Dunkerque: El Gran Escape

Sin comentarios Cinéfilo de Martes - 01/08/2017 - 3:32 PM

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En mayo de 1940, en plena II Guerra Mundial, la Alemania Nazi invadía Francia. El ejército local, ayudado por fuerzas británicas y belgas, les hicieron frente pero fueron de a pocos repelidos, finalmente arrinconados en el pueblo costero de Dunkerque. Los soldados quedaron atrapados en la playa, pudiendo ver tierras inglesas al otro lado del océano, esperando rescate mientras las fuerzas enemigas los cercaban. La llamada Operación Dínamo, que logró evacuar a 300,000 tropas, es hasta hoy un hito que se ha ganado un lugar en los libros de historia. El director inglés Christopher Nolan (Interestelar, El Origen) recrea este episodio en Dunkerque, echando mano de toda su experiencia detrás de cámaras.

Nolan se mueve entre tres frentes: la tierra, el mar y el aire, retratando el desorden y temor que se vivió durante este hecho, con las fuerzas Nazis una amenaza invisible pero siempre latente. Lo hecho por el director aquí es una clase magistral de economía narrativa: no hay un antes ni un después, ni tampoco diálogos más allá de los absolutamente necesarios. Nolan reduce el hecho a lo más esencial y elemental, apelando al instinto más primario de la naturaleza humana: el de la supervivencia a cualquier costo. Esto crea un visceral ejercicio de suspenso que no da cuartel desde que el primer atronador balazo irrumpe en la tranquilidad del pueblito francés.

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A diferencia de otros filmes bélicos, este no está interesado en explorar mucho ni el contexto sociopolítico ni a los soldados mismos; las típicas escenas de los jóvenes recordando sus hogares, tal vez añorando a sus esposas mientras comparten un cigarrillo, siempre presentes en otras cintas del género, aquí no harían más que estorbar. Lo único que importa es salir vivos de una situación límite y encontrar la esperanza cuando todo parece perdido. Nolan obliga a su reparto a comunicarse en base a gestos y reacciones - Tom Hardy, sentado en una diminuta cabina durante todo el metraje con una máscara puesta, debe valerse sólo de la expresividad de sus ojos - y todos logran comunicar la veracidad de la situación.

Siendo inglés, el director no puede evitar destilar cierto patriotismo (reduciendo el papel de las tropas francesas a algo casi anecdótico), pero eso es perfectamente entendible; esto es también una celebración del carácter y fortaleza británicos, aunque hay también una sensación de que más que una victoria, esto fue un milagro que puso a prueba a todo un país - y las posibilidades de que no se cumpla eran muy altas. 

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Más que ser totalmente veraz, lo que Nolan hace en Dunkerque es crear una experiencia audiovisual que quiere poner al público en la misma frágil mentalidad de aquellos jóvenes varados en una playa esperando la salvación, lo que logra con creces. Es una película bélica minimalista que confirma al director como uno de los mejores de su generación.

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