Religiones de paz

Sin comentarios Con ojos de allá - 01/06/2017 - 3:55 PM

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Hasta la aparición del ser humano sobre la tierra, nada podía indicar alguna referencia a la existencia de dioses. Ningún paleontólogo ha hallado rastro alguno que sirva de evidencia en los cuatro mil quinientos millones de años que precedieron a la especie humana, y eso suponiendo que los primeros seres capaces de hablar tuvieran otra preocupación que defenderse de las fieras, alimentarse y procrear como conejos -salvo que usted, lector, mantenga la creencia en el mito de Adán y Eva, en cuyo caso, mejor no siga leyendo--. Porque, si bien hay evidencias de temprano culto a los muertos o intuición de una vida en el Más Allá, nada nos confirma que los primeros sapiens fueran temerosos de un dios, o de varios.

Tal vez por eso, los mitos sobre la Creación acortan tanto el periodo en que aparece el primer rasgo de vida -con las plantas--, hasta que los primeros seres humanos son capaces de diferenciar entre el bien y el mal. Algunas religiones, incluso, reducen tanto este proceso que, prácticamente, apenas pasan tres días durante los que no existía la capacidad de comunicarse verbalmente y, por lo tanto, nadie hablaba de Dios.

Tuvo que transcurrir una etapa larga --larguísima para lo que acostumbramos a vivir--, hasta que, hace alrededor de cinco mil años, el ser humano fue capaz de dejar constancia de su existencia a través de la escritura. Y, curiosamente, irrumpen en la escena histórica los primeros nombres de dioses.

Yo no sé ustedes, pero a mí, esa coincidencia, esa coetaneidad entre el hombre desarrollado y la aparición de las deidades me resulta altamente sospechosa; porque implica que no es el dios antes que el hombre, sino al revés, con la conclusión evidente que se puede extraer.

Los primeros dioses eran totémicos y muy locales -salvo en las creencias animistas que glorificaban elementos naturales, como el Sol, el Fuego o las Montañas--; la deidad no andaba vagando por el espacio etéreo, sino que residía donde se hallaba su efigie o su templo, hasta el punto en que si, como consecuencia de guerras o revoluciones, la imagen y su templo era destruidos, desaparecía el dios y su culto, dando fin incluso a la cultura asociada a ellos. Por eso la fijación de destruir los dioses ajenos, para precipitar la derrota total del enemigo.

Hubo que evolucionar algo más para que en el mundo helénico apareciera un politeísmo  más complejo, donde unos dioses tirando a cachondos o pervertidos -a veces ambas cosas a la vez--, representaran el ideario de vicios y virtudes humanas más abigarradas, y protagonizaran historias de lo más variopinto y divertido, donde las divinidades interactuaban con los humanos o se enzarzaban entre sí en vodeviles nada edificantes.

En otras zonas -y exceptuando a las religiones orientales, mucho más filosóficas y jamás involucradas en clase alguna de guerra o enfrentamientos ideológicos--, las deidades eran menos prosaicas y , en general, coexistían las diosas asociadas a las culturas agrícolas -que veneraban, sobre todo, la fertilidad de la tierra--, con los dioses machos de los pueblos ganaderos -una directa relación con su modo de vida, en el que un solo animal macho era capaz de asegurar la descendencia de todo un rebaño.

Y una prueba de que primaba el concepto sobre la identidad, es el distinto nombre que se daba a la misma deidad, según la zona en la que residía -Ishtar, Astarté, Tanit, femeninos, y Baal, Elohim o Melkart entre los masculinos--. Y en la rivalidad entre ellos se manifiesta la confrontación entre agricultores sedentarios y pastores nómadas.

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Pero aquello no podía seguir así.

Paralelamente, uno de esos dioses viriles y ganaderos, había ido tomando forma definida en los eriales de lo que ahora llamamos Oriente Medio, un dios aficionado a modelar figurillas de barro para darles vida, y a fabricar mujeres a partir de una costilla de varón. Un dios equívoco en principio, que incluso tiene una esposa, Aserah, hasta que, en las versiones posteriores corregidas se la divorcia, incluyéndola en el listado de los malos a quienes no había que adorar (Ex: 34-13).

Y es así como, hace alrededor de tres mil doscientos años, adquiere carta de naturaleza el monoteísmo, y se constituye sobre la figura del que conocemos como el Dios de Israel, Yahvé, y que entrega su primer código escrito a Moisés, encabezándolo con un primer Mandamiento que lo exige todo para sí mismo y que, textualmente, dice: "Amarás a tú dios sobre todas las cosas".

