, igualmente, se enfrenta al terrorista y le impide entrar en la cafetería donde pensaba penetrar; otro hombre descarga una papelera sobre la cabeza de otro asaltante y lo derriba; otros ciudadanos la emprenden a botellazos contra los asesinos, y otros lanzan sillas..., hasta que la policía logra abatir certeramente a los tres individuos.

La reacción espontánea de algunos ciudadanos, pues, demuestra que una defensa decidida puede hacer milagros en casos como estos, y eso a pesar de que los terroristas iban equipados con artilugios que parecían cinturones explosivos. Claro que, si comparamos el número de quienes respondieron con valentía y la masa que solo acertó a huir despavorida, la desproporción es evidente, por más que sea lógico y esperado el segundo comportamiento.

Porque somos una sociedad que ha desterrado la violencia de su esquema mental, y cuando cualquier persona del montón se encuentra frente a una situación de violencia extrema como la protagonizada por los tres canallas de Londres, su reacción inmediata es no creer lo que está viendo antes de darse cuenta de que solo huyendo puede intentar salvarse.

En cambio, esos pocos -o muchos, según se mire--que enfrentaron el peligro, algunos con riesgo cierto para su vida, lo hicieron sin demasiadas cosas a su favor. La primera, que no iban armados más que con su intención de detener a los malvados -qué duda cabe que Ignacio Echevarría podría haber salido mejor librado de haber contado con algo más eficaz que un monopatín--; y, aun así, consiguieron su propósito en bastantes casos, si bien estoy seguro de que echaron de menos algún tipo de útil o herramienta con el que haber podido asestar un golpe definitivo que detuviera las ansias asesinas de esos tres malnacidos.

Huelga decir que, los que hayan sobrevivido a su enfrentamiento, procurarán la próxima vez paliar de algún modo su desesperante inermidad ante un trance tan inesperado. De ahí que no me cuesta imaginar que, ya que al parecer esto de los atentados no ha hecho más que empezar, empiecen a proliferar toda suerte de utensilios, fáciles de llevar encima, pero que, al menos, proporcionen algo más que el concurso de las manos desnudas a la hora de interceptar a un probable agresor.

Y no habrá modo de parar la tendencia. Muchos preferirán ignorar el peligro, muchísimos preferirán huir espantados la próxima vez; pero los que hayan sufrido la situación, y sean capaces de extraer la enseñanza de vida implícita, van a optar por dos cosas, o quedarse en casa, atrincherados, por no vivir algo así de nuevo, o salir a la calle con un sucedáneo de arma capaz de ayudarles si acaso se vuelve a dar una situación igual.

No resulta incómodo ir provisto de una pequeña cachiporra de madera --un minibate de béisbol--, un espray de pimienta o un "táser" -esas pequeñas petacas que, con una descarga de miles de voltios, inhiben cualquier mala intención--; todo eso está a la venta, y en muchos países es totalmente libre su tenencia y uso -salvo en los de mayor estupidez legislativa, claro--, y ya veo a Amazon ofertando nuevos bastones para selfies con punta aguzada en forma de lanza..., por si acaso.

Claro que nada de esto sirve si el individuo no tiene el equilibrio psicológico necesario para emplear un medio de defensa, cualquier medio de defensa, y pienso que es ahí donde radica la diferencia entre los que corrían en Londres, y los que hicieron frente a los canallas.

Porque vivimos en un mundo ficticio del que se ha procurado erradicar la violencia como parte del discurrir de la vida. En la escuela, en la universidad, en la calle, en la política, en el hogar... Nombrar la violencia es como nombrar al demonio colorado. Nuestros jóvenes solo entienden y gustan de la violencia en los videojuegos donde tienen que matar a cuantos más extraterrestres mejor, y, a veces, en el comportamiento de algunos padres durante los partidos de fútbol. Toda la sociedad que le rodea se empeña en desterrar totalmente cualquier gesto violento, cualquier tendencia a lo agresivo, ocultando la posibilidad siquiera de que un yihadista repleto de explosivo le pase cerca.

Se persigue el bullying para convertir los colegios en los remansos de paz que nunca han sido, y se prepara a los adolescentes para incorporarse como adultos a un mundo, idílico, ordenado y, sobre todo, pacífico..., donde, si a la salida de la discoteca hay un terrorista blandiendo un cuchillo, solo quede la opción de correr y, si te alcanza, morir con la esperanza de ser rápidamente identificado para que tus padres recuperen pronto tu cadáver.

Claro que siempre habrá quienes prefieran no ser ovejas y, en consecuencia, acaben armándose hasta los dientes antes de salir el sábado por la noche, aún a riesgo de que su propia familia los tache de salvajes.

Mejor sería ampliar la formación de defensa individual, y reglarla, de modo parecido a esas clases de técnicas que se imparten a las chicas para defenderse de las agresiones de los varones, solo que orientadas a salir bien parados en un enfrentamiento con un energúmeno encapuchado y armado con un cuchillo o una metralleta.

Todo se andará, lo veo venir. Se acabó el dulce y paradisíaco mundo con el que se ha estado engañando a nuestros menores, inculcándoles la mesura, las buenas formas, el respeto a los derechos y la tolerancia especialmente hacia quienes no la ejercen. A partir de ahora, y poco a poco -porque asumir una nueva realidad suele tardar--, habrá más madres que no se inquieten porque su hijo ha ido a un concierto multitudinario y le ha enseñado, antes de salir de casa, el puño de acero que lleva en el bolsillo del anorak.

Estos rasgos que pasarán a formar parte de la futura cultura occidental no los veremos los mayores; porque primero serán unos pocos, y pocos no hacen tradición; pero, ya que las policías y los gobiernos se muestran tan sobrepasados, y el terror no va a ser erradicado ni en cien años, nuestros descendientes llegarán a ver cómo, al salir de picnic el domingo, papá se ajusta al cinto el revólver del 44 que mamá le regaló el día de su aniversario de bodas..., por si las moscas.

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