El destino de todos

Sin comentarios Con ojos de allá - 09/12/2016 - 11:58 AM

Los que me conocen saben de mi cercanía al mulamia.jpgndo de la Aeronáutica, por afición y también por profesión. Salvo una, no hay ninguna de mis novelas en las que no aparezca de algún modo una aeronave, de distintas épocas o por diferentes motivos. Por eso, puedo afirmar que hay una cosa, una sola maldita cosa, que todos los aviadores del mundo van a respetar y vigilar, y es la posición del indicador de combustible.

Como escribía Richard Bach, el gran poeta del vuelo, personas que no creen en nada, que incumplen preceptos y liturgias, desprecian los reglamentos y viven de un modo totalmente ajeno a cualquier norma, son devotos y extremadamente observantes de lo que te indica la aguja que marca la cantidad de combustible, que siempre es una sentencia inapelable.

Todo lo demás puede variar, y estar sujeto a interpretaciones; siempre hay un componente relativo que modera o magnifica el resultado de un cálculo, excepto eso:

Si hay combustible, vuelas, si no, te caes al suelo.

Y no hay otra. Por eso la atención que, en la aeronáutica, se concede a este elemento, y se toman las medidas necesarias para obviar cualquier error que te vaya a dejar sin el alimento imprescindible de lo que te sostiene en el aire, es decir, los motores.

Los cálculos pueden ser complicados, por cuanto aún hay lugares del planeta donde, al medir, se mezclan litros con galones o kilos con libras -de hecho ha habido algún accidente provocado por un error de los encargados de repostar--; pero una ligera comprobación antes del vuelo, por parte de los pilotos, las va a revelar si la cantidad de combustible es la necesaria para el trayecto, añadiéndole además lo necesario para salvar algún retraso o alcanzar un aeropuerto alternativo.

Y, como decía al principio, este apartado de un plan de vuelo es la biblia que hay que seguir para tener un feliz término del mismo.

Pero, en el caso que ya ustedes intuyen que estamos tratando, no es sólo ese detalle el que provoca la catástrofe. Porque, para evitar ese tipo de errores, existe lo que se conoce como Plan de Vuelo, que es un documento en el que el comandante de la aeronave expone sus intenciones y cómo ha preparado el trayecto entre aeropuerto de salida y el de llegada. Es un formulario que contempla todas las posibilidades, y de su correcta cumplimentación da fe el funcionario de la Oficina de Tráfico correspondiente, al estampar su firma y tramitarlo, ya que, sin ese requisito, la torre de control no podrá autorizar el vuelo.

Fue una oficial boliviana del aeropuerto de Viru-Viru, la señora Celia Castedo, la que, como pudimos oír y leer en los medios de comunicación, puso cinco reparos al Plan redactado el día antes por el comandante Miguel Quiroga y entregado por un técnico, entre ellos, que la ruta señalada entre Santa Cruz de la Sierra y Medellín, le iba a suponer un tiempo de vuelo exactamente igual al de la autonomía máxima del avión, lo cual transgrede la norma de los treinta minutos de más con que debe contar el aparato.

No obstante, el vuelo salió.

Y resulta curioso atender a las propias declaraciones de la inspectora Carcedo, cuando cuenta que, el día anterior, al referirse a los datos de autonomía incorrectos, Álex Quispe, el técnico de Lamia que presenta el Plan de Vuelo -y fallecido en el accidente-- le responde: "Así no más lo presento, lo hacemos en menos tiempo, no se preocupe [...] tranquila, eso está bien, ahí no más déjemelo".

Frases bien familiares por estos lares americanos, pero que indican dos cosas, que la compañía ni se planteaba tomar tierra en Cobija, sino que "harían el vuelo en menos tiempo", y, la segunda, que, a pesar de que la función de Carcedo era paralizar todo hasta que el documento oficial no estuviese bien cumplimentado, no solo lo firmó, sino que alguien se pasó la normativa por el orto y el Plan de Vuelo acabó en la bandeja de los autorizados.

Ni quisiera preguntar cómo, pero es fácil de sospechar en cuanto dejemos entrar la veta de la informalidad por todos aquellos resquicios que parecen existir al sur del ecuador, y unos palmos más al norte también.