Objetivamente, es el ejemplo más evidente de una Ley dictatorial, parecida a la exigencia de cualquier estadista totalitario. ¿Se imaginan ustedes a Carles Puigdemont redactando el primer artículo de la Constitución para la pretendida y dudosa república catalana y comenzando con un "Estima al molt honorable president sobre totes les coses" (Amarás al honorable presidente sobre todas las cosas)...? La carcajada se oiría hasta en Raviravi -que es una diminuta islita del grupo de las Fidji, en medio del Pacífico Sur--. Aunque, en realidad, me imagino más a Moisés convirtiéndose en único interlocutor válido y exigiendo a los hebreos total sumisión al dios con el que solo él podía comunicarse. Salvando las distancias, algo parecido al ilustre Nicolás Maduro legislando sobre los venezolanos en el nombre del muy amado Hugo Chávez que está en los cielos.

La relación posterior con los conocidos "no matarás", "no codiciarás los bienes ajenos", "no desearás la mujer de tu prójimo...", están referidos exclusivamente al entorno del Pueblo Elegido, y es un buen ejemplo de la sabiduría de Moisés al conseguir -con ciertos altibajos--, domeñar los espíritus de sus seguidores poniendo orden en quienes, como seres humanos normales y corrientes, tendían a la gresca, a los excesos y al desorden.

Hace dos mil años, irrumpe en escena el Cristianismo, aunque interpretando a su modo y manera uno de los pilares sobre los que Jesús edificó el inmenso sistema filosófico cristiano: "Amarás al prójimo como a ti mismo", en un remedo simplificado de las enseñanzas de la Torá, lo que no impidió que la Cristiandad se enzarzara en guerras interminables donde poco importaba enviar al Paraíso a miles de creyentes de otras religiones.

Milenio y medio después, otro líder cercano encarga la redacción de un libro en el que aprovecha los éxitos de las dos religiones precedentes, ponderando la grandilocuencia, repitiendo máximas acertadas y, adaptando normas a la idiosincrasia particular de sus naturales, consigue poner orden en la espiritualidad de sus creyentes, por medio de reglas éticas y morales capaces de regular la convivencia difícil entre los fieles -de ahí que el saludo "AsSalam-u-aala-ikum" (La Paz con vosotros) suele estar restringido al uso entre creyentes.

Y las tres formas de Monoteísmo se refieren a sí mismas como Religiones de Paz.

No obstante, solo hace falta seguir ojeando la Historia para comprobar que, siempre aferrándose a la suprema Ley divina, el humano aprovecha la identidad que le otorga para hacer de las suyas, saliéndose por la tangente y apelando al mandato de dios para justificar los desmanes más abyectos.

Rememorando, la conquista de Canaán se hace a sangre y fuego --por deseo explícito de Yahveh, no lo olvidemos--, y el "no matarás" quedaba obviado cuando se trataba de gentes extrañas y ajenas a la entidad nacional regulada por el culto religioso al Único Dios, lo mismo que, al impartirse la Justicia, tampoco importaba mucho que algunos pecadores acabaran sus existencias miserables siendo lapidados tras sentencia eclesiástica del tribunal correspondiente, a pesar de la acertada prescripción judaica de "No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti".

Las Cruzadas de la Edad Media, esa solución político-económica a la crisis que sacudía Europa, y que se fueron sucediendo durante dos siglos, alistó tras el símbolo de la Cruz a cientos de miles de creyentes que, con pocas perspectivas de prosperar, vieron en la justa defensa de la Cristiandad el modo de salir de la miseria, conquistando nuevas tierras, obteniendo anhelados botines y, de paso, descabezando infieles y limpiando Tierra Santa del estorbo de sus habitantes judíos y mahometanos. Eso por no hablar de la Justicia Divina impartida por el Santo Oficio, la eficaz Inquisición que aseguraba la limpieza ideológica en los reinos cristianos.

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Resulta muy ilustrativa la anécdota ocurrida poco antes de la toma de la ciudadela de Beziers, en 1209, en la que vivían católicos y cátaros mezclados, y, a la pregunta del jefe del ejército francés sobre cómo distinguir a los herejes de los creyentes, el papa Inocencio III le responde: "Mátenlos a todos, que dios ya elegirá a los suyos". Más de siete mil personas fueron masacradas según el criterio del representante de dios en la tierra.

La expansión del Islam, que se inicia en el siglo VII, no duda en apoyarse en el poder de las armas para sojuzgar al enemigo extraño -siempre eran los extraños quienes podían ser dominados, antes de imponérseles la obligación de rendirse a la sumisión islámica--. Pero esa llama que nació en Arabia se mostraba más y más empujada a la expansión, toda vez que, si la guerra al infiel estaba justificada, en cuanto los vencidos abrazaban la religión, aparecía la necesidad de, para seguir conquistando, tener que avanzar siempre hacia territorios no habitados por musulmanes que, por esa misma condición, no podían ser enemigos. Por supuesto que hubo guerras entre creyentes islámicos, pero no pasaron de ser rencillas domésticas en comparación con la amplitud de la conquista allende Arabia, fervor expansivo que no se detiene hasta que, cien años después, en el 732, los francos ponen el freno en Poitiers a la marea que, en solo diez décadas, se había adueñado de la mitad del mundo mediterráneo, y aún más allá.

