Da igual qué compañía elija...

Sin comentarios Con ojos de allá - 01/12/2016 - 4:37 PM

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Ha muerto Fidel Castro, dicen, pero, como estoy incomunicado, no sé si es cierto o se trata de un bulo más.

Hace bastantes meses, tuve que salirme de Telefónica -yo ya la llamaba en España Teleafónica--, porque el servicio que brindaba en Perú es un desastre. Internet lento, y cortes frecuentes en el servicio. Me pasaba el día desconectando y conectando el router -después de diez segundos de inactividad--, para descubrir que nada cambiaba, salvo mi cabreo, que iba ascendiendo en la escala, por más que, consciente de que el operador que atendía mi llamada de queja no era el culpable de nada, procuraba mantenerme calmado mientras el otro trataba de encontrar una solución a mi problema, mi repetido problema de ineficacia en la línea.

Tras la suficiente colección de despropósitos, decidí cambiarme de compañía.

Suele ocurrir que el humano tiene una tendencia -sospechosa tendencia--a imaginar que lo bueno siempre está por venir. Quizá por eso se juega tanto a la lotería -no uso el término peruano Polla, porque no he conseguido que deje de impactarme--; no se entiende de otra manera que haya personas que se pasan la vida esperando que le toque el cupón que ha elegido, precisamente ese, entre varios millones de posibilidades. Como oí en la radio el otro día, jugar a los sorteos es la peor manera de invertir el dinero.

Parece que es cierto, esta vez, que Fidel Castro ha muerto, pero no puedo comprobarlo porque no tengo Internet.

Porque, si mantuviéramos el mismo rango de esperanza en lo imposible, ¿por qué no experimentar el mismo pálpito de que vamos a sufrir un accidente cada vez que hacemos un viaje en auto, o nuestro avión va a estrellarse antes de alcanzar su destino? Las posibilidades de uno y otro son mayores que el hecho de que coincidan los cinco dígitos que guardamos en el bolsillo a la espera de que nos vuelvan millonarios. Pruebe si no y pregúntese a cuántas personas conoce que hayan tenido un accidente de tránsito -personas cercanas, se entiende--, y a cuántas conoce que les haya tocado la lotería...

Hasta a Fidel Castro le ha tocado la china sólo por el mero hecho de haber nacido.

Pues, como decía, decidí mudar mis trastos teleafónicos por un contrato con otra compañía. Me habían dicho que Claro funcionaba bien -mejor dicho, que no funcionaba mal, que es la forma que usamos para camuflar deficiencias no demasiado ostentosas--, y contraté uno de los paquetes que ofrecen, prometiendo de todo -velocidad, no sé cuántos megas, servicio integral y el mejor precio del mercado--, de manera que los técnicos, afanosos y un tanto torpones al moverse en espacios desconocidos, acabaron por descubrir el intrincado camino por el que hacer pasar el cable y, ¡voilà!, la señal clarista sustituyó a la irregular que Telefónica había estado intentando prestarme, sin conseguirlo. Con una salvedad, que en el caso de Claro, todo funciona por el mismo sistema, es decir, que teléfono, internet y televisión dependen de un solo cable que penetra en mi domicilio como esos catéteres que los médicos insertan en tu organismo para curarte.

¡Qué descanso, qué satisfacción!

Ni el camarada Fidel, al morirse ayer, habrá sentido tanto alivio.

Durante unos días, alrededor de dos semanas, no hubo problema, y uno comienza a pensar en lo torpe que ha sido al elegir la compañía anterior, existiendo la posibilidad de contratar con Claro y liberarse para siempre de la angustia de no saber cuándo va a ocurrir un corte en el servicio ¿Cómo no lo hice antes...?

Hasta que, tratando de abrir una página de noticias en la computadora, aquello empieza a demorarse hasta que aparece el anuncio de Windows que te avisa de que no hay internet. En la barra de tareas, el iconito con el triángulo de alerta, indicando fallo en el sistema.

