La curvatura de la vida

2 comentarios Con ojos de allá - 13/05/2017 - 4:25 PM

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Tendría ocho o nueve años más. Era una joven metida en la veintena cuando yo apenas era capaz de representar mi papel de pretencioso posadolescente de diecisiete. Vivía en la puerta de enfrente, en el mismo piso que la casa de mis padres, y aún hoy soy capaz de afirmar que nunca he conocido una mujer más atractiva y más arrebatadora.

Sólo había que verla cualquier tarde, cuando coincidía con ella en la escalera, arreglada para salir con su novio -rebeca al brazo y cabellera oscura ondulada apoyando sus curvas sobre los hombros-- y, al verme, me lanzaba un hola, ¿qué tal? que hacía tintinear campanillas en mi cerebro, y me afianzaban en mi idea de que, tras aquel educado saludo, había algo más.

En unas semanas llegué a estar seguro de que ella sentía algo por mí; por supuesto, nada comparable a la desaforada -y a toda costa disimulada-- pasión que me aceleraba el pulso, y que hacía que, en las noches calurosas de abiertas ventanas, yo creyera interpretar cada sonido como proveniente de su habitación, que, como la mía, daba al patio de luz del bloque de escalera.

Muchas tardes me pasé apostado cerca de la ventana, aguardando cual cazador paciente a que ella atravesara brevemente la franja de habitación que yo podía ver. A veces, con la persiana alzada sólo a medias, me resultaba más fácil montar la guardia al saber que ella no podría verme, pero teniendo que conformarme con atisbar nada más que parte de su anatomía, de cintura para abajo. En alguna ocasión, incluso, pude cerciorarme de que estaba a punto de cambiarse de ropa, y mi pulso se aceleraba; pero, siempre, invariablemente, su mano libraba el cordel y la persiana caía hasta golpear el alféizar, cerrando a cal y canto la posibilidad de atisbar lo que yo consideraba antesala de la Gloria.

Una vez me vio, mientras yo simulaba fumar un cigarrillo, y, en lugar de saludar como acostumbraba, estuvo contemplándome durante lo que a mí me pareció un eterno segundo y medio, antes de sonreír y echar del todo la persiana. Y en ese gesto o, mejor, en esa ausencia de cualquier comunicación, yo quise descubrir un rasgo de complicidad al saberla consciente de mi espera ilusionada.

El tiempo pasaba, y nada cambiaba; encuentros en la escalera, en el portal, miradas de ventana a ventana y, en un par de ocasiones, la sorpresa de oír su voz en el salón de mi casa cuando hablaba con mi madre, y la suya, de algún asunto concerniente a la comunidad de vecinos.

Hasta que, un día, mejor una noche, se produjo un encuentro en la acera de la calle, frente al portal, mientras ella aguardaba a que su novio -un impertinente tipo que solo me aventaja por la mera casualidad de tener más de treinta años-- detuviera su automóvil junto al bordillo.

--¿Vas a la verbena? -me dirigió la palabra, con la misma voz melosa que empleaba para saludarme siempre.

--Sí, a la Hípica -respondí, aunque era más que evidente mi respuesta al ir yo ataviado con traje y corbata, signo que, a primeros de los años Setenta, identificaba a quienes nos veíamos en la obligación de ser admitidos en una sociedad que, todavía, no se apartaba de costumbres obsoletas de otra época.

--Si quieres, te llevamos -dejó caer, con la suavidad de una lechada de miel sobre una tostada crujiente.

Yo tenía que esperar a mis amigos, y dije que no, aunque le agradecí el gesto; pero, desde el momento en que pisé el recinto de veraniega iluminación refulgente, no tuve ojos más que para buscar su cabellera oscura y vestido azul celeste, largo hasta los pies, entre los ocupantes de la pista de baile.

La vi dos o tres veces -imagen fugaz entre otras, siempre junto al novio mayor de treinta--, hasta que, esforzándome por cumplir mi rol de chico ya mayor, saqué a bailar a una compañera de clase en la que ya había sabido interpretar, en el enrevesado código de los gestos, una cierta disposición a ser mi elegida de aquella noche.

Ocupamos nuestro lugar en la pista justo cuando la orquesta comenzó su repertorio de canciones lentas, propiciadoras de cercanías siempre deseadas, con el Otra vez será, de Adamo. Y, al segundo giro,   vi a mi vecina, a menos de dos metros, abrazada al fulano treintañero. Bailaba muy pegada a él, con los ojos cerrados; pero, al situarse hacia mí, alzó los párpados y fijó en mis ojos su mirada color verde intenso.

La chica con la que bailaba tuvo que notar mi estremecimiento, y estoy seguro de que lo interpretó totalmente a su favor, la pobre. Pero no me importaba, centrado como estaba en captar por completo, en beber, en absorber aquella mirada fija en mi dirección, silenciosa entre las notas de la canción, pero enviándome lo que yo quería creer que era un mensaje inequívoco de interés.

