Esa sierra tan cercana

Sin comentarios Con ojos de allá - 07/04/2017 - 6:47 PM

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Hay dos asuntos que me intrigan del Perú; pero los voy a tratar en artículos separados.

La primera, y quizá principal, es la escasa explotación de lo que, probablemente, es el recurso hídrico más importante del Mundo. Olvídense del oro, el cobre, la plata o el zinc; Perú tiene un producto natural que supera con creces a todos los anteriores: el AGUA.

Ningún país, salvo quizá Chile, tiene a su disposición de forma tan cercana e inagotable la posibilidad de almacenar agua y controlarla, para hacer de ella un potencial de bienestar inmenso. Los más de 1.800 kilómetros de cordillera, entre Piura y Tacna, ponen a disposición de sus habitantes un recurso inmenso que, inteligentemente gestionado, darían a la nación una capacidad ilimitada.

El desnivel existente hace que, excepto en el caso del Himalaya, no haya otro lugar en el Mundo donde la Naturaleza ayude tanto a la hora de crear reservorios a la suficiente altura como para lograr dos cosas: una, el suministro de un caudal respetable sin tener que recurrir al bombeo mecánico; y, la segunda, asegurarse una producción de energía eléctrica no solo disponible para el consumo nacional, sino también poderla exportar a países del entorno que sean deficitarios.

Y todo esto, además, con otra característica no menos importante hoy día, un bajo costo económico.

Habría condiciones previas que abordar, claro está. La primera es un Plan Hidrológico Nacional acelerado que estudie la geografía y señale los emplazamientos adecuados para construir las presas -lo más altas posibles para evitar el arrastre de lodos y rocas-- e incrementar el número de las ya existentes, buscando la garganta más estrecha, en la que una obra de unos cientos de metros de concreto sirva para crear una reserva acuífera suficiente, almacenando agua limpia y controlándola de manera lo más racional posible para abastecer el riego y el consumo humano, además de la producción de electricidad.

Las alturas disponibles aseguran además otra ventaja no menos importante: el hecho de interrumpir el camino natural del agua y de controlar el caudal aseguran una nada despreciable ayuda a la hora de impedir esos huaicos que, cada cierto tiempo, asolan las zonas bajas del curso de los ríos.

Cierto es que habría que comenzar ya, planificando y acometiendo las obras donde se considera más urgente -en el caso que nos ocupa, en las zonas más cercanas a los grandes núcleos de población--. El resultado lo merece, pues no hay inversión con mayor rendimiento que taponar una cañada y fabricar un acumulador de masa líquida que, si se mide por la energía contenida, superaría la de algunas bombas nucleares. Y todo eso queda ahí, a disposición de los encargados de regularla y liberarla de a poco, y, ya digo, al costo de unas cientos de toneladas de concreto bien colocadas.

En la actualidad, en el Perú existen 643 presas, si bien en ese número se incluyen algunas de muy reducido tamaño (4 metros de altura desde la base y unas pocas hectáreas de extensión), y son contados los embalses de categoría principal, del tipo de Poechos (Piura), Gallito Ciego (Cajamarca) y El Frayle (Arequipa). En cualquier caso, el problema del agua potable es un hecho reconocido al que habría que poner fin lo antes posible.

Por usar un ejemplo que conozco, en España, donde las sequías periódicas castigan anualmente la agricultura, se comenzó a construir embalses ya a finales del siglo XIX, aunque fue a mediados del XX cuando, comprobados los efectos beneficiosos, se disparó el proceso hasta casi convertirse en un frenesí imparable, alcanzando la década anterior la cifra de 1.188 embalses de gran tamaño -no se contabilizan reservorios menores de unas pocas hectáreas ni pantanos de poca profundidad--, sino verdaderos lagos de centenares de hectáreas de extensión y decenas de miles de hectómetros cúbicos de capacidad.

El cuadro adjunto muestra el incremento que, partiendo casi de cero, ha llenado la geografía española -tres veces más pequeña que la del Perú-- con embalses que aseguran el suministro de casi el doble de habitantes -y no olvidemos que, a los 47 millones de españoles, hay que sumar otros 75 millones de turistas distribuidos en los meses de verano, que son, además, los más secos--, y los proveen además de electricidad a un costo razonable, sin olvidar el efecto ecológico que supone crear humedales y lagos que, la mayoría con más de medio siglo, han ido modificando el paisaje al favorecer el crecimiento de bosques a su alrededor, creando zonas de esparcimiento, excursionismo y práctica de deportes acuáticos, como la pesca, la vela o el windsurf.

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Por supuesto, en ese número figuran solo presas de gran tamaño, cuya capacidad oscila entre los dos mil y tres mil hectómetros cúbicos al menos, es decir, verdaderos lagos que alcanzan frecuentemente los 40 metros de profundidad en sus zonas más centrales, y, de ellas, 310 son enormes embalses que, ellas solas, almacenan más de 54.000 hectómetros cúbicos, es decir, la mitad del caudal de todos los ríos de España.

Con todo, no están cubiertas las necesidades al ciento por ciento y por esa razón, en la actualidad, se siguen construyendo nuevos embalses que mejoren la situación -lo que hace de España el quinto país del Mundo con más agua almacenada por habitante--, previendo además el incremento de población y, a causa del cambio climático, la reducción de lluvias.

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No hay posibilidad de discusión: en muchos sentidos, construir embalses es generar riqueza y bienestar, a un costo más que reducido, ya que, además del suministro asegurado de agua, la energía eléctrica generada en los saltos es, con mucho, la más barata, ya que su mantenimiento es mínimo si la comparamos con los generadores eólicos, los nucleares y no digamos los térmicos.

Por eso sorprende que, con tanto a su favor regalado por la Naturaleza, el Perú no haya afrontado todavía su carrera hacia el aprovechamiento de ese potencial inagotable del que dispone.

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