La chica de la mercería

Sin comentarios Con ojos de allá - 08/06/2017 - 12:36 PM

mercería.jpg

Ya había ido Marcelo tres o cuatro veces a la tienda, pero nunca antes se había fijado en la empleada, posiblemente porque siempre fue el dueño, que arrimaba el hombro de cuando en cuando, el que le atendió. Por eso quizá su sorpresa al reparar en la muchacha -tal vez era una concesión piadosa a su edad indefinida-- y saborear el impacto de su presencia.

--¿Qué desea? -le preguntó ella, con una voz inefable, ni aguda ni grave, ni alta ni baja.

--Una..., una, un cepillo de dientes -acabó la frase en su esfuerzo titánico por recuperarse de la proximidad salvaguardada por el mostrador.

--¿Los prefiere de algún tipo especial, de cerdas blandas, duras, de mango flexible...?

--No, no; aunque..., bueno, sí, da igual...

--Le enseño algunos y usted elige -solucionó ella su indecisión, y la sonrisa con la que lo hizo acabó por obligar a Marcelo a inspirar hondo y aguantar el tipo mientras solucionaba el atolladero en el que se había metido.

Porque le solía ocurrir que, en cuanto la distancia que mediaba entre él y una mujer, cualquier mujer, se reducía lo suficiente como para comenzar a pensar en una amenazante intimidad, Marcelo se atoraba, se amedrentaba, se aturdía..., y se enamoraba perdidamente de la que el destino hubiera situado a dos o tres pasos de distancia. Sólo que aquella vez todo era mucho más fuerte, más evidente; era como si el corazón se empeñara en decirle que estaba alcanzando un nivel nunca jamás experimentado en cualquier tipo de relación anterior.

merce2.jpg

Marcelo, con todos los treinta cumplidos, con su calvicie anunciada por una coronilla brillante a fuerza de no darle el sol, con su fácilmente disimulable curvatura estomacal -hacia fuera--, y su físico tan común y corriente que, cuando durante algún trámite le pedían una fotografía de carné, siempre tenía la sensación de que, para acompañar el documento en cuestión, serviría la foto de cualquiera, de tan común y corriente que era su aspecto.

Con el mostrador adornado por una batería de cepillos coloreados y de diseño más que original, parpadeó varias veces antes de decidirse y, lo que era peor, tener que alzar los ojos hacia la empleada.

--Este..., no, este de aquí.

--Ah, muy bien -estuvo de acuerdo ella con su voz que parecía ensayada para no importunar--. Es muy bueno, y está de oferta además -observó, recogiendo el resto y volviéndose para colocarlos en la vitrina.

Tenía un físico discreto; era medianamente alta, medianamente delgada y vestía de un modo que él se empeñó en describir mentalmente como medianamente elegante.

¿Qué edad tendría?

Cualquiera entre los treinta y los cuarenta..., ¿o tal vez había pasado ya, como él, esa raya que nadie dibuja y que suele agazaparse entre las primeras canas y el primer análisis clínico de resultados poco brillantes?

--¿Desea algo más?

--¿Qué? -aquellos ojos, que permanecían allí, a tres palmos de los suyos, mirándole con fijeza y profundidad y llegando hasta donde nunca antes había podido sospechar que alcanzara una mirada humana, ni siquiera de mujer.

--Que si quiere algo más.

--¡No!, no, nada, ¿cuánto es?

Maldijo el torpe movimiento de sus dedos, hasta que logró depositar sobre el cristal del mostrador el precio del adminículo de higiene.

--Adiós -casi llegó a decir, cuando ella le devolvió el tíquet de compra directamente desde la caja registradora.

--Adiós, buenas tardes -se despidió ella, distraída ya mientras recogía varias bobinas de hilo que la cliente anterior había dejado fuera de su caja.

merce3.jpg

Marcelo caminó sin rumbo durante casi media hora, con el cepillo de dientes en una mano, abrigado en su caja, y en la mente los sones de las palabras de ella, el corte de sus labios -discretos, diría él--, la suavidad del perfume que había creído captar, y sus facciones, ojos, nariz, labios, cejas..., por separados y en conjunto.