Coincidimos en tres canciones más, ya con música enlatada que salía de los altavoces, y hasta recuerdo cuáles eran: El último romántico, de Di Bari; Cuando me enamoro, de Gigliola Cinquetti y Venecia sin ti, de Charles Aznavour. Y, en todas, mi vecina bailaba estrechada con el fulano treintañón, encajada su cara sobre el hombro de él y con los ojos cerrados por el empuje romántico de la música, hasta que, al girar en mi dirección, los abría lentamente para mirarme.

A partir de entonces, nuestros encuentros en la escalera estuvieron rodeados de una complicidad silenciosa que yo solo sabía interpretar -bueno, y suponía que ella también--. Sus breves palabras, sus "hola, buenas tardes" siempre iban acompañadas de un ligero rastro indescifrable que adornaba la comisura de sus labios. Sólo restaba un paso, un escollo más, para que se convirtieran en una sonrisa explícita que confirmara nuestra oculta intimidad.

No hubo baile o celebración a la que yo dejara de acudir, sabiendo que ella iba a asistir, de lo cual tenía cumplida noticia porque, con frecuencia, mi vecina entraba en mi casa para que mi madre, que le daba a la costura con cierta maña, le diera una puntada al vestido que luciría, o le aconsejara sobre cualquier complemento. Y, ya en pleno evento, me llegaban a sudar las manos si no había disponible ninguna de las chicas de mi entorno con la que salir a la pista para disfrutar de las miradas repletas de mensaje, sin que, a lo largo de meses sin fin, toda la relación con mi vecina trascendiera de aquella línea óptica, de los breves encuentros de escalera o su sorprendente presencia en mi casa para ejercer de hija de vecina bien avenida.

Pero una de aquellas noches, terrible noche en verdad, cuando caminaba hacia la salida del recinto del Club Marítimo de la ciudad, los sorprendí a ambos. Estaban discretamente arrimados a las plantas trepadoras, y se besaban apasionadamente. Yo me detuve en seco frente a la espalda de él, y, en la oscuridad, pude ver los ojos de ella, mirándome, mientras duraba aquel beso de tornillo y una de sus manos acariciaba la nuca del elegido.

He de confesar que aquella escena, breve al continuar apresuradamente mi camino, me estuvo persiguiendo durante cierto tiempo; aunque no sabía yo que me esperaba un trance mucho más intenso.

Algún verano después, ya en la universidad, regresé a casa de vacaciones y me enteré de que se casaba con el tipo aquel del que no recordaba siquiera su cara. Yo tendría los veintitrés, y ella ya rozaba los treinta un poco por arriba -por lo que podía calcular que el fulano había trascendido la línea de los cuarenta--; y  me seguía preguntando cómo, ella y yo, habíamos renunciado a lo que pudo ser, a cambio de contraer matrimonio con un casi viejo. La vi de pasada, a través de la ventana de su cuarto, mientras le probaban el traje de bodas; pero, en una especie de arrebato celoso, no quise concederle más atención a la escena, aunque sabía que tendría que presenciar la ceremonia, a la que toda mi familia estaba invitada, por supuesto, ya que mis hermanas iban a ejercer de damas de honor.

Parecía que me duraba el arrebato en la iglesia; me mostraba  más serio de lo que la ocasión lo requería, sorprendido ante el berrinche infantil que podía llegar a sentir a mis veintitantos. Me duró la rabieta durante el banquete, y hasta mi madre se fijó, y me lanzó un se puede saber qué te pasa, mudo, desde el otro lado de la mesa; pero respondí encogiéndome de hombros.

Y, de repente, durante el baile, cuando el longevo novio sacó a bailar a su augusta suegra -pelotilleo al uso con el que se suele compensar el robo de una hija--, alcé los ojos y la vi frente a mí, erguida, elegante y sonriente.

--¿Bailamos? -salió de su boca, e hizo falta un terremoto de ocho grados Richter para estar a la altura de mis sensaciones.

El que haya conocido una experiencia igual sabe de lo que estoy hablando, con el aura de su perfume envolviéndote y el ligero hálito de su respiración rozándote la cara. Mi mano derecha estaba salvada, en la misma Gloria, apoyada en su cintura --¡apoyada en su cintura!--, conectada a través del brazo directamente a mi corazón alborotado; porque la izquierda conocía el dulce sabor de la condenación al sentir su piel --¡sentir su piel!--, enviando directamente sus sensaciones a mi alma condenada, y que me maten si recuerdo qué canción estaba sonando, de qué color eran las paredes o si el tiempo podía estar pasando a nuestro alrededor.

