Del otro lado

Sin comentarios Con ojos de allá - 24/12/2016 - 2:22 PM

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Una de las habilidades que se reconocen en las personas es su capacidad para ponerse en la piel del otro -en sus zapatos dicen los anglosajones--. Colocarse en la situación del contrario, o el diferente, ayuda mucho a ver la situación desde otra óptica, casi siempre más ajustada a la realidad y, también, más equilibrada.

Una de las habilidades que se reconocen en las personas es su capacidad para ponerse en la piel del otro -en sus zapatos dicen los anglosajones--. Colocarse en la situación del contrario, o el diferente, ayuda mucho a ver la situación desde otra óptica, casi siempre más ajustada a la realidad y, también, más equilibrada.

Por eso me propuse saltar la frontera que actualmente se yergue, inmisericorde, entre el Occidente cercado por la agresividad violenta de los llamados yihadistas, y el ámbito extenso y variopinto por el que se mueven esos enemigos de la Libertad y la Democracia.

La sorpresa, oigan, ha sido morrocotuda.

Así, a vuela pluma y sin considerar datos que añadirían certeza a las meras impresiones, hay que reconocer que es un verdadero chollo ser terrorista, especialmente si provienes de un país de Oriente Medio, te identificas como refugiado y logras penetrar el cordón que separa los dos mundos para insertarte en el seno de aquello a lo que deseas atacar.

Los puntos débiles de Europa -hablemos de la parte de Occidente más cercana al origen de la barbarie--están claros para todos -excepto, claro está, para los propios europeos--. La supuesta deuda moral de los países antaño colonialistas juega a nuestro favor -al de los guerreros de Alá, se entiende--, ya que es principalmente esa mala conciencia la que ha generado la visión errónea de que el europeo se ha aprovechado ilícitamente de los recursos de estos países periféricos para lograr su prosperidad.

Eso es importante, aunque haya algunos que rebaten este mea culpa con argumentos más que sólidos --el principal de ellos es que, en el juego competitivo de la supervivencia, "unos países han hecho a otros, lo que los otros no han podido hacerles a los unos"--, esas consignas no prosperan ante la imagen desvalida de los miles de emigrados que buscan entrar en la Unión Europea huyendo de sus territorios de origen.

Así pues, ya está clara la forma de llegar, aunque sea necesario arriesgarse a comenzar un viaje lleno de peligros -casi siempre por mar, excepto si se salvan las abiertas fronteras terrestres de los países de Europa del Este, o se saltan las vallas de Ceuta o Melilla, en el Norte de África--. Un viaje peligroso que, no obstante, lo es menos para alguien situado en una franja de edad que va entre los dieciséis y los cuarenta años, habituado a moverse en las duras condiciones de vida de los países del Tercer Mundo, y especialmente si ha recibido entrenamiento militar.

Un periplo complicado y amenazante que, al final -y salvo que te toque engrosar la lista de muertos, en la que tienen prioridad las mujeres, los enfermos o más débiles, los ancianos y los niños--te va a permitir ser uno más de los miles de acogidos por la facilona generosidad europea.

A partir de aquí, solo se debe elegir bien el territorio en el que uno va a asentarse. Hay distintas posibilidades, pero la mejor elección planea en torno a Alemania o Francia -hay millones de inmigrantes, por lo que es fácil pasar desapercibidos--, Bélgica u Holanda -los belgas tienen fama de torpes y los holandeses de permisivos--; los países escandinavos -de una climatología arisca--, y España o Italia, más agradables de vivir, pero donde el nivel de vida más bajo obliga a buscar trabajos menos remunerados.

Cierto es que los últimos atentados perpetrados por los camaradas mártires han puesto sobre aviso a las Policías y Servicios de Seguridad de todos esos países; pero la facilidad con que los anteriores han conseguido cumplir sus objetivos viene a confirmar que no son un obstáculo demasiado importante. Porque siempre juega a favor todos esos resortes con que los europeos han conseguido fabricarse una vida cómoda y avanzada, donde todo el mundo es inocente y bueno, la libertad individual y colectiva está por encima de cualquier otra consideración y el foráneo goza de unos especiales privilegios con los que los gobiernos europeos huyen de dar una imagen dictatorial y opresiva, de modo que, como se ha demostrado a lo largo de dos años de campaña, nadie ha sido capaz de prever dónde se iba a asestar el siguiente golpe, por más que sus autores se hayan estado moviendo impunemente y sin el menor cuidado de un sitio para otro, entre tanto conseguían elegir sus objetivos y procurarse el material necesario; y es importante tener en mente que, si no se pierden los nervios de un modo descarado, nada hará que se nos pueda diferenciar de cualquiera de los millones de emigrantes -sean refugiados o no-- que campan a sus anchas por cualquier rincón de las ordenadas, limpias y pacíficas ciudades europeas, donde ninguna amenaza puede hacernos temer.

Hay fuerzas, no obstante, que se oponen a nuestra planeada victoria, sobre todo en forma de partidos políticos radicales que estarían dispuestos a echarnos a patadas, pero gozan de mala prensa, y el talante pacifista y timorato de la mayoría no va a dejar que prosperen esos movimientos fascistoides que darían una mala imagen de la cuna de la Democracia.

Salir indemne de la acción reivindicadora -ellos, los europeos les siguen llamando atentados, por más que no sepan cómo protegerse de ellos-- es algo secundario, ya que la verdadera gloria del mártir radica en caer bajo las balas de la Policía; es decir, que casi todo juega a favor de quienes desean asestar un golpe tras otro a ese sistema decadente y corrompido, para lograr acabar con el único ejemplo de un mundo civilizado que tanto estorba a nuestros propios intereses.

Luego, cuando Europa sea un montón de ruinas y sus gentes una masa desconcertada y temerosa, tal como ocurre ahora en nuestros países de origen, le tocará el turno a América antes de que el Gran Satán de Washington pueda reaccionar. Y, más tarde, cuando todo el planeta esté bajo el manto piadoso de la Sharía y el verdadero temor a Dios, habrá culminado nuestra santa guerra en busca de la igualdad de todos los hombres.

Verdaderamente, una perspectiva risueña e ilusionante.

 

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