Y no solo eso. La atribulada agente de Tráfico Aéreo se explaya al decir que suponía que el avión tomaría en Cobija -justo en la frontera norte del territorio boliviano--para reponer el combustible y poder llegar con holgura a Medellín, o bien que lo haría en Bogotá.

No sabemos de dónde sacaba esas suposiciones, puesto que la única forma de que fuesen efectivas hubiera sido incluyéndolas en el Plan de Vuelo nuevo que Lamia hubiese tenido que redactar, una vez que ella, fiel a su obligación, hubiera hecho trizas el primero -que, además de los errores comentados, presentaba correcciones y tachones proscritos por la normativa internacional--. La consecuencia de ese sencillo gesto de rasgar en dos un papel, hubiera hecho que setenta y una personas siguieran vivas hoy día, en lugar de acabar desperdigadas sobre un cerro colombiano.

Sólo rasgando en dos una hoja de papel.

Y ni siquiera se sostiene la suposición de la agente de que la escala en Cobija podía resolver el asunto de la falta de combustible, puesto que ese aeropuerto no está capacitado para operaciones nocturnas, y, a la hora en que el vuelo 2933 de Lamia iba a sobrevolarlo ya habría caído la noche. Es decir, que lo de la escala en Cobija era un cuento chino con el que no se sabe si el técnico quiso salir del paso, o la inspectora trató de acallar su conciencia para poder dar vía libre a la autorización de ese vuelo.

Tampoco es descartable la opinión de algunos profesionales de que la doble condición de Quiroga de piloto y socio propietario de la compañía habría influido a la hora de pasar por alto, como comandante, lo que su faceta de empresario le urgía a realizar. Eso por no sospechar que, con el vuelo directo a Medellín sin escalas, Lamia se ahorraba los 4.827 dólares -a $ 1,57 el galón-- que hubiera costado repostar en Bogotá las más de 20.000 libras de combustible necesaria para rellenar sus tanques.

Puede que también hubiera un apresuramiento excesivo; puede que, incluso, esa misma filosofía del "déjelo ahí no más" hubiera propiciado que el avión -el único de tres que podía volar-- llevara en sus entrañas más de una anomalía pasada también por alto gracias a esa especial indolencia en el cumplimiento de las normas a la que, como mucho, se la suele tildar de informalidad, en lugar de referirse a ella como lo que es, una violación de las normas, cuando no un delito.

Latinoamérica es muy permisiva con los errores humanos, tolera la flaqueza de quien tiene a su cargo tareas primordiales y cierra los ojos habitualmente a las medidas de seguridad. Hasta que no ocurre, la tragedia no existe. Luego se llora desgarradoramente y se busca a los culpables, pero a pocos se les ocurre prevenir el desastre cumpliendo las prevenciones marcadas por la experiencia. Es como cuando a un limeño se le pregunta por qué cambia de carril sin activar el intermitente, y te responde de un modo parecido al "déjelo ahí no más" con el que Celia Carcedo se dejó convencer por Álex Quispe.

Si no hubiese ocurrido nada, si un viento de cola favorable hubiese permitido que el vuelo 2933 hubiese tomado tierra en Río Negro, aunque fuese con los motores ya apagados, nadie se habría enterado del cúmulo de despropósitos, temeridades y falta de rigor que rodeaba a esa operación chárter. Pero no ha sido así, y la miseria ha emergido a la luz. Sólo falta querer creer que cosas así no ocurren, a cada rato, a nuestro alrededor.

El resto de la historia ya la conocen; hemos podido oír incluso la voz apurada del piloto cuando anunciaba un fallo eléctrico total al haberse agotado el combustible -las baterías de a bordo sólo proporcionan un mínimo de energía necesario para las funciones más básicas, mientras, al carecer de empuje, el avión se va al suelo irremisiblemente--, y pedía vectores para la aproximación cuando las crestas de los cerros debían de estar pasando a pocos metros de la panza del avión.

Luego, el silencio.

Lo terrible de todo esto es que si los muertos hubiesen sido los nombrados a lo largo de este texto, la tragedia tendría el sesgo de tolerancia que da la exclusiva responsabilidad de los implicados. Pero no es así, ya que los errores y displicencias  de unos pocos -la maldita informalidad de siempre-- ha señalado con el dedo huesudo de la muerte el destino de todos los demás.

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