Supo que tendría que volver, ya sin falta cada día, e incluso llegó a empezar una lista de cosas que podría comprar en la tienda, elementos necesarios en casa que, además, actuarían de vehículo de relación entre él y ella. Utilizó un gran cuaderno de planning que nunca usaba, comenzando a escribir en la página doble dedicada al ya pasado mes de enero, y casi llegó a pergeñar un tratado de necesidades hogareñas en media hora hurtada a su trabajo en la gestoría impersonal, decrépita y apenas requerida por los clientes, donde trabajaba.

Aquella agencia era un poco el retrato de sí mismo, y llegaba a pensar, en sus más oscuros planteamientos íntimos, cuando hacía recuento de su propia vida, a solas en su casa triste, que él no tenía culpa, que la gestoría no se había vuelto decadente por su presencia trasnochada y la de otro compañero, ya jubilado y no sustituido, sino que era al revés, y había sido Marcelo el que había adquirido su porte, alcanforado y un poco lóbrego, a consecuencia de los incontables años pasados tras aquella mesa de despacho gris metálica que fue moderna tres décadas atrás.

Sólo le salvaba de la agonía su entretenimiento favorito, al que dedicaba horas cada día, y que consistía en fabricar docenas de macetas planas, de cartulina. Un tronco de cono era el tiesto, y luego recortaba y coloreaba las plantas, lenta, imaginativa y prolijamente. Tijeras, pegamento y lápices de colores eran todo su arsenal y, después, acababa aplanando cada ejemplar para fijarlo en numerosas carpetas que luego almacenaba. Para él eran como álbumes de fotografías, los recuerdos de momentos íntimos y brillantes de su intelecto, los álbumes de viajes que nunca hizo, las instantáneas de gente que nunca conoció.

Al día siguiente volvió, y esperó turno tras de una señora mayor, indecisa sobre las plantillas que necesitaba su hija, mientras que él aprovechaba el receso para tomar nota de lo que allí se vendía.

Era una de esas tiendas de barrio inauguradas bajo el epígrafe socorrido de Mercería, y en la que cabía un poco de todo; pero sin que se pudiera desligar sus artículos de una misma línea doméstico-higiénica. Perfumes, lociones, crema de afeitar, pasta y cepillos dentífricos, hilos, botones, lanas, tijeras, alfileres y agujas formaban el cuerpo general de aquel ejército ordenado en la estantería trasera y sobre otros expositores que alguna campaña de bronceadores había dejado fuera del mostrador desde hacía muchos veranos.

Claro que él...

--¿Qué desea?

La misma voz, el mismo gesto discreto de espera, con ambas manos delicadas apoyadas en el borde del mostrador y sus ojos esperando su respuesta.

--Un gel de baño -logró decir, con la suficiente firmeza como para que no pareciera que tenía dos frascos -solía ser muy previsor-- apoyados en la repisa de la bañera de casa.

--¿Alguna marca especial...?

El ritual de siempre, que se fue repitiendo cada día, durante semanas y meses. Ella que preguntaba o sugería, y él que sobrevivía a su atoramiento verbal con monosílabos que, no obstante, procuraba que sonaran a educados y amables, no demasiado, por no revelar el tremendo potencial de su interés. Marcelo, plenamente integrado en su dinámica mercantil, sabía elegir la hora punta de clientela para poder permanecer más tiempo en la tienda, haciéndose el distraído y simulando escrutar las vitrinas o los anuncios de cremas adelgazantes mientras observaba a la chica y la estudiaba, volviendo realidad la ilusión de que estaba haciéndole compañía. Una tarde, incluso, en que le tocó el turno de un modo sorpresivo, pidió lo primero que le vino a la mente.

--¿Tienen bombillas por casualidad? -dijo, maldiciendo su atolondramiento ante la expresión realmente extraña en la cara de ella.

--¿Bombillas? -la mirada de ella chispeó, divertidos y un tanto desconcertada--, no..., esto es una mercería y...

--No, bueno... -trató él de improvisar, atragantándose y buscando una escapatoria plausible--; me refería a esas bombillitas de colores, las de los árboles de Navidad, ya sabe...

--¡Sí, ya...! -negó lentamente, y se retocó el cabello sobre la oreja, en un gesto que mantuvo a Marcelo extasiado durante un larguísimo segundo--, pero no, tampoco de esas.

