Imparable Callao

9 comentarios Con ojos de allá - 25/05/2017 - 5:58 PM

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Es el fin de mi horizonte. Cada día, mirando desde mi balcón en Miraflores, el extremo aplanado de La Punta emerge desde el núcleo de El Callao, y, alargándose en lo que parece un supremo esfuerzo por alcanzar la isla de San Lorenzo, me señala en dirección a dónde va a ponerse el sol.

Y no falla nunca. Desde que lo observo, hace ya más de cuatro años, el astro obedece la orden punteña de desaparecer por donde le indican, como si no hubiese modo de hurtarse al deseo de ese elemento limeño que, a la vez, nada tiene que ver con Lima, pues El Callao es, como todos saben, algo ajeno a la capital, independiente, autónomo y evasivo; algo, en fin, distinto.

Desde la primera vez que lo visité, en 2010 creo recordar, supe ser sensible a su atracción, ese tirón que ejercen los lugares especiales, con carisma, donde resulta muy fácil evocar tiempos pasados de innegable esplendor; porque El Callao, durante siglos, fue la estación terminal de todo viajero que llegaba al Perú, desembarcaba y recorría los pasos necesarios -no muchos--, para dar gracias frente al altar de la iglesia matriz, ahora catedral, por haber llegado incólume a su destino. Por El Callao pasaron todos cuantos trasladaban su residencia a estas tierras americanas; españoles, italianos, franceses, alemanes, británicos... Llegaron y se quedaron los más; y aunque se dispersaran hacia los lejanos confines peruanos, siempre les quedó el recuerdo de haber pisado tierra en el gran puerto chalaco.

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Los años de estallido social, entre finales del siglo XIX y mediados del XX, llegaron parejos a la prosperidad de los negocios relacionados con las operaciones portuarias; y los empresarios de éxito cuajaron la ciudad con ranchos y mansiones que emulaban edificios de sus lejanos lugares de procedencia, y que, aún hoy día, perviven como una muestra de la elegancia que caracterizó las calles del enclave.

Ya hacía algún tiempo que no paseaba por sus calles, contentándome si acaso con una excursión desde el embarcadero de la Escuela Naval y un almuerzo rápido en el Club Náutico, con retorno rápido ante la amenaza del tráfico. Pero hoy -por el pasado sábado 20--, la visita de amigos españoles nos indujo a mostrarles ese apéndice de tan sonoro nombre y tan repetido en paisajes urbanos españoles.

Porque hay plazas y calles llamadas "El Callao" en docenas de ciudades hispanas; y, aunque el motivo sea recordar el gran combate ocurrido, en mayo de 1866, entre la escuadra española y los defensores peruanos que, hacía solo cuarenta años, se habían sacudido el yugo de la lejana corona española, la memoria popular actual ni siquiera tiene nociones de este detalle, y, en la España de hoy día, el nombre de El Callao solo sirve para designar avenidas, calles y plazas, y servir de referencia, casi siempre lúdica, de encuentros festivos que nada tienen que ver con el hecho histórico.

Decía, pues, que nuestro grupo apareció por allí a media mañana, recorriendo la punta a lo largo del malecón antes de internarnos en sus calles llenas de casonas vetustas pero llamativas, oyendo las explicaciones de nuestro guía y pariente Jaime Velando que, en un momento dado, nos emplazó a dirigirnos hacia la zona centro de El Callao con objeto de elegir un lugar donde almorzar antes de proseguir nuestra visita.

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Ya al llegar a las inmediaciones de la catedral comenzamos a percibir cambios en el panorama; había más gente que en ocasiones anteriores; más color, aportado por enormes grafitis, y hasta creímos sufrir la ilusión de que se veían muchos más edificios restaurados que hacía un par de años. Luego, de improviso, me acudió la sensación peculiar de estar en un lugar imprevisto.

Cuando se ha conocido muchas ciudades, y almacenado en tu mente cientos de rincones, es fácil sufrir esa especie de alucinación imprecisa que te hace preguntarte en qué lugar estás exactamente. Y eso fue lo que ocurrió, porque, por un momento, por un instante fugaz que se dilató hasta aparentar la duración de una hora, experimenté la ingravidez de dudar, mezclando recuerdos del barrio Alto de Lisboa, el distrito de La Latina, en Madrid, o la Galería de la Reina, de Bruselas -sobre todo la Galería de la Reina--; la calle empedrada, los grafitis elaborados, la gente que miraba y admiraba, música callejera y jóvenes bailando a su compás, las cámaras de fotos, los selfies en grupo y las esquinas bohemias de ladrillo visto...

