Entre dos aguas

Sin comentarios Con ojos de allá - 06/03/2017 - 9:25 AM

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De ordinario, cuando me siento frente al teclado, ya tengo muy claro sobre qué versará la columna, incluso sé más o menos cuál será el final del razonamiento completo.

Ahora no es así -por eso mi retraso en abordar un nuevo artículo de este blog--.

Confieso que, hasta ahora, he dedicado poco tiempo a la diatriba que gana enteros en el debate social -y político-- y que no sé si llamar por su nombre vulgar de Ideología de género, más conocido, o por una forma más lingüista más adecuada a mi modo de ver.

Siempre he pensado que las personas pertenecíamos todas al género humano, pero ahora se ve que, a la luz de los avances en conocimiento de la especie, no es así, que ese viejo género se ha expandido en variadas opciones que, en realidad, tienen que ver con el sexo, pero que es posible que esa palabra -tabú hasta hace bien poco-- no se considere demasiado adecuada para que circule por los elevados ámbitos del mayor interés político y social.

Si no he entendido mal, resulta que hay niños que, ya a temprana edad, encuentran que su desarrollo mental -y, posteriormente, hormonal-- difiere de las características físicas con las que ha nacido, y eso crea el correspondiente problema de identidad, que se busca resolver por medio de los resortes disponibles.

A partir de finales de los Sesenta ya se empezó a considerar como un asunto normal, solo que ahora se pretende que la sociedad no estigmatice, segregue u ofenda a quien lo padece. Lo cual está muy bien.

No son muchos, según las estadísticas que he leído, uno de cada diez mil (1/10.000) niños y una de cada cuarenta mil (1/40.000) niñas padecen -o disfrutan-- de esta disfunción entre preponderancia hormonal, desarrollo mental y constitución fisiológica.

Por hacernos una idea, respecto a la población española de 7.366.938 de entre cero y catorce años (datos de 2015) 893 niñas descubren que desearían contar con un pene en lugar de su vulva y poderse comportar como un niño varón, y 349 niños preferirían tener una vulvita situada entre sus piernas, en lugar del colgajo que le ha dado la naturaleza, y poder desenvolverse el resto de su vida como mujer.

Por descontado que unos y otros tienen todo el derecho del mundo a ser lo que quieran ser, sexualmente hablando -ya que, en otros órdenes, nos queda a todos bastante menos capacidad de elección--. Pero..., estamos hablando de poco más de mil trescientos individuos (1.300) en el mejor de los casos -el cálculo lo he hecho sobre las cifras oficiales de una población masculina de 3.791.781 y femenina de 3.575.157, de hasta catorce años, cuando la edad del segmento infantil que se considera objetivo de esta formación de inclusión es mucho más reducido--.

Mil trescientos niños, entre más de siete millones...

¿Realmente se justifica toda una línea de orientación aplicable a la Enseñanza de forma general para un porcentaje tan reducido?

Por supuesto que, ese millar y poco, merece toda la atención de padres y profesores; pero, entonces, ¿por qué no se implementa una campaña igual de potente para reducir la espantosa cifra de doscientos treinta mil (230.000) jóvenes que se rinden al fracaso escolar? --Hablamos de un 30% frente al 14% de media en el resto de la Unión Europea, lo que constituye una cifra absolutamente amenazante--.

Quizá eso no importa demasiado ¿pero puede ser que el futuro de doscientos treinta mil niños pese mucho menos que el de aquellos mil setecientos que descubren que son personas encerradas en un cuerpo que no les corresponde?


Es decir: no es que no vea deseable la aplicación de este currículum sobre género, tendente a la inclusión y la tolerancia, sino que me extraña, muchísimo, tal despliegue para uno y tanta inacción para el otro que, a mi modo de ver, es más importante respecto a cifras e impacto social.

Pero sigamos.

Al otro lado del río, están los padres y otros grupos de acción que se oponen tajantemente a la aplicación de esta suerte de orientación informativa sexual en sus hijos, aunque sea a nivel estatal y respaldada por estudios creíbles. Consideran que plantear de una forma general lo que ellos consideran meramente marginal atenta contra sus conceptos ideológicos. Mucho menos desean que, como fruto de esa línea de formación, sus hijos acaben aceptando como natural algo que para ellos no lo es, y aventuran toda suerte de despropósitos a un futuro en el que la identidad sexual enmarañada determine la propia estabilidad de la familia como núcleo base de esta sociedad nuestra.

Prefieren un estilo de enseñanza en el que no se adoctrine al niño sobre la posibilidad de sentirse distinto a aquello para lo que la naturaleza lo ha creado -como se advierte en la publicidad del caso: si tienes colita, eres varón; si tienes vulva, eres hembra--, porque alertan sobre una posible influencia equívoca en individuos que aún tardarán en madurar, y que podrían verse impelidos a adoptar un rol mental que, en realidad, no les corresponde.
Y están también en su derecho, puesto que cada pareja de progenitores puede elegir el tipo de enseñanza que desea para sus hijos y, en consecuencia, acudirán al centro escolar que la brinda más acorde a sus creencias o ideología.

Ahora bien, como en el caso anterior, me llama la atención poderosamente un par de aspectos que parecen no ser tenidos en cuenta.

El primero es el potencial educador de la propia familia, que puede moderar e incluso revertir la enseñanza recibida en la escuela, ya que es el ejemplo cercano de padres y hermanos el que más va a influir en la adecuación del niño a su orientación genérica -y esto vale para los dos casos--. A no ser, claro, que la falta de tiempo y ganas obligue a los padres a ceder a la escuela toda la parcela correspondiente a la formación del pequeño.