--Ah, bueno, pues... -sus ojos recorrieron la inmensidad abigarrada de las estanterías--, entonces una brocha de afeitar.

--Una brocha de afeitar...

Hasta ella tardó un poco en recordar donde estaban expuestas aquellas reliquias, en un presente de espuma y rasuradoras eléctricas, pero Marcelo se marchó a casa con la mano en el bolsillo y acariciando con los dedos las cerdas suaves que las manos de ella habían rozado al envolverlas.

Otro día no la vio, y el corazón le dio un vuelco al enfrentarse con el gesto amable, pero irremediablemente distinto y varonil, del dueño de la tienda.

--¿Tienen cartulina?

--No, lo siento, eso es en la papelería, hay una un poco más abajo... -informó, solícito, el hombre.

--Sí, sí, ya sé dónde está, es cierto, perdone.

--¿Quiere alguna otra cosa?

--No, la verdad es que no... -tragó saliva--; necesito la cartulina y..., no sé en qué estaba pensando cuando entré aquí.

--No tiene importancia, es igual -respondió el dueño a quien ya era cliente antiguo y diario de su establecimiento.

--Tampoco tendrán pegamento, cola, o lo que sea, es para pegar la cartulina... -sin saber por qué, se sintió obligado a justificarse hablándole de su pasatiempo--; ¿sabe?, yo es que hago tiestos, los colecciono...

--Tiestos de cartulina, qué curioso.

merce4.jpg

Y Marcelo, relajado por la ausencia de la chica, pero sin osar preguntar, por si sus temores se confirmaban, hizo un relato detallado de en qué ocupaba sus momentos libres. La ausencia de otros clientes propició la confidencia, y el propietario acabó convencido de que aquella extensa colección de plantas imaginadas fijadas a las hojas de un álbum era algo realmente original.

Al acabar la semana, ella seguía sin estar en su puesto tras el mostrador; sin embargo, creyó morir de alivio cuando oyó al dueño explicar a una cliente el trastorno que suponían las vacaciones de los empleados. Luego, con una sonrisa cómplice, le hizo un gesto a Marcelo en dirección a un extremo del mostrador, donde tenía apilados varios pliegos de cartulina blanca semisatinada.

--Mire, mire lo que tengo para usted..., y al mismo precio que en la papelería.

Luego le estuvo contando que su conversación de hacía días le había dado la idea de trabajar el sector papelero, porque dar, lo que se dice dar, la mercería iba cada vez a menos; pero Marcelo hacía como que escuchaba mientras su alma se inflamaba de alivio al pensar en ella volviendo de vacaciones y en la cartulina que le facilitaría ser un cliente puntual sin tener que inventarse necesidades estrambóticas.

Cuando, al cabo de quince días, ella regresó, el mundo se iluminó del cenit al ocaso, y hasta creyó percibir en su mirada una complicidad añorada en sus días de asueto.

Se retomó así la cadencia de la compra vespertina; cartulina a pliegos, por kilos, de distinta textura y diferente grosor, y ella seguía allí, fiel y amable, elegante y discreta, gritando con su existencia y su interés la más absoluta disposición a sus deseos.

Con el tiempo, los artículos de papelería disponible aumentaron; y había ocasiones en que el dueño salía de la oficinilla de la trastienda para hacerle partícipe de su agradecimiento.

--Si no llega a ser por usted, no se me hubiera ocurrido dedicarme a esto, la mercería me la dejó mi padre, y yo nunca... Además, el nuevo colegio que han abierto al otro lado del parque me ha acabado de decidir...

Poco a poco, el rincón del mostrador fue ampliando su extensión y, a mediados de verano, Marcelo se sorprendió, no sin cierta contrariedad, al ver el rótulo de "cerrado por reformas", seguido de una tranquilizadora "próxima reapertura en septiembre".

Sobrevivió a la espera, sufriendo en silencio su espera por ver el rostro de la chica, por oír su voz mesurada, su pronunciación discreta; por ver sus manos elegantes devolviéndole el cambio o envolviendo los lápices de colores, el pegamento o los pliegos de cartulina, que ella enrollaba con fingida maestría; y su mirada fija en él al despedirse, gritándole algo inaudible pero reconfortante que él podía llevarse a su casa.