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Pero no, era El Callao, y la realidad nos devolvió al presente limeño cuando, junto a la catedral, vimos campear la inconfundible marca de "Ítalo" montando guardia sobre la pastelería de la esquina.

Almorzamos, calmados y respirando el aroma del mar, en la cevichería Mateo y, a los postres, seguimos indagando sobre aquella suerte de magia desconocida que nos hacía viajar sin movernos del lugar, y, a la vez, permanecer estáticos saboreando un viaje imposible.

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"Ítalo" era, efectivamente, "Ítalo", no una añagaza publicitaria para atrapar incautos, y ya el escaparate te anticipa las maravillas que pueden verse en el interior de lo que fue vieja sombrerería y ahora se ha trasmutado en una parroquia del dulce y del buen café, pero sin prescindir de todo aquello que dejaron los antiguos propietarios, en los años Cuarenta, cuando dejaron todo por trasladarse al centro de Lima.

Allí dentro, disfrutando de un capuchino, había una chica que nos miraba, sonriente, como el cirujano que observa la sanación de su paciente tras una difícil intervención, y el primer intercambio de frases, propiciada por lo peculiar y atractivo del lugar, nos reveló su identidad.

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Pero Angie Pelosi no es solo la sobrina del conocido "Ítalo", sino que, sin demorarse demasiado, nos reveló el sortilegio que nosotros habíamos creído arte de birlibirloque, que nos había hecho vacilar, al contemplar la trasmutación de El Callao que conocíamos de hace un año, a la colección actual de elementos urbanos y arquitectónicos insospechados.

No hay mejor guía que quien está enamorado, y en las palabras y de los ojos de Angie brota el inmenso amor que siente por todo lo que nos rodeaba, haciendo añicos los aspectos negativos cuyos ecos llegan a diario al resto de la capital a través de noticieros y periódicos. Ya no había prisa por regresar a Lima, aunque el sol caía hacia San Lorenzo, pero era precisamente esa luz dorada del atardecer lo que añadía el toque final a un nuevo paseo por entre calles y edificios del viejo Callao, que es como recorrer una promesa de futuro que se construye de un modo imparable.

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Podría seguir, podría hablarles con detalle de todo cuanto vimos y percibimos, del ambiente genuinamente cultural, del ir y venir en el tiempo, entre el pasado y el presente, de las indicaciones prolijas de Angie o de los vecinos que salían a la puerta de su casa para darnos la bienvenida al Nuevo Callao o, simplemente, para saludar de lejos y regalarnos una sonrisa; podría hablarles de las expresiones artísticas, de los inmensos grafitis o de cómo están de avanzadas las obras en el antiguo Banco de Londres. Pero no lo voy a hacer, porque prefiero abrirles el apetito por descubrir algo que existe a unos minutos de distancia de cualquier lugar de Lima, y que les hará entrar en el decorado de un sueño desconocido.

Como antaño, El Callao es el punto de entrada a un mundo y a los sueños de quienes viajaban; solo que, ahora, no es necesario llegar por mar, ni rendir votos en la Iglesia Matriz, sino tan solo sumergirse en el sueño de unos pocos que, en apenas un año, ha hecho realidad una ciudad distinta que promete absorber cuantas energías puedan volcarse en ella, para convertirla en una de esas joyas que el Perú merece.

Y, si quieren saber más secretos e ilusionarse con los posibles proyectos, vayan por allá y hablen con Angie. Les aseguro que quedarán más que satisfechos.

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9 comentarios

Excelente remembranza....como buen chalacaco que ama esta tierra...muchas gracias

Guardo muy buenos recuerdos de mi querido Callao, estoy lejos pero lo añoro mucho siempre, Esta nota me emocionó. Saludos

Gracias igualmente y que siga adelante con estos interesantes relatos que sus seguidores apreciamos mucho.
Saludos desde Chiclayo Sr. Severiano

Todo lo que puede ocasionar una buena crónica!. Por culpa de ella lamento no haber hecho caso a mi intuición de salir a recorrer el (renovado) Callao después de un almuerzo al que fui invitado en el Centro Naval, durante mi última visita al Perú. Tarea pendiente e impostergable.
Una vez más, gracias por su pluma.
Saludos desde Costa Rica.

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