Murallas

Sin comentarios Con ojos de allá - 19/11/2016 - 12:29 PM

Muralla

Si, al final, Donald Trump construye ese muro, estará haciendo exactamente lo mismo -a escala nacional-- que quien decide no parecerse a los europeos buenistas y procura que diez mil voltios le aseguren un sueño tranquilo.

Cuando era pequeño, tenía un fuerte del Oeste americano, con sus casas, su torre abanderada y, por supuesto, su empalizada de madera rodeando todo el conjunto; y una puerta sobre la cual campeaba el nombre del fuerte en concreto.

Tuve dos o tres Fort Apache, y creo que hasta un Fort Rin-tin-tin.

El fuerte venía acompañado de un poblado de pieles rojas, con sus tipis cónicos, su hierba y sus cactus que, como es lógico, mi hermano y yo siempre situábamos fuera del fuerte.

Y aquella empalizada de madera con su extremo superior aguzado me proporcionaba una clara sensación de bienestar cuando, llegada la noche -en el juego--, se cerraba la puerta y quedaban las figurillas del Séptimo de Caballería, los colonos, caballos y carromatos a buen resguardo en el interior.

Con el tiempo supe que, dos mil años antes, las legiones romanas, al acampar para pasar la noche, construían una empalizada de madera para resguardarse de ataques imprevistos, cada día, sin que ni una sola vez se les pasara por alto el dilatado y engorroso trabajo.

Más o menos por la misma época de lectura insaciable, conocí la enorme obra que protegía -y lo sigue haciendo-- la frontera Norte de la China, iniciada por la dinastía Qin y prolongada por las sucesivas hasta superar los 21.000 kilómetros de longitud. En realidad, los chinos se pasaron diecinueve siglos construyéndola, a un costo aproximado de diez millones de obreros, que sucumbieron durante su construcción para que el resto de los chinos se sintieran a salvo de las incursiones mongolas.

Y, si te vas a épocas más pretéritas, ves que casi todos los poblados prehistóricos estaban circundados por murallas, unas más altas que otras, igual que en la Edad Media se afianzó la dinámica de construir castillos abrigados por gruesas murallas festoneadas de poderosas torres.

Porque las murallas protegen, delimitan, dibujan áreas que, de otro modo, estarían expuestas a cualquier eventualidad -- excepto el conocido Muro de Berlín, cuya finalidad era bien distinta, y quizá por eso no ha perdurado--.

Y, cuando me fijo hoy día, me doy cuenta de que, si hay algo que nos iguale a todas las culturas, épocas y civilizaciones, es nuestra afición por elevar tapias, muros y  murallas. Y parece que el humano no se siente a gusto del todo si no tiene una defensa ostensible a su alrededor.

Es lo primero que se hace cuando compras una parcela de terreno, arañar parte del presupuesto para levantar una cerca, lo más alta posible, y evitar que algún intruso se establezca en lo que es de tu propiedad. Lo mismo ocurre con las viviendas actuales. Condominios, urbanizaciones y hasta chalets individuales echan mano de su correspondiente valla para aislar la propiedad del entorno inmediato, y se completa la obra colocando cámaras de vigilancia y sensores que alertan si algún indeseable está intentando vulnerar el obstáculo para colarse en el interior, quién sabe con qué intención, aunque lo más probable es que sea inconfesable, ya que, de otro modo, llamaría a la puerta.

Sin embargo en Europa -- y menos en España-- no se hace una cosa que aquí en América sí es usual, y es rematar la defensa con un cerco eléctrico capaz de proporcionar una contundente descarga de alrededor de diez mil voltios -sí, sí, compatriota, he dicho diez mil (10.000) voltios del ala-- que catapulte al pretendiente a varios metros de distancia o, sencillamente, lo deje pegado -y electrocutado-- a la valla salvadora de nuestra intimidad.

Y resulta curioso cómo algo que constituye un detalle lógico y razonable en unos sitios, en otros parezca una barbaridad que horroriza el ciudadano, por más que uno no entienda el interés de las leyes por facilitar el ingreso del bandolero nocturno al interior de una propiedad que no es suya. Y sin embargo es así.

