Vivir en Saborea

Sin comentarios Con ojos de allá - 07/05/2017 - 10:13 PM

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Creo recordar que se llamaba así, Saborea, aunque no estoy seguro del todo.

Era un país asentado en una isla, de esas ignotas y pequeñas de las que está salpicado el Caribe cerca de la costa de Venezuela -lagarto, lagarto, como decimos en España, mientras tocamos madera con el índice y el meñique extendidos--, y a donde llegué por consejo de la agencia de viajes, que me la recomendó como un lugar vacío de turistas. Y, aunque parezca mentira, así era.

Es cierto que había algún hotel, y muchas agencias bancarias instaladas en palacetes de aire colonial. El clima, el que se espera, calidez y un poquito de humedad, lo justo para convertirte en un insaciable consumidor de caipiriñas, mojitos y martinis secos bien fríos. Pero, ya digo, apenas si, contándome a mí, había una docena de turistas.

En lo que sí pude reparar fue en la presencia evidente de un equipo de producción cinematográfica que rodaba una escena en la playa, seguramente para alguna película.

Y, como soy de natural fisgón y entrometido, el primer día lo dediqué a buscarme una fuente fiable que me pudiera explicar cómo, en un paradigma de la turistez como era Saborea, no había una maldita camisa de flores, un panamá comprado en El Corte Inglés de Madrid o una de esas gafas de sol que parecen disfraces de payaso.

Nada de eso, sino grandes cantidades de operarios y técnicos, extras, actores, equipo de dirección y producción, rieles para travelling -mejor acarreos--, grúas impertinentes, pértigas para micros, pantallas reflectantes, etc.

--El cine, hermano -me respondió aquel anciano que, sentado plácidamente a la sombra de los cocoteros, se avino a explicarme las peculiaridades de su nación, mientras atendíamos, divertidos, a las peripecias del rodaje que ocurría frente a nosotros.

--¿El cine? -pregunté, atónito, y el anciano se tomó su tiempo en responder, mientras, frente a nosotros, empezaba una nueva toma de la secuencia en cuestión.

A la voz de ¡acción!, una chica de curvas redundantes salía del mar, embutida en un bikini blanco, y corría hasta acabar abrazándose a un efebo de musculatura más redundante que las curvas de su partenaire. No era difícil la cosa, pero no salía al gusto del director, y, al oírse el ¡corten!, parte del equipo se hacía cargo de la actriz para secarla, moldearle de nuevo el cabello y retocar el maquillaje antes de que se metiera hasta la cintura en el mar para comenzar la siguiente toma.

--Ya hace mucho de esto, ¿sabe? -siguió el viejo, y yo presté atención--. Desde siempre, han venido por acá para rodar películas en las que se necesiten paisajes paradisíacos. Yo mismo, cuando joven, participé en alguna y, mire qué le digo, porque no hay premios Óscar para los extras, que si no me otorgan uno por mi aparición en un filme de piratas.

--¿No me diga?

--Veinte añitos tenía, o menos, y me lanzaba desde el cocotero más alto para zambullirme y aparecer, frente a la cámara, que esperaba sobre un bote a que yo saliera del agua.

--Disculpe si me cuesta entender, pero no comprendo qué tiene que ver el cine con la ausencia de turismo.

--¿Con el turismo? -pareció extrañado, y quizá escamado de mi torpeza-- ¡Nada! Aquí nunca hubo turistas, no los queremos. El turismo da buena plata, pero te vuelve ocioso y engreído, viene demasiada gente, y la isla se llena de vocingleros difíciles de controlar. Y uno se acostumbra a ser camarero, o barman, a cambio de las monedas que dejan -movía la cabeza en sentido negativo--. El cine es mejor, el cine sí da beneficios...,  ¿usted sabe, mi hermano, cuánto paga una productora a nuestro gobierno por los derechos de rodaje? ¿Y el hospedaje de los equipos mientras dura el trabajo?

--Me lo imagino, sí. Conozco un poco el asunto.

--Pues ahí tiene la explicación. Esto que ve acá es solo un equipo de los cinco que ahorita mismo están rodando por toda la isla, y disponen de ella a su gusto, sin interferencias de extraños que estropean un cameo sobre el paisaje, ni dejan huellas en una arena que, en la película, se supone que es virgen...

-Ya, entiendo.

Tampoco molestan con sus juergas trasnochadoras, ni con sus borracheras. El cine es tempranero y madrugador, y los equipos se van a la cama bien pronto para estar despiertos antes de que salga el sol. Y eso, con turistas incontrolados llenando el paisaje, no puede ser -chasqueó los labios--, no, no puede ser.

Tuve que convenir con él en que, efectivamente, los turistas serían una molestia, y estaba claro que lo que el país ingresaba en concepto de licencias superaba con creces lo que podía entrar en forma de turismo.

--Además, con nuestro clima tan estable, no faltan productoras a lo largo del año que quieran venir a rodar, ¡si hasta tenemos listas de espera!

--Caramba... --sí que estaba asentado el sector en la economía de Saborea.

--Y luego está el régimen especial, la Ley de Saborea, que no pone el menor impedimento a nada que necesiten.

Aquello sí que era interesante.

--¿La Ley de Saborea?

El anciano -nunca me dijo su nombre--me miró, con sus ojos expertos y su expresión socarrona, y acabó por asentir lentamente.

--No sé si debería contárselo, pero me ha caído usted bien, hermano.

Aquellas palabras tuvieron la virtud de acicatear sobremanera mi interés.

--Contarme, ¿qué?

Se volvió a tomar tiempo, como si planificara minuciosamente lo que iba a decir.