¡Caramba!

Llamada al canto, voz de dibujos animados que te guía por la maraña de números y cancioncitas de espera, hasta que el operador de turno te pregunta qué deseas.

Hay que hacer constar que, cada vez que uno llama, hay que dar la identificación completa del titular del contrato, incluyendo DNI, y no importa las veces que sea; en cada ocasión en que el desvío del operador u operadora te lleva a otra sección o área, vuelta a dictar la partida de nacimiento, lo cual dice muy poco del sistema que no es capaz de trasladar los datos del cliente que llama.

--Tiene que desenchufar el router... --siempre te dicen.

--..., y esperar diez segundos antes de volverlo a conectar, sí, señorita, lo he hecho MEDIA DOCENA DE VECES YA.

--Ah, correcto, en ese caso le voy a pasar al área técnica para poder brindarle una solución a su problema...

--Pero, señorita, es que...

Musiquita de nuevo y otra voz -esta vez de chico--, de esas que hablan con media lengua y apenas entiendes y que te pide..., ¡que vuelvas a comenzar a identificarte!

Cuando vio que se acercaba la Pelona, es probable que Fidel Castro sintiera el mismo descorazonamiento.

--Le atiende Hkjdf Mltdzk -así lo oigo--, ¿en qué puedo ayudarle?

Vuelta a identificarse, número de DNI, nombre y apellidos de la titular -que es mi esposa--, y nombre completo del que habla...

--Un momento que estamos comprobando el sistema...

No sé por qué, comienzo a pensar que todo ha sido un sueño, que vuelvo a ser cliente de Telefónica y que mi cambio a Claro jamás ocurrió.

--Sí, correcto, señor, detectamos una interrupción en la red. Es un problema zonal que esperamos se solucione cuanto antes ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa?

Bueno, al menos, es de esperar que el tiempo de espera sea corto, total, apenas son las once de la mañana y los operarios tienen muchas horas para solventar la avería...

Tres horas después, recurro de nuevo al celular -sin Internet, no hay teléfono fijo tampoco--, y esta vez voy directo a la queja.

--Quiero presentar un reclamo por el servicio.

Y comienza de nuevo el baile de datos, números y chapurreos apenas inteligibles por entre el bosque de voces paralelas que, es un suponer, tratan de calmar a docenas de clientes que llaman, igual que yo, para preguntar o para quejarse.

--Le voy a dar un código que identifica el reclamo, y en un periodo de tres días recibirá un correo electrónico con la respuesta de la compañía ¿Puedo ayudarle en alguna otra cosa...?

Empiezo a pensar en la dicha de morirse, como Fidel Castro, para decir adiós a la necesidad de seguir vivo, y conectado a mis semejantes.

El servicio volvió, claro, pero, en lugar de ser algo anecdótico, como yo estaba dispuesto a creer, ya que mi flamante contrato con "Claro" me auguraba un éxito evidente, los cortes del servicio empezaron a menudear, y hacerse cada vez más repetidos y erráticos..., porque lo que falla realmente es la infraestructura, el soporte físico de algo tan imprescindible como es Internet, por lo que la cosa supera a las propias compañías que, no obstante, persisten en anunciarse cada cual como la mejor.

Aunque suelen acontecer -a los cortes me refiero--durante la madrugada, de manera que la mayoría de los usuarios no los perciben, lo que no sabe Claro es que yo trabajo a diario hasta las cuatro o las cinco de la mañana, con lo que soy el mejor testigo posible a la hora de contabilizar las fallas que, de otra manera, quedarían impunes.

Así comenzó de nuevo la pesadilla que yo atribuía a Telefónica, y, a cada reclamación por corte del suministro, sigue una carta firmada por la Analista de Reclamos para Servicios Fijos, en la que me comunica que, como se ha restituido el servicio, por la presente se da por concluido el reclamo, de conformidad con la normativa aplicable.