Es decir, que le toca a la Enseñanza cubrir los huecos que, realmente, le tocaría compartir con los padres, ya que, como sabemos, una mayoría de estos carece de ocasiones y energía suficiente para mantenerse alerta a diario y supervisar el desarrollo de su progenie.

Quiero decir que, para unos padres ateos, poca importancia tendrá que sus hijos convivan con niños creyentes, o que el maestro les hable de la versión religiosa de la Creación, mentando a Adán y Eva, la serpiente que habla y la manzana del pecado. Su propio ejemplo y su dedicación a saciar la natural curiosidad de sus hijos en esos aspectos, cada día, dominará con creces la orientación impartida en las aulas durante tres o cuatro horas semanales -si es que no es menos--.

Del lado contrario, los padres creyentes tendrán la oportunidad patente de matizar a sus hijos la enseñanza impartida respecto a, por ejemplo, las teorías de Darwin, o el planteamiento básico de que todas las religiones son válidas, en tanto que la paterna se arroga ser la única verdadera. Es más, si el menor regresa un día del colegio y les dice que un compañero se ha definido como homosexual, o que se siente mujer, es seguro que los propios padres -fervientes religiosos, recordemos-- tratarán de restarle importancia al suceso y, sobre todo, insistirán para que su hijo respete la decisión de su compañerito de clase.

Así pues, no se entiende que, afines a la ideología de género y contrarios a ella, consideren tal nivel de amenaza en la ausencia o existencia de una materia que va a suponer un porcentaje de tiempo tan escaso entre el resto de ciencias y, sobre todo, si se la compara con las horas que unos padres deben dedicar a la formación de sus hijos.


Entonces... ¿Qué?

A la vista de lo expuesto, no cabe otra cosa que pensar -intuir quizá-- que, en realidad, hay otros intereses en juego detrás de Sí o el No. Que, tanto la ideología de género como el movimiento opositor a la misma, responden o encarnan una fracción -que podría ser muy pequeña-- de otros planteamientos socio-políticos que pasan desapercibidos, precisamente por su amplitud, y cuyo conjunto sí pueden significar una amenaza, toda vez que, como hemos podido ver, dejan al margen otros aspectos capitales y de mucho más peso en la formación del alumnado y en la propia concienciación de las personas.

¿Por qué el Género sí y el suicidio infantil no? ¿Y el fracaso escolar, y el maltrato del niño en su propio entorno familiar? ¿Por qué no una campaña a nivel estatal para impedir la ingesta desmesurada de bebidas alcohólicas entre los jóvenes de menos edad y la moda de regresar al hogar de madrugada? ¿Por qué no recuperar la necesidad del máximo respeto a los profesores y a las personas mayores...?

¿Es que no resulta relevante que entre un 15 y un 20% de la población infantil en España, sufra abusos sexuales, especialmente las niñas - Según datos publicados en por la Universidad Internacional Valenciana, en 2012, y eso a pesar de que apenas se denuncia el 2% de los casos?--.

¿Es que esto no les preocupa, señores inventores de campañas formativas?


Aunque, después de leer hace poco que el donante misterioso que ha aportado 30.000 euros a la Ideología de Género en España es el inefable George Soros, tiendo a reafirmarme en que, por encima del matorral, solo se está mostrando la cornamenta del venado.

Pero, por la otra parte, tampoco entiendo la excitada pataleta de colectivos, en su mayoría católicos, a los que se supone una atención constante y primorosa en la educación de sus hijos en el seno de la familia... O a lo mejor es que no es así, y la única orientación en ese sentido de identidad sexual solo se la dan en el colegio, lo cual justificaría en parte el terror a dejar totalmente en manos de extraños la futura identidad de los menores.

Tampoco veo autobuses anaranjados clamando por denunciar a los abusadores de todo tipo, pero especialmente a los que se protegen y enmascaran en el seno de la Institución Eclesiástica, como el escandaloso caso de los treinta testimonios de niños, ahora adultos, que han denunciado los peores abusos sexuales dentro del movimiento Sodalicio en el Perú. Denuncia a la que la Iglesia ha respondido del modo más tibio posible, desviando la atención o acogiendo a los acusados y hurtándolos a la Justicia correspondiente.

Claro que puede haber quien otorgue la categoría de formación de género al hecho de obligar a un menor a masturbar a su director espiritual.

Hay más, mucho más, detrás de todo esto; vemos muy poco, y, la mayoría de las veces, las personas bienintencionadas responden, de un modo u otro, a los estímulos disponibles.

¿Quién no va a desear lo mejor para sus menores?, aunque en esencia estén equivocados en sus planteamientos.

¿Quién no va a querer erradicar la Violencia de Género?, aunque a eso no contribuya en un ápice el hecho de reconocer la propia identidad sexual? -- ¿o es que al abusador machista le va a importar que su compañero de colegio se sintiera mujer a pesar de tener pene?--.

No estamos en lo que deberíamos estar, esa es mi opinión, sino metidos en una guerra en la que oímos los tiros, pero no vemos a los tiradores.

Por eso, antes de definirme a un lado o a otro, prefiero aguardar a ver qué depara el futuro a cualquiera de las dos tendencias; creo que, para mí, es el modo de mejor acertar.

Mientras tanto, seguiré entre dos aguas.

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