--Acá, en Saborea, el cine lo es todo, y no me refiero a los ingresos económicos, sino que la propia isla, el país entero, es una eterna representación basada en un guión cinematográfico.

Tuve que parpadear y aclararme la garganta.

--A ver, a ver, señor... --esperé, pero no supo o no quiso decirme cómo se llamaba--. Hay algo que no entiendo, ¿qué es eso de que hay un guión?

El viejo dirigió la mirada hacia la playa cuando la actriz, con el cabello y la piel recién secados, volvía a introducirse en el agua para comenzar la escena.

--Fue hace mucho, cuarenta..., cincuenta años quizá, cuando habían aparecido por acá las primeras productoras. Por entonces gobernaba Saborea un viejo truhan que nadie sabía cómo se había hecho con el poder, aunque tampoco importaba mucho. Y, después de que el gobierno pusiera alguna traba, un inconveniente legal, al desempeño de una compañía potente, la productora resolvió pagarle al tipo, inundarlo de millones y pasaportarlo no sé si a Miami o a las Bahamas.

--¿La productora depuso al gobierno? -pregunté, admirado y perplejo.

--Si es que a aquello se le podía llamar gobierno... --convino el buen hombre, y continuó--. Y a partir de entonces comenzó la película..., la película de Saborea.

--No..., no lo acabo de entender.

El anciano rió con voz cascada.

--Y se comprende, no se apure; no es algo frecuente. Mire, es muy sencillo: cuando se acabó al gobierno, los guionistas de esa productora redactaron una Carta Magna, una especie de Constitución, y además contrataron a todos los saboreños, hombres y mujeres, les asignaron papeles en ese guión para que cada cual supiera cuál era su rol.

--¿Los contrataron, a todos?

--Eso es. Aquí, en Saborea, todos somos actores que desempeñamos papeles de un guión. Y hay para todos. El presidente del gobierno, los congresistas, los alguaciles, los banqueros, los propietarios... Cada primero de enero, se hace un acto en el que se presenta el guión de ese año, y todos nos lo aprendemos.

--¿Y cobran?

--¡Por supuesto!, y cada cual en función de su importancia. Es una forma de pago individual. En lugar de entregar el dinero al Estado en concepto de licencia, corriendo el riesgo de que algún corrupto lo afane, la productora nos reparte el dinero en función de los papeles que se asignan.

--¿O sea que todo es mentira, todo es ficción...? -me costaba creerlo.

--Desde el policía que le revisó el pasaporte en el aeródromo, la camarera que compone su habitación del hotel o el empleado de Correos que le envía su carta, hasta los jueces que imparten justicia, todos son actores que, ese año, cumplen el papel asignado.

--Pero eso..., eso es...

--Es un sistema perfecto. Porque, aunque hay villanos que delinquen, siguiendo su propio guión, siempre son detenidos, igual que los políticos corruptos o los que manejan bajo los efectos del alcohol. Una de las condiciones que pusimos los saboreños era que, cada año, al guión tuviera un final feliz, a pesar de que ocurran infidelidades, broncas mayúsculas, desavenencias familiares..., todo lo que esté escrito.

Cada vez era más increíble lo que oía.

--¿Y todo el mundo se comporta exactamente como dice el texto del libreto?

--Así es. En caso contrario, no cobra -fue rotundo al afirmarlo--. Así todo funciona a la perfección, todo es controlable y todos sabemos qué va a acontecer, sin sorpresas. Alguna vez ha habido tensiones, incluso, hace dos años, se escenificó un golpe de Estado que acabó con el presidente que comenzó en enero.

--¿Lo mataron?

El anciano me miró con sospecha en sus pupilas.

--¿Y usted dice que entiende de cine? -volvió a negar con la cabeza--. La gente muere en las películas, pero no es de verdad, ¿sabe usted? -dijo, con toda la chanza del mundo, y yo tuve que resignarme a pasar por un ignorante.

La escena que rodaban volvió a acabar y, de nuevo, al ¡corten! del director siguió un tedioso, ¡otra vez!

--Realmente es inaudito -dije, al fin, y esta vez el anciano no me devolvió la mirada.

--Es estable, previsible y perfecto; la única ansiedad está en el primer día del año, cuando lees el guión para enterarte de lo que va a ocurrir, y todos tenemos el sustento asegurado.

--¿Todos, todos...? Eso será un buen dispendio por parte de la...

--No somos muchos en Saborea, apenas seis mil habitantes quienes, además, su rol les puede marcar que deben actuar de auxiliares de las películas que se ruedan. Tampoco cobramos mucho, pero la vida acá es muy barata, ya ha visto cuando cuesta un buen whisky o un suculento plato de comida. Y así hasta que consideras que ha llegado el momento de la jubilación, y te pasan una pensión.

--Como le pasa a usted ahora -dije, y el viejo negó.

--No, ahorita estoy interpretando mi papel de cicerone de visitantes interesados, como usted.

Casi se me escapa la risa al pensar que tenía que haberlo imaginado.

--¿Y quién escribe esos guiones que ustedes interpretan?

--Ah, eso no lo sabemos..., y tampoco importa demasiado. El objetivo es cumplir el papel y ser feliz.

Ya han  pasado algunos años desde aquello, pero no puedo olvidar aquella semana pasada en Saborea, a lo largo de la cual pude comprobar que todo era tal y como aquel anciano me contó.

Cumplir el papel y ser feliz.

Y, mientras compruebo que, en el resto del mundo, la gente también interpreta el papel que le toca pero, en lugar de cobrar, debe pagar por ello, sin la certeza de que va a ser feliz, me pregunto si podré resistirme a sacar un billete y largarme definitivamente a Saborea.

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