Pero el tiempo, ese juez supremo que enseña más que cualquier cultura superior, va modelando paulatinamente las formas de concebir el mundo y, con la actitud de la gente, las religiones también se adaptan a los tiempos que corren, y reprueban o abandonan determinadas conductas que serían enjuiciadas de modo desfavorable por la mayor parte de la Humanidad -con lo que podríamos intuir que es el humano el que regula la propia esencia de la religión, no al revés.

Hace tiempo que el Judaísmo se convirtió en una religión pacífica -salvo algunos exaltados capaces de arrojar piedras a quienes, simplemente, se vistan de un modo que ellos juzgan indecoroso--. Y fue la aplastante actitud de Roma, en el año 132, la que cercenó los últimos intentos de rebelión nacionalista -Bar Kojba--, basada en la condición religiosa, tras lo que pervivió un movimiento clandestino de zelotas -conocidos también como "sicarios", por el tipo de puñal que solían usar (de ahí la palabra "Iscariote")--, que siempre se opuso a la presencia romana y esperaban fervientemente la aparición de un mesías que liderara la verdadera rebelión.

El Cristianismo ideó una fórmula más eficaz al potenciar la evangelización, especialmente tras el descubrimiento de América, llevando la creencia en el Único Dios como justificación de la buena fe que lo empujaba; aunque creando la necesidad, primero con la espada y más tarde con otro tipo de presiones, de convertir al infiel y hacerlo ingresar en el seno de aquella religión pacífica, que dejaba de serlo en cuanto percibía un conato de resistencia o la preferencia por cualquier otra confesión religiosa.

Tras el paso de los siglos, con la expansión completada y los cambios sociales, la Cruz abandonó la espada como medio de imponerse a quienes no pertenecían al redil, ponderando de nuevo la paz y tratando de olvidar los excesos cometidos en el nombre del santísimo dios. Claro que, sin esa política expansionista, América no sería ahora la enorme reserva católica del mundo.

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En esa misma vía discurre el mundo islamizado, renunciando a guerras de conquista y a la imposición de su fe por la conquista armada, solo que el desfase temporal de su nacimiento hace mil quinientos años les hace situarse todavía apartados de alcanzar la separación completa de lo religioso y lo violento.

Por eso vemos todavía estandartes con el nombre de dios, signos religiosos utilizados como emblemas violentos y comportamientos atávicos y primitivos que buscan mantenerse enlazados con los viejos tiempos de glorias agresivas, por más que la inmensa mayoría de fieles no piensen así y se desgañiten afirmando que el Islam es una religión de Paz.

Todas han dicho de sí mismas que eran religiones de paz, y todas han sido religiones de guerra.

Y mi pregunta es: Si las religiones no han cambiado desde su fundación; si no hay nuevos Mandamientos, ni un nuevo Sermón de la Montaña, ni tampoco una versión actualizada de las Suras del Corán... ¿cómo es que las religiones han mudado de ser instrumento bélico hasta convertirse en remansos de paz, si no es que es el hombre el determinante de ello? Y si la actual forma de los credos es la correcta, ¿no resulta incomprensible que un dios tan poderoso haya permitido al ser humano errar con tanta insistencia, durante miles de años, y utilizando su nombre y sus dictados para hacer el mal?

Si acaso hubo un dios que hizo realidad la Creación, ¿es el mismo que, después, organizó a los humanos para la guerra?

¿Es que el dios creador diseñó tan mal su propia Creación, que el insignificante ser humano ha sido capaz de hacer con ella lo que ha querido? ¿O es que, realmente, todo no es más que la iniciativa del hombre, que ha ido adaptando la religión a su manera de pensar?

Porque podría ser que no estén relacionados, que nada tenga que ver el Creador con el exigente impostor posterior. Es posible que tanta violencia en nombre de dios solo sea la enorme excusa de una especie, la humana, que creyó bueno inventar una divinidad para matarse entre sí.

Si hubo un Creador magnífico y excelente, no lo conocemos, porque la versión al uso sale demasiado malparada a nuestro juicio ético actual. Y, para un creyente, pienso que es preferible imaginar a ese dios desconocido, que rendir culto a quien unos pocos sostienen que es el verdadero, pero que ha dejado que se derrame tanta sangre para conseguir que se le adore.

Si yo fuera creyente, dormiría mucho mejor pensando así.

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