Jigsaw: el juego continua

Sin comentarios Cinéfilo de Martes - 07/11/2017 - 10:20 AM

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El género de terror se encontraba estancado a principios del nuevo milenio. El éxito de El Aro (2002), remake de la cinta japonesa Ringu (1998), abrió las puertas a un sinfín de versiones occidentales de películas asiáticas, para aquel público estadounidense con fobia a leer subtítulos. Hollywood, como es su costumbre, empezó a sacarle todo el jugo posible a esta nueva veta; en los años posteriores a aquel film con Naomi Watts, hubo nuevas versiones de Ju-On: The Grudge (2002), Pulse (2001), Dark Water (2002) y un sinfín más. No pasó mucho tiempo hasta que los espectadores se cansaron de ver siempre a niños fantasmas de cabello negro a lo Samara Morgan.

En medio de todo esto, fue la modesta Saw: El Juego del Miedo (2004) la encargada de traer un poco de innovación al género. Este thriller independiente de bajo presupuesto partía de una premisa de lo más sencilla: dos hombres se encuentran atrapados en una habitación, encadenados a paredes opuestas, con sierras en el suelo y a la merced de un misterioso asesino en serie llamado Jigsaw, quien se comunica con ellos a través de una grabadora y un grotesco muñeco de ventrílocuo llamado Billy.

Jigsaw quiere jugar un juego; ambos deberán admitir sus pecados y sólo uno saldrá vivo del lugar. Es juez moralista y ejecutor al mismo tiempo, el encargado de darle a la gente duras y sádicas lecciones de vida. Saw fue un brutal ejercicio de suspenso lleno de giros y con una impensada revelación final que dejó a más de uno boquiabierto. El impensado éxito de este film oscuro y sucio le abrió las puertas a James Wan, quien tras filmes como La Noche del Demonio y El Conjuro se convirtió en una de las voces más prometedoras dentro del género.

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Fue el inicio de todo un subgénero conocido como torture porn: la mutilación del cuerpo humano para el disfrute del público. Hostal (2005) de Eli Roth fue otra cultora de esta moda, filme grotesco pero de innegable impacto que desencantó a toda una generación con los viajes a Europa del Este. Fiel a su costumbre, Hollywood explotó este nuevo género hasta decir basta. Secuelas a la Saw original se convirtieron en una costumbre de Halloween anual, cada una ideando elaboradas trampas para torturar y eviscerar a los pobres incautos obligados a jugar estos sádicos juegos. La serie incluso se dio maña para continuar tras la temprana muerte de Jigsaw, el enigmático asesino (siempre interpretado por Tobin Bell, el alma de la saga aún con su personaje fallecido), en una trama que se fue complicando cada vez más a lo largo de siete entregas (y cada vez con menor presupuesto) y que al final era apenas una incoherente excusa para trampas sanguinarias  y mucha sangre y vísceras. Tan rápido como llegó, el torture porn ya estaba de salida.

Ahora, siete años después de su inexplicable (y mentiroso) "capítulo final", Jigsaw regresa para otro juego. John Kramer, el asesino, sigue bajo tierra; aquí no hay ninguna resurrección milagrosa como la de tantos otros cucos de la pantalla grande. Pero años después de morir, alguien de nuevo ha enclaustrado a cuatro víctimas en un granero repleto de crueles y elaboradas trampas, que requieren tanto de precisión como de coincidencia para funcionar. Mientras tanto, dos forenses y un policía corrupto investigan la posibilidad de que Jigsaw esté de vuelta, diez años después.

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Jigsaw es, en pocas palabras, más de lo mismo. Los australianos Michael y Peter Spierig - responsables de la interesante cinta de vampiros Daybreakers y de Predestination, una gran joya conceptual de ciencia ficción que lamentablemente vieron muy pocos - se ciñen al libreto de una saga que nunca se molestó en innovar demasiado. Otro demencial desfile de mutilaciones, otra enredada trama que de nuevo finaliza con un improbable giro revelado por el macabro tema musical de Charlie Clouser que se ha vuelto sinónimo con esta serie.

La única diferencia es que los Spierig cambian la estética oscura y sucia de las anteriores entregas por una más estilizada y moderna, contando con un mayor presupuesto que asegura que, a diferencia de lo visto antes, este film no parece filmado exclusivamente en claustrofóbicas, grises y anónimas oficinas y fábricas abandonadas. Por lo demás, la saga de Saw no ha cambiado; se repite a sí misma por octava vez, pero ahora en un panorama muy distinto para el cine de género, uno donde el torture porn es apenas una etapa oscura ya superada y las verdaderas obras maestras se encuentran en el cine independiente.

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Jigsaw está hecha para los nostálgicos - quien exactamente sentiría nostalgia por una serie grotesca que a ratos rayaba con el nihilismo es el verdadero misterio - pero resulta completamente innecesaria, una mera copia de algo que funcionó hace bastantes años. Aunque, con la gran mayoría de cintas de terror actuales negándose a impactar, censurándose a sí mismas para ganarse a un público adolescente, una cinta como esta puede hasta considerarse una novedad, un bicho raro en un género que hoy rara vez toma riesgos.

Jigsaw se estrena este jueves 9 de noviembre.

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