Seguramente a consecuencia de la vigente presunción de inocencia, ni al más execrable de los delincuentes puede impedírsele que salte el muro, penetre en la casa, viole a la dueña y después degüelle al resto de los inquilinos -no necesariamente en ese orden, claro--. Porque tener conectado un cerco eléctrico que lo impida conculca el derecho del criminal a meterse donde le venga en gana.

Y es así, repito, por muchas vueltas que le queramos dar.

Porque el europeo prefiere actuar después; y, si se da el caso de que el ilegal incumple la norma, deja actuar a la Justicia para que castigue lo punible, que es poco, y haga prevalecer, sobre todo, el buen talante del sistema; aunque dudo que eso ayude mucho a la mujer violada o a sus parientes degollados.

Prevalece, pues, el sentimiento ultra-progresista de que el delincuente no es tal, sino un individuo como los demás que se ve irremisiblemente impelido a saltarse las normas, por culpa de un sistema cruel que le obliga a ser como es.

¿Cómo impedir, pues, que uno que no tiene nada, salte el muro y pueda echar mano de la opulencia que el ciudadano normal atesora dentro de su propio domicilio?

Respuesta: no se puede, y por eso hay quienes afirman que Europa está perdida.

Extrapolemos al caco que irrumpe en la casa, con los terroristas que encuentran fácil acceso disfrazados de refugiados, o con los radicales que llegan a miles dispuestos a convertir el sistema que le acoge en algo semejante a aquello de lo que dicen huir.

No hay medio de impedirlo, salvo a posteriori, acudiendo a la lenta y torpe Justicia diseñada para europeos, y que carece de elementos de apoyo capaces de manejar las situaciones sobrevenidas e importadas, como las más arcaicas costumbres foráneas -llámese matrimonio de adultos con menores, ablación de genitales, etc.-- que, de no venir de fuera, escandalizarían; pero que, al darse en culturas distintas, gozan de la permisividad de buena parte de los residentes.

Es por eso que generó tanta ira y encono el uso en las vallas fronterizas de las concertinas que hacían sangrar a los ilegales que saltaban.

"Pongo la valla, bien alta, para que cueste trabajo saltar, pero elimino cualquier cosa que haga difícil el salto", esa es la forma de pensar europea -en general, porque aún queda gente que lo tiene más claro--, que, ante todo, busca mantener su imagen de civilización, aunque sea a costa de que esa misma civilización se vaya deshaciendo más pronto que tarde.

En cambio, aquí en América, sí se entiende el derecho a la propiedad como algo fundamental para que el sistema se sostenga, y se da valor a lo que cada cual quiere defender ante actitudes ilegales, por eso se electrifica la parte superior de los muros, para no ponérselo fácil al delincuente que, en lugar de llamar a la puerta, trate de colarse con impunidad.

Por eso me extraña tanto que exista un clamor crítico hacia la idea del nuevo presidente de los Estados Unidos de alzar un muro para evitar que en su país entre gente de forma ilegal.

Nadie parece pensar que los más de doce millones de ilegales -se barajan varias cifras, pero ésta es la que parece más real--, que han entrado violando las leyes en vigor en los Estados Unidos, son los causantes de que la demanda de mano de obra extranjera sea ínfima.

No cuesta entender que, sin esos doce millones, la industria y los servicios en USA necesitarían importar trabajadores que, entonces, podrían ingresar de manera legal. Pero no, se ve que el común de las personas prefieren protestar para que esos ilegales permanezcan donde están y no sean expulsados. Y sorprende ver que, entre los que más gritan -contra el muro y contra la expulsión de ilegales--, se encuentra el propietario de esa casa rodeada de un cerco eléctrico en su parte superior, como si negara el derecho de todos de proteger lo propio.

Si, al final, Donald Trump construye ese muro, estará haciendo exactamente lo mismo -a escala nacional-- que quien decide no parecerse a los europeos buenistas y procura que diez mil voltios le aseguren un sueño tranquilo.

No cuesta tanto llamar a la puerta y entrar con el permiso del dueño, siempre y cuando la casa no esté atestada con los que, la noche anterior, han logrado saltar el muro de forma ilegal.

 

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