Sí, pero, ¿y los anteriores cortes? ¿Y el que estoy sufriendo ahorita mismo? ¿Y los que van a haber en el futuro? Es como si, con toda la sorna del mundo, me respondieran que, sí, que el servicio se corta, pero que, como se restituye, pues no hay nada que hacer.

¡Sólo faltaría eso, que el servicio no volviera! Y yo, de lo que me quejo es de eso, de que se vaya, regrese y se vuelva a ir con la más descarada desfachatez.

Por no cansarles con la muerte de Fidel Castro, abreviaré diciendo que, en la última semana, ha habido cortes del servicio cada noche, y desde el viernes, 18 del corriente, las averías han entrado en una espiral imparable que dura hasta hoy, lunes, en que amanecimos sin sistema, y que, pasadas las ocho de la noche, sigue sin volver.

Además de esto, son tan torpes a la hora de responder a las llamadas pidiendo explicaciones, que casi provocan ternura por lo desconcertados que se oyen los operadores, y digo casi porque, cada vez que dicen una hora en que se espera restablecer el servicio, saben que están mintiendo; pero piensan que el usuario es idiota, y mantienen el "se espera se restablezca antes de las siete del día de mañana..." --dijeron anteayer--, a sabiendas de que no hay nadie intentando reparar nada, sino que, al ser fin de semana, la cosa va estar escacharrada hasta que el lunes regresen los técnicos al trabajo.

Así funcionan aquí las cosas acá, dando largas -primero fue a las seis de la tarde del viernes, a las doce del medio día del sábado, a las diez de la noche, a las siete de la mañana del domingo...

¿Por qué mienten? Porque saben que el cliente está tan domesticado que no va a ir a más, que esperará paciente y festejará cuando, el día que toque, regrese el servicio.

Por supuesto que, a cada uno de mis reclamos, ha correspondido una reducción de la tarifa proporcional a las horas de interrupción; pero, para ello, ha sido necesario mucho tiempo perdido al teléfono y otras cuantas quejas presenciales en la oficina de Claro más cercana, que está a siete cuadras de distancia.

Es decir, que los usuarios normales que no pueden percatarse de que Internet se interrumpe, están PAGANDO mensualmente por un servicio que la compañía NO proporciona, por un suministro ininterrumpido, y esto quizá ayuda a que estas firmas sigan actuando con total impunidad. Total, si nadie se entera...

Y a todo esto, leo en la prensa que un profesional de la informática había tenido que recurrir a la solución de pagar a tres compañías, como único modo de asegurarse que, ante el fallo de una, siempre le quedaba la otra para poder seguir con su trabajo diario. Tremendamente estimulante, vaya.

Queda el recurso de OSIPTEL, el organismo oficial que centraliza las quejas y reclamaciones referentes a telefonía e Internet, que es a donde van a encaminarse mis pasos en el inmediato futuro. Pero, como intuyo que el problema es mucho más importante que un soporte físico defectuoso, me conformaré con que Claro redacte un nuevo contrato en el que especifique que lo que anuncia en su publicidad NO ES CIERTO, y que no puede ofrecer un servicio ininterrumpido por más que lo jure por la memoria de Fidel Castro.

Si simplificamos, se trata de una estafa flagrante, que solo se evita si, de madrugada, estás despierto para comprobar que aquello se corta cada vez que le viene en gana a la empresa.

Y todo eso ocurre en un país que trata de inaugurar una época dorada acariciando el concepto Start-up que -se supone-- va a impulsar su desarrollo. Con empresas como las descritas, y la imperiosa necesidad de Internet para la comunicación, permítanme que ponga en duda ese despegue que a tantos ilusiona.

Y, a todo esto, quince minutos después de las nueve de este lunes, sigo sin poder confirmar si era cierta la noticia de que Fidel Castro ha entregado por fin su vieja alma a Dios.

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