Otra realidad

Sin comentarios Con ojos de allá - 27/01/2017 - 4:24 PM

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He visitado España recién, tres semanas que comenzaron con este 2017 y que, vistas a posteriori, se han hecho cortas, muy cortas, a pesar del frío atenazador.

Porque, como en la canción de Serrat/Benedetti, "la noticia era el frío".

Un frío evidente, grandioso, acuciante y, también, muy frío, por supuesto. Y no es cosa de estar o no habituado, ya que todos los que allí residen lo están, y sin embargo sufren lo que no está escrito. Porque cuando las temperaturas bajan del "cero", y siguen bajando, ya no hay prenda que te aísle. Te forras y te proteges; pero eso te permite mantenerte vivo, no dejar de sentir el frío.

Felizmente, España sigue siendo el país líder en número de bares -1 por cada 7 habitantes--, lo cual arroja una respetable cifra de casi siete millones de establecimientos donde te pueden servir, prácticamente, de todo -incluida la calidez del interior, siempre, como todas las viviendas, provistos de calefacción--, aunque lo perentorio sea un café con leche bien caliente o un reconfortante chocolate igualmente ardiente o una espirituosa copa de brandy, con los que vas recuperar la temperatura idónea, la dinámica para moverte y la alegría de vivir, antes de afrontar de nuevo el exterior.

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Pero, debajo de la gélida capa que parecía presidir la vida en la calle, no me costó detectar la idiosincrasia de siempre, el modus vivendi del español, que se caracteriza, especialmente, por su capacidad para protestar y por su apego a las relaciones sociales, de modo que, aún bajo los efectos de la cruel ola de frío polar que ha barrido Europa durante casi todo el primer mes del año, la calle bullía, llena de vida; los establecimientos públicos se veían abarrotados y, en lo referente a los restaurantes, mejor hacer reserva de mesa si no te quieres quedar en la calle esperando sitio.

Y estoy hablando de días laborables, no de festivos, donde las cifras de triplican, y eso a pesar de la vociferada y denostada crisis cuyos coletazos, al parecer, siguen golpeando a los menos favorecidos económicamente, de manera que no me deja otra opción que pensar que esos maltratados por la fortuna son un porcentaje bien reducido de la totalidad de los cuarenta y siete millones de habitantes con que cuenta la nación.

Sólo así se explica que, estas pasadas Navidades, el gasto por habitante haya alcanzado los 682 euros, representando una cifra total de más de treinta y dos mil millones, de la cual se ha destinado la mayor parte a comida (31%) -sí, sí, porque los españoles, igual que los peruanos, disfrutan comiendo--; para viajar, en cambio, se ha destinado un 19%, y el 11% restante en ocio, es decir, lo que se entiende por gastos superfluos.

Esto coloca a España en el primer lugar de la Unión Europea en lo referente a gastos navideños, y, por si los porcentajes no son lo suficientemente explícitos, podemos concretar que casi diez mil millones de euros han servido para rellenar los frigoríficos y las despensas; seis mil millones se han ido, a través de las agencias, para pagar hoteles y pasajes, y tres mil quinientos han cambiado de manos en lo que se denomina como "ocio", donde cabe todo, desde el regalo a los seres queridos como los propios caprichos que, en Navidad, se consideran menos superfluos.

Qué duda cabe que todo este monumental movimiento económico actúa como un potente revitalizador de la economía, creando puestos de trabajo -algo tan necesario por allá--, aumentando los beneficios de los empresarios, quienes, a su vez, se convierten en consumidores que gastan lo que otros le han permitido ganar: el colorido y alegre carrusel del Capitalismo, vaya.

Así, díganme ustedes si, a la vista de las cifras expuestas, alguien en su sano juicio se atreve a hablar de crisis económica; pero ahí entra en juego esa otra característica tan española, la pasión por la queja. Pero a mí no me la dan mis paisanos, porque les he estado espiando estos días -en plena "cuesta de enero", por Dios-- y no he dejado de ver los bares repletos, los restaurantes, los cines y las carreteras, por las que más de cinco millones de vehículos han salido en busca de destinos para pasar los sucesivos "puentes" festivos.

Incluso analizando los rasgos más oscuros del sentir español, la impresión más llamativa de todas es la alegría que reina en las calles. Es como si todo el mundo, después del despertar brusco a la realidad que no se veía, hubiese acabado por asumir que la corrupción política es algo secundario, que el temor a un atentado yihadista sólo existe en las mentes grises de los Servicios de Inteligencia, y que, pase lo que pase, nada ni nadie va a arrancar la simpatía en los rostros de los españoles, también líderes en Europa a la hora de saber divertirse.

Madrid era una fiesta, a pesar de que ya iban desapareciendo los adornos navideños; Málaga, con un clima más benigno, no digamos; y en todas partes se desbordaba hacia las calles, plazas y parques un ambiente que tenía mucho de compromiso con la alegría de vivir. Luego, reunidos en torno a unas buenas raciones de marisco y saboreando cualquiera de los cientos de vinos que da la tierra, llega la hora de enjuiciar la vida, de intercambiar experiencias negativas en el trabajo o en la política, para tener motivo para cabrearse y, por supuesto, quejarse de la "porquería de vida que tiene uno que llevar".

Quizá sea, también, un buen invento español para sentirse mejor, y así tener la excusa de pedir otra ronda y poder marcharse a casa con la sensación de haber contribuido a arreglar el mundo. Sabia manera de reconciliarse con los aspectos más negros de la existencia y hacerlos formar parte del propio panteón de dioses y demonios.

En definitiva, frío, mucho frío, y una inteligencia desbordante para conseguir que las situaciones externas no te amarguen la existencia.

Esa es la España que he visto, y en la que he reconocido a mis paisanos, artistas todos en el arte de convocar la felicidad a su alrededor, a costa de saber emplear una justa dosis de cabreo genérico, sin el cual resultaría un poco aburrido vivir.

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