Ya no era una mercería, y, aunque quedaban algunos restos de productos del ramo, los artículos de papelería o escolares, e incluso algún juguete, atiborraban las estanterías. Y Marcelo ya entraba como Pedro por su casa, e incluso se permitía aconsejar al dueño, y a ella, sobre la calidad de este o aquel artículo. Llegó a amontonar en su casa un centenar de pliegos de cartulina, porque no daba abasto a fabricar sus tiestecillos al mismo ritmo que adquiría la materia prima.

Un sábado a medio día, antes de cerrar, el dueño le llamó al verle caminando por la acera, y los ojos de la empleada chispearon más de lo acostumbrado al conocer el motivo de la llamada. En menos de media hora de diálogo, cerraron el trato para que Marcelo trajera algunas muestras de sus macetas sobre cartulina.

--Si vemos que se venden bien... --dejó la frase en el aire el propietario.

Y así fue cómo el aburrido empleado de la gestoría vio convertido su pasatiempo en una mercancía que, poco a poco, iba saliendo en manos de los clientes, lo que le incitó a innovar con nuevos colores y nuevas formas, alardeando de una imaginación que arrancaba suspiros de admiración en la empleada, con la cual ya podía pasarse horas, no demasiadas, justificadas por la entrega de los lotes o los ajustes económicos de la venta mensual.

Ya estaba pensando en despedirse de la gestoría, y calculaba cuál sería el mejor momento de plantearle al dueño de la antigua mercería ser su socio y encargarse él mismo de vender las manualidades florales, aportando algo de capital y compartiendo beneficios.

Llegó a soñar, aún antes de hablar con el otro, con su maravillosa jornada laboral completa junto a la muchacha; en las confidencias que vendrían, y en lo inevitable de poder ir intimando mucho más que aquel año y medio pasado desde que comprara el primer cepillo de dientes.

Se decidió una tarde fría de diciembre, y, al entrar en el comercio y no verla tras el mostrador, se extrañó al pensar que eran raras unas vacaciones en plena temporada navideña; aunque, ya más dueño de sí y de la situación creada entre él y aquel almacén donde moraba su amada, se atrevió a preguntar -de un modo lánguido y sin apenas darle importancia-- por la chica.

--¿Ah, la empleada? -le dijo el dueño, pletórico en su ahora boyante papel de comerciante avispado--, se ha marchado, se ha ido de la ciudad, a no sé qué sitio donde tiene unos parientes; vivía sola y, a esas edades, o uno tiene con quien compartirla, o la vida se vuelve muy triste, ¿sabe? -acabó por sonreír--; mañana viene un nuevo empleado, un muchacho que promete, ya lo verá.

--Ah, bien.

Marcelo estaba petrificado; ni siquiera se fijó en qué cosa había pedido y maldita las ganas que tenía de fijarse.

--Por cierto, menos mal que ha sacado el tema -dijo el dueño, haciendo un gesto de despistado dirigido a su cabeza y sacando una cajita envuelta en papel de regalo--; me dio esto para usted.

Estaba solo frente al mostrador, pero aun así tardó en darse cuenta de que se estaba refiriendo a él.

--¿Para mí? ¿De..., de ella?

--Eso es -le entregó el paquete--. Usted le caía muy bien, me lo dijo varias veces.

Marcelo, con dedos temblorosos, apartó el papel y abrió la caja alargada de cartón, llena con una larga guirnalda de luces de navidad, y un sobrecito que no quiso abrir. Con las manos temblándole, se despidió y salió, pero se detuvo en la esquina y leyó la nota.

Para Marcelo, con toda mi amistad y cariño, decía.

Estuvo así durante un momento enorme, detenido y sin apartar los ojos de la letra elegante y discreta como las manos que la habían escrito, paralizado, casi sin respiración. No había firma, ni dirección, ni un teléfono, y Marcelo, consciente ahora de su soledad, reemprendió el camino a casa preguntándose si algún día tendría valor para preguntar el nombre y las señas de la empleada, de aquella mujer a la que tanto amaba.

Escribir un comentario