Luego, a la salida, con mi madre aliviada al ver mi cambio de humor, llegó el lanzamiento del ramo y la salida apresurada de los novios camino del aeropuerto. Yo estaba cerca de la puerta, con la gente agolpada a mis espaldas, casi cerrando el paso, y el maduro esposo la llevó de la mano en mi dirección, hasta que, al pasar junto a mí, su cuerpo me rozó, festivamente disimulado el lance por la efusión, y su mano libre se apoyó brevemente en mi hombro antes de que, ya saliendo, ella volviera la cabeza y me mostrara su sonrisa empujada por la felicidad.

Tardé mucho en verla de nuevo; ya vivía en su propia casa, y ni siquiera en mis visitas al hogar paterno llegaba a coincidir más que oír de labios de mi madre alguna referencia: que habían prosperado mucho, que tenían dos hijos y que al marido le habían encontrado algo de columna que amenazaba con convertirlo en un pobre anciano tullido.

Pero se ve que los negocios del casi inválido no fueron tan bien, porque, años después, al morir su madre, el matrimonio se mudó al viejo piso frente al de mis padres. Pero, para entonces, yo vivía a seis mil kilómetros, en Estados Unidos, y, después de que mi padre falleciera, resultaba mucho más fácil hacer que mis hermanas y mi madre vinieran a pasar temporadas en mi casa de California, con lo que mis viajes a España apenas si fueron dos o tres en varias décadas, en ninguno de los cuales pude ver a mi antigua vecina, que siempre pasaba los veranos en casa de una de sus hijas.

Ya han transcurrido casi cuarenta años de aquello, pero no ha pasado un día sin que lo recordara todo, sin que lo reviviera. Mi mano izquierda sigue impregnada con el roce de su piel, y, a veces, me sorprendo al obligar a mi mano derecha a gesticular como si de nuevo la posara en su cintura cubierta por el traje de novia. Casi cuarenta años...

La vi el mes pasado.

Al acabarse los días de mi madre, mis hermanas me pidieron que gestionara la venta del piso, y volví a subir las escaleras y caminar por las habitaciones, ahora casi vacías, de aquella casa de juventud.  He pasado varias veces frente a su puerta, sabiendo que ella vive allí, sola desde que enviudó del tipo que, en una lejana época, tuvo más de treinta.

El último día, cuando recorría la casa en busca de algún detalle olvidado y respirando toneladas de recuerdos, me detuve frente a la que fue ventana de mi cuarto y, al abrirla para que todo aquello se aireara, sufrí un sobresalto al verla a ella frente a mí, con la persiana completamente alzada y la luz encendida. Me estaba mirando, como siempre lo hizo, envuelta en una toalla blanca de baño y con otra enrollada alrededor del pelo. Tenía los hombros al aire, húmedos, y se había teñido el cabello de un rubio ceniciento; pero sus ojos eran los mismos, tan rabiosamente verdes como antaño.

Con la rapidez de un rayo, pensé en cuántas veces ella habría esperado una palabra, un gesto por mi parte, que nunca ocurrió ¿Cómo habría sido todo de no haberme conformado con ser el huidizo receptor de aquellas miradas? ¿Y cuánto de aquel torpe e imberbe llevaba aún dentro de mí?

Aunque sentí sobreponerme a las flaquezas pasadas, y le sonreí con comodidad, haciendo que mi cabeza ejecutara un saludo que tenía mucho de reverencia hacia lo que ella había sido para mí. Y me dije que, seguramente, aquella vez sería la definitiva, que tendría que despedirme para siempre, que aquel gesto de ella de girar la cabeza hacia la entrada de la casa sería el último de una silenciosa y linda historia.

Mi vecina desapareció, y yo me dispuse a salir, diciendo adiós  mentalmente a mi pasado juvenil y a mi amante imposible; pero su puerta se abrió, y ella permaneció inmóvil, esperando mientras se frotaba el cabello con la toalla pequeña, dejando el espacio suficiente para que pasara. Casi sin proponérmelo, avancé con calma, a medias hipnotizado, a medias consciente de que la vida es el suspiro de un fuelle gigante que no cesa de soplar.

--Me alegro de verte -dijo ella.

--Yo también, ¿cómo estás? -pude responder.

Cerró la puerta, me tomó de la mano suavemente y apagó la luz del dormitorio antes de dejar caer la toalla y quedarse desnuda a menos de un palmo de mí.

He cumplido sesenta años, pero juro que ella tiene solo ocho o nueve más que yo, aunque su vida ha sido una línea recta y decidida, en tanto que la mía ha ido describiendo una curva y, afortunadamente, ambas han acabado por encontrarse en el extremo.

Y, si no he citado su nombre, es por respeto y pura discreción.

2 comentarios

Excelente, felicitaciones. Refrescante relato de una etapa de la vida que a muchos nos identifica, cuando todavía eramos capaces de estremecernos con la sola cercanía de nuestra musa platónica.
Y ese descenlace temporal redondeando la historia, simplemente genial.
Saludos.

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