La virtud de exigir

Sin comentarios Con ojos de allá - 11/02/2017 - 8:08 PM

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Tengo una vista privilegiada desde el balcón de mi casa, frente al pacífico y con la bahía de Lima abriéndose a ambos lados, desde Chorrillos a La Punta. Como estoy a la altura del campo de parapente, el paisaje aparece adornado a diario con manchas de colores voladoras que lo adornan durante las horas de luz.

También tengo justo debajo el malecón, y el tráfico que discurre por él en dirección al puente mellizo Villena Rey, un tráfico no demasiado caótico, pero que se empeña en obstaculizar el cruce de los numerosos turistas que desean asomarse para contemplar el océano, y a los que los conductores, insensibles, ignoran por completo a pesar de que, recientemente, se ha señalado el paso "Cebra" que aparece en las fotografías que acompañan a este artículo.

Lo que me llama la atención al respecto es la característica ausencia del menor respeto por las reglas básicas de tránsito que impera en Lima, a pesar de que -lo he repetido varias veces--, en el código está bien clara la preferencia del peatón sobre el automóvil en esos pasos señalados y, en ausencia de ellos, son las esquinas las que señalan el lugar de cruce de los viandantes. Pero nadie con un timón en las manos parece habérselo leído y, si lo ha hecho, lo ha olvidado completamente, o bien prefiere no tenerlo en cuenta al objeto de no perder su precioso tiempo.

Y, al peatón, como se dice en España, "que le vayan dando..."

De un tiempo a esta parte -un tiempo breve--, sin embargo, percibo ciertas señales de educación vial en algunos conductores -pocos, pero que parecen ir en aumento--, que manejan despiertos, ven a las personas a pie y les conceden su derecho de paso, eso sí, teniendo que soportar el claxon del zoquete que va detrás y que le apremia a que avance, aunque sea atropellando el peatón.

Pero hay otro detalle importante a tener en cuenta en esta guerra declarada entre las personas que caminan y las que se mueven en un automóvil, y es la casi total ausencia en los primeros del conocimiento que les permitiría ejercer su derecho a que el vehículo se detenga y le deje pasar.

Como se ve en la primera fotografía, la conducta habitual del limeño viandante es llegar al bordillo de la vereda y, automáticamente, detenerse a la espera de que dejen de pasar carros amenazadores de acabar con su vida si intenta el cruce.

Supongo que es un producto de la experiencia o, como decía antes, del desconocimiento; pero, por propia vivencia, he podido comprobar que el conductor tiende a detener el auto cuando ve que alguien está cruzando la pista. En la segunda foto se recrea esa situación, lo cual viene a decir, explícitamente, que lo que se podría considerar como un abuso por parte del que maneja, es también una dejación de derechos del que va a pie.

No se trata de suicidarse cruzando a tontas y a locas, claro está; pero, como veo a diario y experimento a menudo, iniciar el gesto de cruzar suele determinar que los automóviles se acaben deteniendo para evitar el atropello. Sin embargo, son muy pocos los limeños que se atreven, y ocurre constantemente que, cuando camino, llego a un paso "Cebra", me encuentro con un grupo de viandantes detenidos y esperando la "gracia" de cualquier conductor que decida concederles el paso al que tienen derecho. Yo suelo cruzar -sin dejar de observar los carros que se acercan, pero dejando bien patente mi intención de no ceder mi prioridad en ese caso--, y, entonces, el resto de la gente que esperaba, animada por el ejemplo del más temerario -en ese caso yo mismo--, inicia el cruce, acelerando el paso y sin dejar de lanzar miradas de temor hacia el frontal de los autos que, milagrosamente, se han detenido.

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También, todo hay que decirlo, la Municipalidad designa algunas horas al día a un agente de tránsito para que controle dicho paso, al cual detiene a los vehículos cuando se acumula un número aleatorio de peatones, con lo que se evitan males mayores, pero, a la vez, se da a los turistas la oportunidad de llevarse de regreso a su país una pésima imagen del conductor limeño.

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Es solo un ejemplo, un detalle, que viene a afirmar la poca predisposición del limeño, y el peruano en general, a exigir sus derechos, y que le empujan a tolerar lo inaceptable, con tal de no aparecer como "el malo de la película".

Supongo que son muchos años de costumbres arraigadas y heredadas de tiempos anteriores, entre las que destaca un respeto  excesivo al automóvil que, en otras épocas, simbolizaba el estatus superior de quien se podía permitir tal lujo.

Hoy día, en que casi cualquier ciudadano puede adquirir un carro, pervive aún esa subordinación del caminante hacia el privilegiado propietario o, simplemente, al que la necesidad obliga a ganarse la vida atado al timón de un carro.

La enseñanza a extraer de todo esto es que, sin esfuerzo, no hay derechos que se puedan ejercer, pues siempre hay que luchar por ellos. Si un profesional quiere buscarse su puesto en el mundo laboral, deberá gastar su caudal de energía en prepararse y, después de obtener su titulación, hacerse un hueco en un mundo repleto de competencia.

¿Cómo no hablar, además, de todos los logros sociales que, desde la conocida Revolución Francesa, han jalonado la historia del ser humano y la sociedad en la que pretende vivir? Eso por no hablar de las sucesivas luchas y reivindicaciones que han hecho de nuestro mundo, poco a poco, un lugar más amable para todos nosotros.

Pero, con el ejemplo de los pasos "Cebra", en Perú no parece que exista una tendencia general a participar en esa lucha, y pudiera ser que esa indolencia al hecho consumado no viniera de ahora, porque, quizá, sea uno de los motivos de aspectos inexplicables de su historia, como por ejemplo el hecho de que la emancipación que independizó al país corriera a cargo de dos personajes principales, San Martín y Bolívar, ninguno de los cuales era peruano, lo cual seguramente influyó en que, de aquel inmenso virreinato, al verdadero Perú le fuera asignado un territorio infinitamente menor; cosa que no ocurrió con Brasil, que supo conservar tras su independencia la integridad total de su extensión, a pesar de que, igual que el virreinato del Perú, estaba constituido por distintas identidades estatales.

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En esta vida es necesario, imprescindible, exigir, protestar y, como se dice coloquialmente, "poner el grito en el cielo" cada vez que una costumbre o el descaro de alguien pisotee nuestros derechos. Aún a riesgo de que te acaben atropellando, no hay que dejar pasar la ocasión de manifestar la disconformidad ante el abuso de quien quiera saltarse la ley o cualquiera de las normas; hay que echar el pie hacia adelante, ocupar el paso "Cebra" y demostrarle al conductor que uno está dispuesto a defender lo que el derecho le otorga, porque, en el caso contrario, la situación puede volverse insostenible, como parece que podría ocurrir con la larga lista de políticos -encabezados por sucesivos presidentes-- que parecen estar implicados en el robo descarado de las arcas del Estado.

Tal vez, todos ellos, se sintieron protegidos por la conocida idiosincrasia que suele impedir al pueblo manifestar sus exigencias.

De todo lo heredado por los peruanos del carácter español, lo bueno y lo malo, se echa de menos la conocida capacidad hispana de protestar a las primeras de cambio, de alzar la voz en cuanto se vislumbre la ocasión, y aun cuando la protesta resulte excesiva en relación con el agravio. Pues es esa tendencia a la rebelión lo que acaba convirtiéndose en la sana y provechosa virtud de exigir lo que a cada uno le corresponde.

 

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