Las buenas guerras de antes

Sin comentarios Con ojos de allá - 13/04/2017 - 11:45 AM

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Ya no hay guerras como las de antes.

Ahora, el enemigo no es esa masa uniformada y ordenadita que se ponía al otro lado de la trinchera para dejarse matar, o avanzaba resuelta y gallardamente hacia uno, con la bayoneta calada y un justo y honroso deseo de enviarte al otro mundo antes de que tú le mataras a él.

Ya nada de esto existe; pero fue realidad, y, si no, ahí tenemos horas y horas de películas para ilustrarnos. Las hay de casi todas las guerras -a las películas me refiero--, desde las batallas campales de romanos contra bárbaros, a las guerras napoleónicas del XIX; pero ninguna guerra ha protagonizado más filmes que la que llamamos Segunda Guerra Mundial -sin que se sepa el porqué, ya que la anterior no abarcó todo el orbe de forma tan completa--.

Esa sí que fue una buena guerra, con enemigos de categoría, que lucían uniformes impecables y respetaban a los prisioneros. Ustedes lo habrán visto igual que yo. Esos alemanes uniformados de verde-gris, casi todos rubios y de ojos azules; esos japoneses empapados del honorable código de la Bushido, que preferían morir a rendirse; esos aliados, luchadores por la libertad de los pueblos mientras mascaban chicle y fumaban Lucky Strike..., y hasta los rusos que, a pesar de ser comunistas de tomo y lomo, ayudaron a derrumbar el sistema Nazi y por eso mismo se les toleró algún tiempo.

Daba gusto participar en una guerra así, donde los proyectiles de artillería y las bombas de aviación respetaban a los débiles; y si acaso un niño, por mano del demonio, se cruzaba en la trayectoria de una de ellas, sencillamente, no explosionaban para no causar una víctima inocente.

En las películas de aviones, las bombas estallaban allá abajo, lejos y sobre lo que siempre parecían campos vacíos -que da que pensar el gasto de municiones para hacer hoyos en los prados--, y cuando la Luftwaffe bombardeó Londres, toda la gente corría a meterse en el metro y se salvaba. Si un avión de caza era abatido, su piloto saltaba en paracaídas, a no ser que fuese el villano de la peli y entonces, con no poco alivio, le veíamos morir envuelto entre las llamas.

Qué pena que aquella guerra se acabó, ¿verdad?

Ahora, el enemigo es un atajo de guerrilleros sucios, polvorientos y sin afeitar, que jadean un idioma incomprensible y degüellan a sus víctimas mientras rezan -los degolladores, aunque es posible que las víctimas también estén orando en lugar de desearles lo peor al bárbaro que le va a abrir el gaznate--.

Ya no hay ejércitos coloridos y honrosos, sino guerras confusas en las que uno no sabe de qué lado estaría, mientras ve las imágenes del conflicto sentado frente a su televisor. Antaño era fácil posicionarse junto a los aliados cuando daban matarile a los odiados nazis, o, como ocurría en los tebeos españoles de Hazañas Bélicas, transmutarse en un fiero soldado de la Wehrmacht cuando los que tenían que perecer eran los brutotes soviéticos, toscos y a medio asalvajar..., y comunistas, claro. Ahora no, ahora quieres estar del lado de la Verdad y de la Justicia, y hasta eres capaz de identificarte con los insurrectos que hacen frente a los gobiernos legales de una nación..., por el mero hecho de ayudar el débil, o sencillamente por tocar las narices al sistema, que eso está muy en la honda de esta nuestra sociedad occidental.

Pero no, no es sencillo dilucidar el bando, aunque a veces la ONU ayuda, y en un alarde supremo de hipocresía inveterada, protesta cuando una guerra produce víctimas que no están en el catálogo de los "matables". Porque hay un catálogo, ¿saben?, una lista -al parecer--en la que figuran aquellos que pueden morir en una guerra sin que a Occidente se le salten las lágrimas, a saber: los muertos en la guerra deben ser solo hombres -no se especifica si "homo" o "hetereo"--, de entre dieciocho y cincuenta años, que vayan armados, que lleven uniforme y que estén a punto de perpetrar un genocidio.

Esta valoración está hecha un poco por encima, claro está, puesto que procede de la eliminación de todos aquellos cuya muerte parece incomodarnos.

No se prohíbe la guerra, no; ser puede llenar el campo de batalla de todo lo que existe para reventar al prójimo, pero, ¡ojo!, que no muera un niño, un anciano ni un periodista, porque, entonces, te arman la de Dios es Cristo.

Hay que ser hipócrita, o inconsciente, o iluso..., o no saber de qué va la cosa.

Porque el enemigo, ese al que quieres matar --y la ONU te deja que lo mates--, lo primero que hará será guarecerse debajo de una carpa marcada con la cruz roja de un hospital, y, de paso, va a colocar su depósito de municiones dentro de una escuela, mientras se están dando clases, claro, de manera que el que está autorizado por la Ley divina para matarme, pase de largo y me deje vivir.

Lo malo de la ecuación es que el enemigo, que no es tonto, va a hacer un listado con los hospitales de campaña, y los otros, va a puntear las escuelas y los asilos, y les va a enviar el fuego del infierno en forma de misiles de crucero, bombas guiadas y cargas de napalm.

Así mueren niños, claro, no como en las guerras del cine, y las ciudades son arrasadas en el intento de dar con los que se camuflan entre la población civil, si no es que la usan como escudo para evitar que los revienten a ellos.

Y eso no es forma de hacer la guerra, no señor.

Lo bueno sería que todos los del DAESH, los insurgentes que combaten a Al-Assad y los guerrilleros kurdos, se junten en medio de un desierto, o una gran explanada si acaso, se preparen y se encomienden cada cual a su Dios, y esperen a que las gloriosas fuerzas occidentales los vayan diezmando, mientras cientos de cámaras los filman para proporcionarnos el alivio que precisan nuestras mentes puras y pacifistas. Eso sí sería una gran batalla de las de antes, de las de cine...

Pero no, los muy arteros y retorcidos se diseminan entre los escombros, se mezclan con la población civil y seleccionan a unos cuantos de los suyos para que, desde sus residencias legales en Europa, se inmolen o alquilen un camión para aplastar a unos cuantos incautos que solo merecen morir.

Y así no hay manera, oiga. Dan ganas de rendirse del todo y dejar que esa sarta de salvajes indeseables nos digan cómo hay que vivir, dicten las reglas y gobiernen el Mundo. Todo antes que permitir que una bomba mal lanzada provoque daños que nos duele ver.

Pareciera mentira, pero casi que estoy por afirmar que echamos de menos aquellas guerras de antes, donde se observaban las reglas, se respetaba al enemigo, y no morían los niños.

Severiano Gil, abril 2017

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