El Elegido

Sin comentarios Con ojos de allá - 02/02/2017 - 11:51 AM

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Caramba, hay que ver cómo están las calles, repletas de manifestantes; los medios de comunicación, haciéndose eco del rechazo popular hacia el recién elegido presidente de los Estados Unidos; las redes sociales, hirviendo, empapadas de justa ira divina hacia el Elegido...

Prácticamente no hay nadie en el Mundo que no haya expresado alguna opinión respecto a Donald Trump, y son mayoría los que demuestran su crítica, su rechazo, e incluso su repugnancia hacia aquél que se ha alzado con el poder en la nación más poderosa del planeta.

Y le odian, sobre todo porque, al contrario que muchos de sus antecesores y contemporáneos de las cancillerías del Mundo, no se corta un pelo en echar por esa boca todo cuanto forma parte de su ideario ideológico, anunciando medidas, desvelando proyectos futuros y dejando claro por qué camino va a ir su política en los próximos cuatro años.

¡Qué enorme diferencia con los que le han precedido! ¿Cómo no hace gala de las mismas virtudes con que el resto de los líderes mundiales se plantan ante las cámaras o firman decretos y leyes?

No ha aprendido Trump, todavía, que lo que el pueblo quiere, lo que está bien visto, es que el mandatario se estudie el guión la noche antes, se lo aprenda y salga a escena interpretando su mejor papel de personaje íntegro, comedido, bonachón y, sobre todo, liberal. Da lo mismo qué disposiciones se adopten por detrás,  ya se encargará el ejecutivo -y sobre todo el gabinete de imagen-- de hacerlas parecer una cascada virtuosa emanada de un corazón generoso y bueno, por más que sus consecuencias sean como palizas implacables para los perjudicados -no hay ley que no los tenga--. Pero no, este Trump, lleno de desfachatez, se atreve a decir a boca llena lo que piensa y, lo peor, lo que va a hacer de cara a la política interior y exterior de su país.

Parece mentira cuánta torpeza... Hay que aparentar pulcritud y bonhomía, hay que abrazar niños, pellizcar en la mejilla a varias mujeres de piel negra y hacerse selfies con alguna musulmana -eso sí,  que lleve pañuelo para que se note en la foto--. Hay que cantarle al mundo que el gobierno del que es cabeza opta por el diálogo con los yihadistas de Irak, Pakistán o Siria, y que todos los que sufren encontrarán cobijo dentro de sus fronteras y bajo el manto protector de esa misma bandera que, en sus países de origen, suelen quemar mientras entonan cánticos a la grandeza de un Dios que, a lo que se ve, es incapaz de echarles una mano.

Como primer estadista mundial, tiene la obligación de abrir sus fronteras a todo aquel que desee instalarse en el interior de su territorio. No importa la cifra, ni la ausencia de la menor identificación, ¡pasen y vean! Y hay que firmar con rapidez un paquete de medidas para extraer del presupuesto nacional lo necesario para crear infraestructuras donde atenderles y, además, para proveer un subsidio digno que les permita vivir, una vez que se den cuenta de que no es preciso trabajar para contar con unos ingresos.

Hay que ser conscientes de que, con una población de cuatrocientos millones, muchos van a protestar cuando vean que se destina tanto presupuesto a gastos no específicos del propio Estado; pero es igual, porque para eso están las Policías estatales, la Federal e incluso la Guardia Nacional. Y no es preocupante echar mano de las fuerzas represivas. Si hay disturbios, ellos -los Cuerpos de Seguridad del Estado-- serán los chivos expiatorios al tener que soltar zurriagazos para mantener el orden, y el cabreo popular se dirigirá hacia ellos, no hacia ti, estimado presidente, que podrás salir en la TV con cara de preocupación, lamentando haber tenido que llegar a extremos como ese.

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¡Hay que ser más hábil, Donald!

Hay que pensar en la globalización, no en aislarte del entorno turbulento y fijarte en tu país solamente.

Hay que pensar en la multinacionalidad de las empresas, para que sigan produciendo al precio más bajo posible y a cambio de sueldos miserables pagados a los habitantes de países atrasados.

Hay que impedir la creación de resortes que impidan un control eficaz de la escoria que puede acceder a tus fronteras, camuflada entre la masa de personas decentes.

Hay que tener en cuenta, no a quienes te han votado -con alguna secreta y oscura intención--, sino a quienes demuestran rechazo al torpe sistema capaz de poner en el poder a alguien no celebrado o querido.

Hay que ir pensando en crear un gabinete que estudie cómo modificar la Constitución y las leyes para que, en las próximas elecciones, no gane el que se lo merezca, sino aquél que responda a los deseos de quienes más gritan.

Hay que hacerse a la idea de que es necesario liquidar el sistema democrático de una vez por todas, porque eso produce mucho más bienestar y progreso -no hay más que fijarse en Venezuela, Corea del Norte o la cercana Cuba--.

Eso sí, ni soltar palabra del asunto, y dejar que sean comités o comisiones poco definidas quienes lleven adelante todo esto. Y, mientras tanto, tú, a lo tuyo: visitar geriátricos, hacer regalos por Navidad a niños con cáncer o enfermedades raras; a inaugurar centros interculturales; visitar países extranjeros; bailar ritmos étnicos variados; obligar a tu esposa a que se ría ante las cámaras; quitar tanto dorado en la decoración; adoptar animales como mascotas de la Casa Blanca; promover políticas de igualdad y, sobre todo, sobre todo, hombre de Dios, hablar de la igualdad entre sexos -al menos, el idioma inglés apenas discierne en el género, y no tendrás que recurrir al "estadounidenses y estadounidensas"--. Ya verás cómo, si te dedicas a eso, en vez de meter las pezuñas de cara al público en los asuntos capitales, te va a ir mucho mejor.

Luego, en la intimidad del despacho oval, puedes hacer lo que te salga de ahí mismo, sin que te tiemble el pulso; pero, por lo que más quieras, no le cuentes a la gente que al terrorista hay que sacudirle un par de leches para que revele dónde está su compañero del chaleco explosivo.

Si, por desgracia, sufres atentados o la economía se te va al carajo, siempre te quedará el recurso de echarle la culpa a alguien -ni nombrar al Banco Mundial o al Fondo Monetario Internacional, que entonces te la cargas del todo--, y dolerte de que en el altar de las libertades y la democracia, la mano cruel del terrorismo ha vuelto a golpear. Tendrás que decir algo parecido a: "¡No nos vencerán!" o "¡Nunca podrán con la Democracia!", mientras entierras a las víctimas y un marine hace sonar su trompeta cromada; pero, créeme, nadie va a escuchar esas mentiras que digas, y mucho menos creerlas; aunque, si no las dices, te lo echarán en cara.

Y, por lo que más quieras, tíñete el pelo de oscuro y, si puedes, rízatelo; es lo que se lleva este año.

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